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jueves, 19 de marzo de 2015

DE PESCADO CON VINAGRE (dedicado con amor a los que comienzan la Universidad)

Dese un paseo por Macul en estos días de marzo. O por República. Dese un paseo por cualquiera de nuestras casas de estudio en nuestros últimos cuarenta años y sabrá de lo que estoy hablando.

Los calcetines cortados pisando el pavimento con más de treinta grados. La ropa rota. El pelo y el cuerpo bañados con bálsamos de pescado y vinagre. El rayado de picos y tonteras en el pecho. Los juegos de degradación, el beso a la cabeza de chancho. El forzar a pedir monedas a los transeúntes, quienes quizás por piedad, quizás por haber pasado por lo mismo o por último, por evitar el espantoso olor a basura, dan un aporte a la causa. Es de lo más normal, año a año, generación tras generación de profesionales.

Es de las pocas cosas "normales" que simplemente me dejan perplejo. Suponiendo que así fuera, cerremos un ratito los ojos y hagamos cuenta atrás. Viajemos al momento en que vivías en una aldea agrícola de fines del Neolítico y sentías a media noche un estruendo parecido a un terremoto, de miles de hombres a caballo que venían gritando con la cara pintada y agitando una espada de bronce en la mano. Recuerda como esos fieros salvajes entraron a tu casa golpeando, violando a tu esposa, hundiendo su espada por vientres y yugulares como si nunca saciaran su sed. Ellos se comieron tu cosecha, le dieron tus reservas a los caballos. Y después de la masacre te obligaron a trabajar hasta morir. Recuerda cuando, al poco tiempo, esos fieros jinetes de la estepa te mandaron a construir enormes templos. Luego promulgaron leyes, dijeron de lo bueno y lo malo y hasta se autoproclamaron sacerdotes.. Y cuando robabas el pan, nuevamente te castigaron.
Estamos en las primeras civilizaciones, aquellas que tantos suspiros nos sacan cuando vemos el Discovery Channel. Sus enormes pirámides, sus conquistas, sus recámaras llenas de tesoros y oro se hicieron al son de los azotes y las lágrimas.

No pasó mucho tiempo hasta que un hombre, en la plenitud del Imperio Romano, viniera a enseñarnos cosas tan simples como la ternura, la compasión, el amor. Y cuando lo vemos aprendiendo de su papá a trabajar con los maderos o ayudándole a su mamá en la cocina, vemos a un niño palestino pobre que es igual a centenares de otros niños iguales. Pero cuando lo recordamos, no somos capaces de ver que este niño se convirtió en hombre, que recorrió la tierra hablando de un mundo distinto y sin sufrimiento. Sólo sabemos que lo masacraron hasta la muerte, clavado por los pies y manos a una cruz de penitencia. Lo peor es que no fue sólo él. A todos los que lo escucharon, a los que le creyeron de corazón, el poder del Emperador les cayó encima y formaron enormes charcos de sangre sobre la tierra en que murieron. Pero eso ya nadie lo recuerda.

Recuerda cuando el Imperio se percató que sus dioses paganos estaban añejos y se declaró el más ferviente cristiano. Y para colmo fundó "La Iglesia", cómo si esta no estuviera formada hace cientos de años en el corazón de tantos que callaban lo que creían. Nos instruyó sobre la vida del Cristo a quienes ellos mismos dejaron linchar. Nos dijo que el sufrimiento es bueno en la vida, que sudar hasta romper la frente era bueno, mejor cuando si con tu trabajo mantenías a los pontífices y los sagrarios
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Recuerda cuando volvieron los jinetes y todo el Imperio se derrumbó. Los pobres como siempre sufrieron lo peor. Las joyas pasaron a otros dueños, mientras en toda Europa ardían las pequeñas aldeas y lloraban los niños. Rápidamente los obispos corrieron donde los nuevos monarcas guerreros y les besaron los pies, los bendijeron con el amor de la trinidad y todas las doctrinas inventadas. Como a los perritos de hoy en día, fueron admitidos los prelados en la mesa, quienes prontamente agradecieron a sus amos con bendiciones y sambenitos. Recuerda cuando espada y cruz, la fuerza y el miedo a lo desconocido bastaron para tener a la humanidad más de mil años sometida al lugar de las sombras.

En América no era tan diferente la cosa. Los mayas y su sabiduría tenían también dentro de su mundo, y como cosa buena, los asaltos a las comunidades vecinas. Robaban a los hombres y las mujeres, los sometían a garrotazos y todo con el noble fin de alimentar a la clase sacerdotal. Nuevos muertos y nuevos esclavos. Nuevas gotas de sangre roja y jade caían por la tierra para alimentar a la jungla del señor de Copan.

