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viernes, 13 de febrero de 2015

MI LADRILLO

1 de julio 2013
MI LADRILLO
Era el año 2000, tan presagiado por los cuentos de ciencia ficción como "el futuro". En mi casa había teléfono y funcionaba bien, en general mi vida no tenía problemas de comunicación ni la sociedad tampoco. Pero en dos años más mi mamá comenzó a fastidiarme, con mucho amor, sobre la necesidad de tener un celular. Creo que me convenció cuando me dijo que era barato y en realidad no me di cuenta cuando el ladrillo estaba ahí.
Éramos re felices porque ni lo pescaba, lo usaba tarde mal y nunca. Fuimos más felices cuando supe que tenía despertador y se podían mandar mensajes. Fueron años así, incluso le puse un rington del chavo del ocho y me sentía la tecnología en persona.
Un día, 2007 era el año, me llamaron de la compañía y me dijeron en pocas palabras que mi ladrillo valía callampa porque no tenía "chip" y que tenía que urgentemente ir a cambiarlo por uno nuevo y con un muy buen plan. Ahí comenzó todo. Llegó a mis manos una almeja con ojos de luciérnaga que me dejó atónito, que cuando me llegaba un mensaje sonaba un pito y se prendía una luz.
De ahí en adelante todo ha sido una locura, porque cuando recién comienzo a entender cómo funcionan, me doy cuenta que mi "plan" está obsoleto y que hay que cambiarlo por el más conveniente, que en el fondo trae puras cosas que no necesito o no quiero necesitar.
Ahora que vuelvo de este viaje y que no tengo celular, me entero de que no existo. No puedo buscar trabajo mientras no resuelva este dilema existencial, o sea mientras no tenga un "smarfon".

Pues bien. Sin ofender a quienes así lo prefieren, es más, sin ponerme grosero como así lo quisiera, sólo declaro que extraño mi ladrillo. No quiero rascarme la palma de la mano como la gente que veo en el metro o en los pasos de cebra (o en todo el mundo). Quiero tener mi ladrillo o un wokitoki...

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