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viernes, 10 de abril de 2015

GUERRA

Hace tres noches fue. Lo recuerdo porque esta semana ha tenido harto rock&roll, todos los días me he tenido que tomar unos copetes por visitas o cumpleaños. Ese martes vino a mi casa el Pato Carranza con Miguel Mourguez, a canturriar y comer arroz con longanizas picadas, acompañado de un tremendo Malbec que trajeron mis papás de Argentina. Y cuando el sueño finalmente me derrotó, me fui a tirar de cabeza a la piscina sin agua, que es mi cama, donde cada piquero significa quedar inconsciente en el acto.

Después de un par de sueños raros vino éste que les voy a contar. Por primera y única vez en mi vida he soñado que estoy en una guerra real. Una pesadilla tan espantosa que me obligó a escribirla a garabatos la mañana siguiente mientras tomaba desayuno y dibujar esquemáticamente cada detalle para no olvidar.

Al comienzo vino el reclutamiento, en donde me vi con un uniforme de combate completo, con botas, casco de Kevlar, estuches con municiones y una flamante y pesada arma de guerra en mis manos. Luego el fervor, unos desfiles gigantescos donde cada batallón, incluso cada unidad parecía un conjunto de hormigas en texturas perfectas. Desde arriba se veía como aquellos desfiles del Tercer Reich, tan delicadamente inmortalizados por Lani Riefenstahl en el Triunfo de la Voluntad. Pero no éramos nazi, éramos chilenos.

En medio de esa gran parada militar, que a diferencia de la latera parada del diecinueve de septiembre de cada año se muestra un ejército que pone cara de malo pero sin guerra, la marcha de mi sueño era una marcha de sulfuros, de juntar mareas de odio colectivo contra el enemigo y excitar el instinto criminal de cada uno de los que ahí marchábamos. En un momento apareció una bandera y todos reventamos desde nuestras profundas entrañas un grito de guerra tan espantoso como los graznidos de un Peuco cuando le cae encima a un ratón.

Pasaron los preparativos y desfiles, vino la cruda realidad. Tan real como cuando te duchas, me vi apretando firme mi 5.57 en una estación de metro, en los pasillos, junto a un pelotón de soldados frente al enemigo. Era una situación rarísima porque estábamos todos los soldados "atrás de la línea amarilla" del andén -quizá me lo han gritado mucho los guardias del Metro- pero el enemigo no se veía por ninguna parte. Sólo estaba el comandante, sereno y rubicundo, porque era de Estados Unidos. Sin elocuencia, sin traductor y casi sin mover los labios, como pasa en los sueños, dijo algo más o menos así:

-¿Sienten?...Ya ha comenzado a salir el gas.

Nosotros al instante sentimos ese inconfundible tssssssssssssssss desde alguna parte. Toda la bravura acumulada desde hace semanas de marchas y arengas se transformó en un miedo interno letal. Ese miedo que en chileno se resume en una palabra muy sincera. Cagué.

-Así que lo que más les convendría es bajar sus armas y retirarse de inmediato. De lo contrario, el veneno del gas comenzará a hacer efecto y atacaremos.

Se supone que el ejército enemigo estaba al otro lado del andén, pero en medio de la oscuridad. Apenas terminó de hablar el comandante, el silbido de una pequeña fuga de gas se transformó en una sorda y desbordada inundación de veneno etéreo, que nos quemaba la nariz como una bomba lagrimógena. En ese instante temí seriamente por mi vida, pues sabía que los norteamericanos eran tan eficaces como salen en la TV y al parecer tenían no solo el sartén por el mango, sino toda nuestra vida entera. Así que recliné mi cuerpo, como acostado sobre el arma y caminé por ese ángulo minúsculo que frecuentan los ratones entre la pared y el suelo, lentísimo, como si no quisiera mover el aire que me rodeaba. Cada pequeño paso era una cuerda floja, porque tenía terror y quería vivir. Levanté un poco la vista y vi a todos mis compañeros en la misma posición que yo, arrastrándose por el rincón esperando tomar una curva y apretar cachete a toda velocidad. Hasta ahí todo era silencio.

Cuando hubieron transcurrido unos pocos pasos, que con el terror se hacen eternos, vino lo peor. Un compañero más adelante se levanta con rabia, intempestivamente y apunta su fusil de guerra contra el enemigo, dando un fuerte grito -¡Váyanse a la cresta, chucha esu madres! Y yo, viendo la escena en cámara lenta, dije hacia mi interior -¡Chucha, nooo! Y abrió fuego, disparando una ráfaga que rompió todo el silencio del andén. No pasaron ni dos centésimas de segundos cuando comenzó el tiroteo. Y los azulejos de las paredes del Metro comenzaron a estallar con los balazos. Esquirlas y explosiones saturaron el ambiente. En ese momento, tal como si fuera a morir en la vida real, comencé a pensar en toda mi vida en un segundo. Vi a mi madre tomándome en sus brazos cuando era niño. Todo eran balazos y gritos de dolor. Las telas de los uniformes de mis compañeros se desgarraban como un champán cuando les entraban los proyectiles. Sangre y agonía, recuerdos.

Me arrastré por el mismo rincón, pues en esos pocos segundos ni siquiera había atinado a jalar del gatillo y disparar. Yo ya no estaba en guerra, mi única victoria en ese momento sería no morir. Pensaba que mi casco era de Kevlar antibalas, que quizá me salvaría. Pensaba en mi mujer, en mis sobrinos. Sentía como silbaban los tiros por mi espalda. Y de repente sentí algo tremendamente caliente rompiendo el casco y entrando por arriba de mi cabeza, como una descarga eléctrica.

Desperté. Fue horrible.



https://www.youtube.com/watch?v=0rw5ZzINM6c

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