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viernes, 13 de febrero de 2015

SUEÑO

SUEÑO

Venía sonando la alarma hace algún rato, pero estaba demasiado dormido y pensaba que era una rana en un estanque que me contaba sobre aquello que dicen a mis espaldas. Cuando entendí que era el despertador, todo se volvió nuevamente real, como todos los días. El pelo revuelto, el meñique aun dormido, aplastado por mi cuerpo encima desde hacía varias horas, la nariz tapada. La pieza oscura, la sed endemoniada y sobretodo el pesado aliento alcohólico después de una noche cotidiana de emborracharse al estilo irlandés. Era una nueva madrugada.
Mientras me sentaba en la cama, como todos los días, mi cabeza estaba a punto de estallar. No cuestionaba la existencia de los profesores en la actualidad, que apenas terminaban su jornada se iban juntos e irresponsables directamente a tomar. Beben, fuman y hacen catarsis de sus nuevos problemas como algo totalmente normal y necesario para la vida, como quien arruga los ojos al mirar el sol. Tampoco juraba el viejo y clásico “nunca más”, porque todos los días eran y habían sido exactamente iguales desde hace décadas. Lo único que me preocupaba era que la ducha saliera caliente, que me quedara ropa limpia y medianamente planchada, tomarme un café y comerme un buen chicle para disimular el bouquet.
Cuando entré a la sala de profesores recién comenzaba a aclarar. Íbamos llegando como muertos resucitados, cada uno con la misma resaca y las mismas caras de vergüenza disimulada ante lo que ocurrió la noche anterior. Unos habían llorado, otros se fueron a tirar a un baño, otra profe sorpresivamente creyó recordar en medio de la farra que tenía un hijo. Pero lejos, el más avergonzado, propia y ajenamente, era el de lenguaje, que contó con lujo de detalles cómo se había vuelto millonario vendiéndose como escort durante las noches. Mentira, obvio.
Los hombres no son tan notorios, diría que andamos vestidos con aquello que encontramos a la mano. Las profesoras, en cambio, son un gusto verlas. A pesar de todo y la resaca, siempre buscan andar pulcras y bien vestidas. Casi se puede adivinar que cada una salió atrasada y corriendo tras una larga ducha, secador y plancha de pelo y mucho maquillaje, aparte de levantar a cada uno de los integrantes de su familia y darles algo de comer. Eramos todos alcohólicos.Todo esto pasaba por mi mente mientras estaba sentado y callado, aunque fueran los últimos minutos antes de la locura.
Timbre, a cinco minutos para entrar. Ni siquiera me he puesto el delantal, quiero entrar por última vez al baño pero hay una fila enorme de apurados. Timbre, tomar el libro y al curso. Ese día me tocaba con el primero medio, íbamos a ver la Segunda Edad Media, aquel interesante período que comenzó tras el armisticio entre el Imperio de Beijing y la Legión de Blackwater, hace tres siglos atrás. Encendí mi go pro, saludé a la rectora y el comité de sabios en el intercomunicador que daba a las celdas y puse mi pulgar sobre el lector. Se abrieron las barras de tungsteno, era un día más de clases.
Adentro de la celda, siguiendo los últimos adelantos pedagógicos de Nueva Finlandia, los alumnos se disponían cada uno con la cabeza dentro de un cubículo de sensaciones y con uno de sus largos dedos deslizándose sobre el litio líquido. Todo lo demás, sin mover un dedo, sin tomar un plumón o un mapa, salía de la mente del profesor e inmediatamente era visto por los alumnos. Ya no era necesario escribir.
Ese día hice un esfuerzo sobrehumano por no recordar la noche anterior, ya que de cuando en cuando hacía ingreso a los cubículos la Expertis Silvit y evaluaba científicamente cómo estábamos enseñando. Comencé por un ejercicio de imaginación, tratando de que los jóvenes simularan vivir en aquel mundo de hace cuatrocientos años donde aun existía el agua potable. Y en el cubículo surgían enormes ríos calipso en alta definición, ballenas flotando en inacabables mares del desaparecido Ártico, hasta los más coloridos arrecifes de coral. Las bocas de los alumnos comenzaron a abrirse, como si les faltara el aire, aunque solo fuera el efecto somático similar al delirium tremens, por haber sido criados, ellos, sus padres y sus abuelos con agua de acción prolongada en comprimidos diarios. En la sala reinaba el silencio.
“La Tercera Guerra Planetaria comenzó con el avance de Beijing sobre los últimos restos de Europa, tras la crecida exponencial de la población y el aumento del nivel del mar en casi un kilómetro” comencé a pensar con mis estudiantes. Entre medio mi inconsciente enviaba imágenes flash sobre un cenicero lleno de colillas y mucho ruido. “La devastación de las últimas reservas de alimentos vegetales y animales, producto del avance de aquel tsunami humano que fue Beijing, catapultó la decisión de Sion de utilizar sus últimos drones nucleares cargados con ojivas de un teratón cada uno, dejando como resultado la aniquilación total de la zona comprendida entre los Urales y Bangladesh”. Algunos dormían, otros habían sacado de sus pliegues de obesidad mórbida una segunda plataforma de litio líquido y con su segundo índice comenzaron a jugar a ser unidades de comando.
Todo en la clase iba bien, hasta que algo insólito y aterrador ocurrió. De las bocas de los alumnos comenzaron a sonar silbidos constantes y uniformes, primero uno y luego todos. No me permitían seguir la clase, ya no estaban en conexión con mis pensamientos. Y seguía el silbido, agudo y constante como los latidos de un corazón. En eso comencé a desesperarme cuando todo comenzó a caer, no hacia abajo, sino hacia el vacío de los sueños.
Era el despertador. Venía sonando la alarma hace algún rato, pero estaba demasiado dormido y pensaba que eran unos niños del futuro que me silbaban hasta la desesperación. Y cuando entendí que era sólo el despertador, todo se volvió nuevamente real, como todos los días.

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