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lunes, 30 de marzo de 2015

LA PLAZA ARTESANOS

LA PLAZA ARTESANOS

      Cuando niña, allá por los años cincuenta, mi mamá vivía en el norte de la capital, en la comuna de Renca. Para mi abuelo, el vivir ahí era una verdadera maravilla, porque era la población de los trabajadores de la empresa Ferriloza, donde él era el especialista en pegarles el pico a las teteras con una soldadora "al punto". Mi abuelo Tito caminaba todos los días un par de cuadras y ya estaba en la pega. Pero para los demás miembros de la familia, el vivir en aquellos pagos no era miel sobre hojuelas, pues cada día les tocaba andar un poco más, mi abuela como secretaria en el Centro y mis tíos y mi mamá escolares de un colegio en Recoleta.

        Muy a regañadientes, cada mañana mi tío tenía que tomar la liebre junto a sus hermanas menores. Se bajaban en Mapocho a la altura de la Pérgola de las Flores, o sea en Independencia. En ese tiempo, sobretodo en los sectores más modestos de la capital, los niños se iban solos al colegio y sin el temor a los traumas psicológicos y a todas esas monsergas de la actualidad. Los días tenían alegrías y reveses, como pequeños golpes de martillo que forjaron el alma de esa generación. Era parte de la vida. Sin embargo, todos los días en su trayecto, los tres hermanos tenían que pasar por un lugar en particular, una plaza que sin lugar a dudas se constituye como uno de los epicentros más pungas de la capital.
        La Plaza Artesanos era el humilde hogar y plataforma de vagos, cesantes, alguna putita diurna, sifilíticos, tísicos, pederastas encubiertos, flaites, lanzas, fétidos, depravados desnudistas con chaquetón, cafiches, choros con palito de fósforo sacándose la carne mechada entre los dientes. Viejas rotas también. Vendedores de pomaditas de Chimbiricoco. Sapos, limítrofes y tontos pillos. Alguno que otro loco de patio arrancado del hospital del Dr. José Horwitz Barack. Y es que todas las ocupaciones humanas que yo pueda decir, absolutamente todas, salvo la de Jueces de la Corte Suprema, Monjas o Médicos Cardiólogos, estaban allí reunidas. Y entre medio, camino a la escuela, en esa plaza también deambulaban con su inocencia y sus enormes bolsones, niños tomados de la mano de sus hermanos.

        Las historias de esos largos años de mi mamá y mis tíos cruzando Recoleta por calle Manzano hasta la esquina donde estaba en Liceo 4, resultan algo difícil de creer y mucho más contar. Algunas dejan los pelos de punta. Sólo trataré de revivir, mediante el shamánico acto de escribir con las pupilas dilatadas mirando al infinito, aquella historia en donde mi mamá sintió el asco más grande de su vida.

         Iban los tres niños tempranito al liceo, cuando tuvieron que cruzar la famosa plaza en cuestión. La jungla del lugar se movía lentamente, como recién descongelándose del frío endemoniado del invierno de Santiago. La vieja de las sopaipillas recién prendía el aceite reciclado. El viejo de los diarios no los quería vender porque estaban todavía calentitos y eso era valiosísimo para cubrirse del hielo matinal. Todos aquellos hijos de esa época sabían lo que eran los resfríos eternos o las bronquitis mal cuidadas gracias a la todavía escasa Salud Pública.

En eso iba mi madre caminando con mi tía Helga, cuando pasa a su lado un viejujo de bigotes y barba mal cuidada, sucio y con una evidente resaca de años de ponerle vino pipeño a su mancillado güerguero de hojalata. En otras palabras, su apariencia era insuperablemente la de un pordiosero, salvo porque andaba con un sombrero. Éste comenzó a carraspear, sujetando la colilla del cigarro con sus dedos para que no se le fuera a saltar. Primero unos carraspeos, luego un poco más fuerte, hasta que terminó tronando sus bronquios cavernarios como una matraca.

        Así estaba cuando llegó el silencio. Mi mamá y mis tíos lo quedaron mirando. Silencio. Cuando rápida y explosivamente retomó sus toses y exclamó:


-Coooooh! coh! coh! coh… (un nuevo silencio)         ¡¡¡¡¡¡JUEEEEERHHHGG!!!!!!

      Y súbitamente de su boca el viejo huachuchero dejó salir un escupo gigante, un húmedo meteorito de flema que se depositó en una de las pobres canillas flacas de mi mamá. Ella quedó mirando atónita cómo el calor de ese proyectil bronquial bajaba lentamente por su piernita flaca de niña marginal. Durante un segundo, el hielo matutino se apoderó de sus cejas arrugadas como una marejada y su boca quedó abierta haciendo un puchero. No sabía qué hacer. Podía esperar las disculpas del viejo atorrante, quien después de aventarle gratuitamente un pollo siguió su vida como si nada hubiera pasado. O podía agacharse y buscar alguna forma de limpiarse el gargajo de la pierna, a sabiendas de que si lo hacía, el asco sería tan grande que de seguro vomitaría toda la leche que había tomado esa mañana, mientras su mamá le hacía las trenzas a tirones y retos.

      Y a decir verdad ni ella misma recuerda bien lo que hizo. Sólo sabe que ese día, dignamente miró hacia el frente por la calle Manzano y siguió su camino hacia el Liceo, como otro día más en su infancia de frías carencias.

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