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sábado, 25 de abril de 2015

¿QUERÍ VER A DIOS?

Como una grata coincidencia o simplemente porque la Guerra Fría había llegado a su fin. Esas eran las dos posibles razones que les permitieron a mis padres, con su sueldo de pobresores, comprarse en el año 1990 un automóvil económico y feo, fabricado en la Unión Soviética y que recibía por nombre: Lada. Si nos inclinamos por el fin de la Guerra Fría, me resulta casi ilógico el temor del gobierno norteamericano respecto a la introducción de autos soviéticos en la cultura nacional, porque eran tan requetecontra feos que difícilmente alguien podría enamorarse del socialismo y soñar con desfiles de banderas rojas al contemplar sus inexistentes curvas en la carrocería. Me inclino a creer que la llegada del furgón Lada a mi familia fue una feliz coincidencia, más aun cuando con él pudimos ir a conocer Chiloé.

Quizás todavía con el vuelito de "la alegría ya viene", ese viaje al sur significó para mi ser un acto fundacional. De ahí parten los recuerdos felices, los sueños, los paisajes de mi patria y mis seres queridos. Creo incluso que fue en esos años cuando comencé a ocupar mi cerebro en algo racional, pues los ocho años previos fueron el predominio y despertar de mis sentidos, mirando con miedo barricadas por las noticias, pensando en cuándo caería el dictador y viendo Angel Malo con mi abuela. En cambio, aquella travesía por el sur me mostró maravillas como los trigales enormes de Osorno como un mar de oro puro, el pan amasado con mantequilla en Chiloé, un enorme salmón sacado del Lago Llanquihue. Cómo no va iba a ser una epifanía aquel hermoso viaje si hasta conocí el columpio más alto y entretenido del mundo, cuando mi papá tiró unas cuerdas hacia la fronda de un tremendo ñirre y nos columpió con su estilo brutal que lo caracteriza.

Pero quizá, todo lo hermoso que les describa de ese viaje no estaría completo sin la visita a Angharad y Orlando en Puerto Montt. Recuerdo su casa en aquellos días, el olor a leña y una cuelga de cholgas ahumadas esperando nuestro paladar. Y dentro de todo lo más hermoso, ahí en su casa: conocí a dios.

Obviamente no estoy hablando del dios de los cristianos, ni ninguno parecido. Este dios, incluso para un ateo redomado como yo, habitaba en los cielos de la casa, por donde se asoman las vigas y llega el aroma del salmón ahumado, y no en los tronos celestiales de los cuadros de Miguel Ángel. Un día, llegando de no sé dónde, Orlando me pregunta con su grata parsimonia e intrínseca bondad ¿querí ver a dios? Y yo, ante tal oráculo, con una sonrisa en la cara y la simpleza de un niño, le respondí la única maraña de palabras posible en esos momentos de gloria: ya.

Entonces me tomó la cabeza desde las carretillas, o quijada como le dicen en Doñihue, aquella parte de nuestra mandíbula que está abajo de las orejas, y me elevó hasta aquel cielo magistral donde habitaba ese dios pagano del sur de Chile. Y fui feliz.

A los años le conté a mi madre aquella experiencia reveladora y puso el grito en el cielo. Pensó que me podía haber desnucado y haber quedado tarugo para el resto de mis días. Pero la verdad se impuso al tiempo y en realidad, a pesar de mis rasgos cretinos y mi débil razonar, no tuve ninguna secuela aparte de una inmensa e inolvidable alegría. Aquella alegría de tener un dios, que vive en lo más austral del mundo y que me espera y me recibe con cariño cada vez que voy para allá.


(Dedicado con cariño a Orlando, Angharad y familia, no sólo por el hermoso trozo de abedul que nos mandaron, sino por todo)

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