an

viernes, 13 de febrero de 2015

LEMEBEL

23 de enero de 2015

Si por algo me debería sentir agradecido de la vida, aparte de tener una familia que me quiere, es haber tenido buenos maestros. Algunos presenciales y otros de lejos, pero han sido hombres y mujeres de los cuales he podido aprender mucho. Y hoy se me fue uno.
Lo leía como quien lee una carta ajena de amor obsceno, que repentinamente se transformaba en los rostros ocres de la miseria humana más profunda. Hablé con él un par de veces, como venerando a un Dalai Lama paralelo, porqué él lo sabía: era una estrella coliflor.
Siempre entre las banderas rojas, siempre con su pañuelo cruzado y su serena pero mortal avispa de verbos entre los dientes, dispuesta a saltar puñal en ristre ante lo que nos duele escuchar.
Adiós, maestro, Pedro Lemebel.


No hay comentarios:

Publicar un comentario