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viernes, 13 de febrero de 2015

ANSCHUTZ

9 de enero de 2015

A decir verdad, esto que les contaré no tiene mucho que ver con todas las otras brutalidades que les he contado en estos rincones de la virtualidad. Es más, creo que lo que les narraré ni siquiera lo creo. Un día, dentro de los más de treinta años que trabajaron mis padres como profesores, en su colegio hubo una obra de teatro de los alumnos. Seguramente sin permiso, uno de ellos llevó este sable que perteneció a su tatarabuelo, oficial del ejército peruano durante la mal llamada Guerra del Pacífico, es decir la Guerra del Salitre. Y cuando terminó la obra de teatro el sable nunca volvió a su hogar, el niño lo olvidó y mis padres luego de mucho tiempo se lo trajeron a casa. 
A.M. Anschutz era su dueño original, militar limeño, y a juzgar por el grabado de aguafuerte de la hoja, se trataba de un alto rango dentro de la oficialidad. Sin embargo para mi, el sable fue amado juguete de infancia mientras mis papas no estaban, era mi pasadizo hacia la felicidad y los sueños de niño. Lo encontré de todos los escondites, pues mis padres me lo prohibían, reté a duelo a todos los villanos de mi imaginación, les partía la cabeza a todos los árboles y hasta los sillones recibieron una que otra estocada. Me retaron muchas veces, pero el poder de ese sable en mí era como una fuerza sobrenatural que me invitaba a jugar los juegos más entretenidos de la Tierra. Tan fuerte que incluso ahora, viejo, gordo y vicioso, lo saco y jugamos un ratito.
El otro día mismo, siendo visitado por dos queridos ex alumnos amantes de la guerra y las armas (Ian Miquel Alarcón y Jose Luis Castillo Lofat) saqué mi querido sable y lo alabamos un rato. Se fueron los muchachos y el acero volvió a la pared.
Un par de horas después, mientras todos comíamos, lejos de nuestra vista en el living una vieja lámpara de adorno se cayó muy fuerte y sin explicación. Pensamos que había un ladrón, porque fue un tremendo ruido. Pero cuando fuimos a ver, lo único visible era la lámpara en el piso, muy lejos de su lugar, como si realmente la hubieran tirado.
No sé realmente que pasó, pero sí sé que tiene que ver con la espada, con Anschutz tal vez...quizá como circunspecto militar se cansó de que, por décadas, un niño eterno jugara con su noble espada.

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