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martes, 21 de abril de 2015

DE CUANDO CAÍ EN BRAZOS DE LA ENFERMERA GORDA

Todas las viejas amigas de mi mamá, incluida mi mamá, decían cuando yo era chico -"Ay que niño tan precio soo, tiene los ojitos verdes y el cuello gordito". Yo, como buen hijito, o mejor dicho como típico pendejo fundido, les respondía -"es que yo como mucho tomate".  Y las viejas lanzaban a coro un -"AAAwww". Mi madre inflaba su pecho como pavo real.

Pero después de tantos elogios, un día la Elba comenzó a mirar bien, superando esa mirada maternal para la cual ningún hijo es tonto o feo. Y sí, tenía el cuello medio regordete, en comparación a toda mi demás corporeidad de flaco lombriciento. No transcurrieron ni diez minutos cuando ya estábamos en la consulta de un doctor, pero éste ya no era mi querido y odiado Dr. Schultzbe, aquel que tanto me hacía reír con ese truco barato de apretarme la guata y chiflar a la vez, pero que a la hora de diagnosticar amigdalitis purulenta me mandaba a guardar la benzatina inyectable sin ningún reparo al inmenso dolor que ésta conlleva en la raja izquierda y las pataletas con las que yo contestaba. El doctor al que me llevaban ahora era un "endocrinólogo" y yo tenía apenas nueve años.

Después de algunos exámenes y pinchazos, se dieron cuenta de que tenía un ligero hipotiroidismo, pero que si no me medicaban a tiempo estaba literalmente condenado, iba derechito a ser chico, mal formado y limítrofe. Ante ese dantesco escenario, que no difería tanto de la realidad, mi madre sagradamente me hizo adicto del Eutirox y me llevó a control endocrino de forma puntual cada vez que lo indicaba la prescripción de la sesión anterior. Ni un día más, ni un día menos.

Y fui creciendo, aunque mi madre no lo notaba. Fue tanto así que en un momento, la doctora Nomeacuerdo, le recalcó a mi madre que ella era una endocrinóloga infantil y que quizá ya era hora de que me llevaran a un endocrinólogo de adultos. Esto a raíz de que ya me daba vergüenza que me tocaran y midieran las bolas, como si fueran frutas del supermercado, y peor aun cuando éstas no pasaban por los anillos de medir que tenía la doctora en un llavero de madera.

Por fin cuando ya tuve veintitantos, la responsabilidad de ir a control quedó en mis manos. Sólo por corresponder a la santa preocupación de mi madre, voy tarde, mal y nunca. En resumidas cuentas, casi siempre con dos años de retraso. Y todo sería totalmente soportable, a no ser por el maldito examen de sangre previo al control médico.

A decir verdad, ni el pinchazo ni la sangre me asustan mucho. Lo que sí me encabrona del examen es que es en ayunas, o sea, tu última comida tiene que ser ocho horas antes como mínimo y doce como máximo. Eso ya es un pajeo horrible, porque tienes que comer pasado medianoche, calculando para poder tomarte el examen entre nueve y once de la mañana. Y qué decir del ayuno mismo, que para los glotones y puercos de mierda como yo, es un calvario. El sólo saber que no puedes comer, es algo que a mi me mortifica tanto como el delirium tremens.

Aquella muestra de sangre del año 2012 fue un caos, la recuerdo con mi mano empuñada mirando al horizonte. Ese día me salió todo mal y de no haber estado con mi mujer acompañándome, creo con toda certeza de que hoy ya estaría muerto que rato. De partida, mi última comida fue como a las diez de la noche, por lo que debería haberme tomado el examen desde las 6:00am hasta las 10:00am, cosa por lo demás imposible un día sábado. Cuando me levanté, fui al centro médico donde me iban a pinchar, pero el muy hijo de puta estaba cerrado. Eran las 11:30 am. No podía aplazarlo más porque el control era el martes, o sea tenía los días justos. Como buen chileno que soy, siempre a última hora. Raudamente fui a otro centro médico, ni cerca ni lejos, pero entre comprar el bono y toda la paja anexa, ya eran las 13:30. Por fin estaba sentado con el brazo izquierdo pilucho, cuando la enfermera me dijo -"NNRRelájesssee..."

Alcancé a ver la aguja entrando en la vena, vi la sangre salir y llenar la manguerita que comunica el chocolate hasta esos tubos de vacío. También vi como salía la aguja y cómo se formaba un circulito rojo de Chicha de Curacavi. Para ese momento, mis piernas, mis brazos, mi cara y todo lo mío estaba entrando en un profundo adormecimiento, como un hormigueo. Un segundo después, todo era silencio.

Esto no se lo he contado a nadie, pero ese día salí de mi. Me vi, desde la perspectiva de una mosca que camina por el techo, derrumbado sobre mi brazo izquierdo, dormido. La enfermera al parecer había salido. Ya no me sentía mal, es más, sentía una paz muy grata. Pero esa paz duró poco, se interrumpió de forma abrupta cuando no sólo me vi dormido, sino que me vi cayendo en un pozo oscuro e irrenunciable. Aunque no tengo idea quién me las dijo, porque tampoco fui yo, fue en ese momento cuando escuché las palabras más impresionantes de mi vida:   "ahora te vas a morir". Y durante un segundo, más real que todo lo real de la vida, supe que toda mi vida, lo que había demorado en crecer, a cuánta gente conocía y quería, hasta mi nombre, llegarían a su fin.

Fue entonces cuando dije NO. Alcé mi vuelo desde el techo donde estaba parado, me metí a mi cuerpo y comencé a luchar. Lo primero que hice fue forzarme a respirar, porque ya no lo hacía. Lo segundo fue abrir los ojos, vi mi brazo babeado y mi camisa celeste con rayitas amarillas beige. Aunque no era grato, la persona que me recibió de vuelta a la vida era la misma enfermera que me había taladreado el brazo, una gorda gigante que en sus ratos libres estoy seguro que practicaba MMA. Desperté porque esta matrona me tenía agarrado todo el cuerpo con su brazo colosal, por un lado, y por su teta gigante por el otro. Y me decía cantando -"NNRrrespire..., nreespire... ya pasooooó".

Lo demás, queridos amigos, amigas y animales, me da mucho pudor contárselos. Lo resumo diciendo que me sacaron en silla de ruedas, blanco como la leche de María. Ahí me vio mi mujer, quien se puso más blanca que la misma leche celestial. Luego a una camilla en donde me testearon todo, para concluir que no era un infarto ni nada. Era sólo hambre.

El día veintiuno de abril del año de dios de dos mil quince, o sea hoy, tuve que ir nuevamente a sacarme sangre por el tema de la tiroides. Y, lo juro por la puta, ¡CASI ME PASÓ LO MISMO QUE EL AÑO 2012! Solo que antes de caer nuevamente en ese sueño mortal, me acordé de ese pedacito de chocolate envuelto en un papel que mi santa mujer me puso en el bolsillo antes de partir. Con mis últimas fuerzas me lo puse en la boca, lo único que quería era morir. Pero diez segundos después, todo el tormento había ya pasado. Me salvé.



Dedicado a mi Colita.

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