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miércoles, 15 de abril de 2015

1994

Dedicado al niño y su familia de la casa verde.





La Farmacia Ahumada de Larraín, esquina Domingo Villalobos, alberga una historia macabra y que hoy ya pocos saben. En un país neurótico e hipocondríaco como el nuestro, son miles las señoras de mi barrio que transitan diariamente por los pasillos de esa farmacia y ni siquiera sospechan lo que ahí sucedió. Pero para quienes sabemos lo que ocurrió en 1994, ese día jamás saldrá de nuestra memoria.

Sentado en el escritorio de mi pieza, sentía el olor a cera del piso frío de madera. Eran como las cuatro de la tarde y estaba haciendo tareas en una parte de mi hogar que ya no existe. Todavía la ventana daba hacia el sur y se veía a lo lejos el logo del Agas, supermercado que hoy es un Santa Isabel. Estaba muy nublado, debe haber sido julio porque estaba el cielo entero gris. Mis hermanas ya pronto llegarían de sus estudios, lo sabía porque coincidía con la luz de los postes de la calle, que se encendían. Mis padres todavía no volvían, pero mi estómago creía lo contrario al sentir el olor al pan tostándose en la cocina. Y yo, un pequeño de quinto básico con un chaleco azul que usaba para ir al colegio, sentado con un cuaderno abierto y pensando en otra cosa.

Al rato el cielo ya se había puesto negro y adentro tuvimos que prender la luz. No recuerdo con quién estaba o si ya había llegado gente. Sólo recuerdo las sirenas, muchas y fuertes sirenas que retumbaban por la cuadra como lobos enfurecidos.

En la esquina de la farmacia estaba la casa verde. Era una casa muy bonita, aunque atípica porque estaba pegada a una pequeña farmacia de barrio. Ese día, a eso de las seis, llegó el padre de esa casa en su auto. Venía del trabajo. Estacionó frente al portón y se bajó para abrirlo, sin percatarse que dos hombres lo estaban esperando. Al mismo tiempo y sin darse cuenta, la puerta de su casa se abrió desde adentro por alguien que se sentía feliz porque el papá había llegado. El padre fue encañonado, quizá para robarle el auto o para asaltar la casa, pero éste se resistió y comenzó a pelear con los ladrones. Como una manera de rendir al padre, uno de los ladrones intentó ingresar a la casa. La nana de los niños quiso cerrar la puerta, pero ya era demasiado tarde. Un pié del ladrón bastó para que la puerta no se cerrara completamente y comenzaron a forcejear. El padre estaba siendo golpeado en el suelo del estacionamiento.

En el forcejeo el ladrón metió la mano por la rendija de la puerta. Tenía una pistola. Soltó un tiro. El hijo menor de esa familia cayó al piso con una bala en la cabeza. A una cuadra, un niño de la misma edad jugaba a dibujar caballos en su cuaderno de matemáticas, sin saber nada.

Hace casi veintiún años que me sigo imaginando el dolor de ese papá tirado en el piso. ¿Cómo estarán ahora? Yo que siempre pasé por ahí y vi la casa verde, nunca los vi a ellos realmente. Pero tampoco me he podido olvidar. La casa verde fue demolida al poco tiempo y la farmacia compró el terreno y se remodeló en un enorme supermercado de pastillas. Hoy la entrada de auto de antes es un estacionamiento que nadie ocupa, no sé porqué. ¿Y tú, herido por una bala perdida, dónde habrás caído? ¿Acaso donde tienen ahora las cremas de belleza? ¿O en el aparatito rojo que entrega los números de atención? ¿Cómo te llamabas? ¿Cómo verán la vida los ojos de aquellos papás que perdieron a su niño aquella tarde de 1994?

Hoy, pocos, o quizás nadie lo recuerda.



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