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viernes, 13 de febrero de 2015

ANTONIO

1 de octubre de 2014

Hace unos 300 años vivía en Italia un personaje muy particular. Era un sacerdote bastante único, le decían "il prete rosso" (el cura rojo) porque gustaba de vestir unas túnicas rosadas tan exquisitas como los finos pastelillos hechos por las Hermanas de la Caridad de Calatrava. Este curita andaba de aquí para allá, pero no de ciudad en ciudad, porque en muchas ni siquiera lo dejaban entrar. Recuerden que en ese tiempo Italia todavía era muy católica y era un escándalo que un sacerdote no oficiara misas.
Pero a él poco le importaba. Prefería recorrer los caminos itálicos en su carruaje, con su traje rosa, con su exquisito violín y con un nutrido séquito de putas, sodomitas y pederastas, con los cuales tenía una cercana relación. Sus expresiones de confianza y afecto decantaban en largos abrazos colectivos, risas y brindis. Y cuando los amores se calmaban, el prete rosso soltaba su alegría exhalando su pluma sobre el pentagrama y haciendo música.
Trecientos años después, las alegrías musicales de tal sacerdote se siguen escuchando. Las pelucas empolvadas, los pajarillos, los valles de la Toscana, las orgías, las risas, incluso aquellas lindas tardes en donde se derramaban vinos dulces en sus cuerpos, dejando el carruaje con hálito a burdel, y todas las maravillas que inspiraron su música, quedaron moralmente olvidadas. Hoy su música es símbolo de la alta cultura, del refinamiento ilustrado, de lo santo.
Las maravillas musicales de este cura tan especial se han impuesto al tiempo y a la moral. Su apodo era el cura rojo, y su nombre, Antonio Vivaldi.
Mi más sentido homenaje a tu música, pero sobretodo a tu vida tal como fue.

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