Los grandes viajes no sólo tocaron América, como tontamente nos enseñan en la escuela. Fue el comienzo de la expansión y dominación europea por los cinco continentes. No importa si hablaras quichua o hindi, o si tus ojos fueran pequeños. Habías recibido la visita de la luz, de las catedrales europeas y los grandes navegantes. Te hicieron creer que por fin eras alguien en la historia. Pero recuerda que en esos días, aunque fueras un paria o un huasipungo, o un negro del Golfo de Guinea, tu miserable vida no iba más allá que trabajar hasta reventarse todos los días.

Y silenciosamente, gracias al trabajo de las colonias, ríos de oro y especias surcaron los mares hacia el viejo continente para seguir construyendo la blanca civilización. Recuerda como surgieron nuevamente los grandes reinados, llenos de lujos y ostentación, pero también llenos de sirvientes y criados que limpiaban con sus cuerpos las cloacas de Versalles. Los antiguos jinetes de las estepas ahora eran caballeros empolvados y de exquisitos modales. Sólo que algunos descubrieron que mucho más convenía el despreciar la religión y los blasones, ante el exquisito sabor del dinero y el capital.

Recuerda que en estos últimos docientos años, gracias al trabajo mecanizado de la industrialización o las magníficas guerras mundiales, han muerto de forma cruel más cantidad de personas que en todo el tiempo restante de humanidad.

Recordar. Eso no es más que la memoria, el tesoro más preciado que puede albergar un hombre. Es lo que nos permite explorar en los vestigios del pasado para recoger del suelo a una mujer golpeada en Sumeria, hace seis mil años, mientras miles de ellas seguirán en el piso del tiempo. La memoria es la única que nos moverá a investigar cuando queramos saber por qué Giordano Bruno fue quemado en una hoguera por los altos padres de la Iglesia. Es ella quien nos habla desde el fondo de las rocas, cuando un poeta gritó junto a miles de incas sollozando: ¡Aquí fui castigado, porque la joya no brilló o la tierra no dio a tiempo el fruto o el grano! Lo contrario sería pensar que no hubo esclavizaciones completas en Angola para llevarlos a trabajar al Brasil, que no entraron los Waffen SS a Cracovia o Lídice a buscar judíos y gitanos, pateando las puertas con alaridos en alemán. Quien cierra los ojos a la memoria, olvida lo que sintió durante más de dos horas Rosa Parks en 1955, cuando toda la sociedad racista norteamericana le ladró amenazante para que se cambiara a su lugar, al  "asientos de los negros" dentro de un autobús. Y ella dignamente se negó y no se cambió. Recuerda cuánta fortaleza moral, cuántas generaciones de desplazados hablaron ese día sin violencia en sus labios. Recuerda que ella venía del trabajo, que venía cansada, que su ropa era pobre.

Acuérdate de tu país, el Chile con amnesia que ya no sabe donde están los ejecutados políticos. Ni recuerda los gritos que sacan los corvos del intestino, ni las desapariciones forzosas. Recuerda cuando fuiste otra persona, cuando sentiste pánico dentro de un auto sin patente.

Recuerda a los que trabajan mucho y ganan poco, a los que nunca la alegría les llegó. Recuerda que ahora sus hijos se ven impelidos a estudiar en la universidad, endeudados hasta la vida, por encontrar una pega mejor para salir del hoyo. Recuerda que son niños. Recuerda que les cuesta, que su ropa y sus cuadernos se los compraron su papá o su mamá y les costó mucho. No se la rompas, porque incluso si se la compraron en el Lider a menos de luca, esa polera la hizo una obrera en HongKong, se demoró más de lo que crees y le pagaron una moneda inexistente en Chile: un cuarto de peso.

Recuerda que tu compañero nuevo tiene los mismos intereses que tú, le gustan las mismas cosas y hasta quiere ser como tú. Es un hermano chico y tienes que quererlo mucho.

Recuerda al ser humano. Por respeto a la memoria y con esto digo a toda la memoria o inconsciente colectivo de la sociedad humana, por respeto a todos los que murieron gimiendo de dolor a lo largo del tiempo, no generes más dolor innecesario. No tires a la basura la poquita dignidad que les queda a algunos. Cómo quisiera que, cuando veas a tus compañeros nuevos, recuerdes esas veces lindas, hermosas, en que llegabas a tu casa o donde un amigo y te recibían con una once amable. Una once chilena, con marraqueta y té, con el olor del vapor y el azúcar. Recuerda que, en vez de humillar y enlodar, puedes dar un fuerte abrazo a los recién llegados. Dales tu apoyo, motívalos a estudiar mucho y ayúdalos cuando los veas en problemas.

Y si quieres hacer un carrete mechón y curarte y reírte mucho, no es necesario el mechoneo. Recuerda que para festejar, en Chile, siempre hay plata...

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