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viernes, 13 de febrero de 2015

MENDIGOS

5 de febrero de 2015-02-05 
Quizá alguno pueda sentir repugnancia por lo que voy a decir. Lo entiendo y me disculpo por ello, pero la fuerza de esta ansia es tan grande que poco me importa.

No me deja de preocupar el hecho de que, desde hace algún tiempo, ha ido creciendo en mi interior una adicción, una incontrolable necesidad de ver mendigos. Sí, mendigos, o vagabundos o pordioseros, qué más da la palabra si todo el mundo entiende. En estos días de calor, lo único que quiero es toparme con alguno en los largos viajes por la ciudad.  Es tanto así, que cada vez que puedo prefiero ir a trabajar en micro y dejar el auto en casa, porque es más probable ver alguno, en los paraderos o desde las ventanas. Y mi mente, incluso en este instante, sólo repite una cosa: mendigos, mendigos, mendigos…como la mente de un adolescente en plena pubertad, que sólo dice y anhela: potos, potos, potos.

Desde estos adictivos estados temporales es fácil darse cuenta de cómo era la vida antes. En mi pasado, quizá nunca noté que estaban ahí. Para referirse a ellos sólo estaba la espuria palabra: mendigo. Pasaba por al lado de ellos conteniendo la respiración, pero sólo como un reflejo condicionado ante las largas enseñanzas de mi vieja abuela materna que nos repetía, “eso está sucio”, “no coma nada que vendan en la calle” o “esos helados los hacen con agua del guáter” y un sinfín de miedos más. No los veía, no porque les tuviera rencor o desprecio, sino porque la misma sociedad y la mentalidad en la que vivimos, nos vacuna tempranamente para no verlos.

Y en esos parámetros me movía en mi vida hasta que hace algunos días en Valparaíso pude ver algo realmente exquisito. Cerca de la plaza Aníbal Pinto había un grupo musical tocando en la calle, eran como imitadores de Illapu. O creo que era un ql contando chistes y metiendo su cabeza en un globo gigante. Da lo mismo, lo interesante vino cuando en un lugar de la vereda, junto a un carro de supermercados lleno de zafradas inmundas, bolsas con basura y una muñeca sin brazos, estaba sentado en el piso un mendigo sin cara. Tampoco tenía un color definido, pues en su ropa y su piel estaban todos, pero todos los colores que se pueden imaginar. Y en un momento, en medio de la música o los chistes, pasó junto a él un perro. Lo más delicioso fue que repentinamente ambos comenzaron a jugar, el perro y el mendigo sentados, como si se conocieran de muchos años y hubieran sido amigos desde el kindergarten. Fue tanto el amor que se sentían mutuamente, que en un momento el mendigo abrazó al perro y el perro lo abrazó a él y se cayeron juntos al suelo, en un abrazo tan feliz que es muy difícil describirlo. Es como cuando uno abraza a sus sobrinos, con la sonrisa abierta diciendo no más palabra que un ahhhh con sonido de risa, un regocijo salido directamente del alma. Hasta besitos se daban, el perro y el mendigo. El perro luego siguió su camino, no se despidieron, y el mendigo al parecer oyó la música o los chistes, pegó un par de aplausos y con sus pocos dientes escondidos tras la barba dibujó una sonrisa al estilo Chagall. Luego se puso de pie y se puso a bailar cumbia…

En adelante ya no me pude abstraer, mis caminos por la ciudad ya tienen un sentido más allá de los trámites, el trabajo o los deberes. Más allá de mi mundo, más allá de la gente que me relaciono y también a la que amo, más allá de todo están estas euforias peatonales de ver mendigos. Les aseguro que si sobrepasaron las nauseas y se contagiaron con esta dependencia, cada vez que vean un mendigo se llevarán una sorpresa. Quizá un olor a azufre mezclado con pizza, o un cartón con poesía, o verán el brillo de la grasa natural corriéndoles por la frente mientras en Santiago a las tres y media el calor vuela por sobre los treinta y cuatro grados. O quizás y nunca podrán ver lo que la existencia me regaló ayer, donde en el paradero de Plaza Egaña un mendigo derrotó al calor infernal de la tarde cual arcángel Miguel, derramando de principio a fin, completamente, una botella de plástico con agua helada hacia dentro de sus pantalones. Quizá nunca había sentido tanta envidia, una envidia de algo inexplicable para nuestras vidas cotidianas. ¡Qué hubiera dado yo por hacer lo mismo! Tomar con el pulgar mi pantalón bajo el ombligo, tirarlo hacia fuera, agarrar una botella de agua helada y vertérmela completita en mis calzoncillos.

Oh, linda vida. Gran Arquitecto, Dios Celestial, o quién quiera que haya creado esta maravilla. Te agradezco tanto que hayas hecho a mis ojos dar un paso más allá, capaces de ver a los mendigos.



https://www.youtube.com/watch?v=2rYSsWQJC6E (Sonó en mi corazón cuando se abrazaban en Valparaíso)

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