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viernes, 15 de mayo de 2015

CONTENIENDO LAS LÁGRIMAS Y LAS PALABRAS

Ayer no pude escribir. Temía que una simple palabra fuera como una grieta que vendría seguida de todo un mar. Y todo hubiera sido devastación. Tenía tanta pena y rabia que hubiera usado las palabras, mis únicas herramientas de labranza, en bombardear la existencia, rompiendo toda nuestra sociedad, haciéndola desaparecer. Hubiera hecho callar a nuestra historia de un golpe, borrando con fuego todos los restos de este condenado país. Pero ni una sola palabra salió de mi, terminando el día como un montón de nada.
Hoy será otro día, pensé. Ya no sentía ese huracán furioso en mi interior mientras venía a trabajar. Ni siquiera quería pronunciar Diego Guzmán, Exequiel Borbarán, para no despertar a ese monstruo infernal de rabia que me está nadando en el oscuro mar de lágrimas de allá adentro. La televisión no me ha ayudado mucho. Menos el par de viejos imbéciles que comían cazuela atrás de mi, que con aires de bravura decían "me alegro, si eso es lo que hay que hacer, a esos pedejos culiaos hay que agarrarlos a balazos a todos".  Aunque sentía una enorme necesidad de darme vuelta y echárselas hirviendo en la cabeza, seguí tomando mi cazuela. Con cada cucharada de caldo claro trataba de recordar a un país hermoso, a un país de gente hermosa y amable que alguna vez me contaron. Cuando apareció el fondo del plato sólo quedaba un país enfermo, que acuesta en la misma cama a todos por igual, a los justos y a los hijos de puta, a los que aman y a los que se solazan con los asesinatos. 

Salí. Caminé por la vereda tratando de buscar la pureza de las papas de la cazuela en la vida misma, en la calle y las personas. Y sí la vi. Vi un sol maravilloso, un par de perros descansando junto a un árbol. Vi una abuela pensionada caminando lento, como gozando cada minuto de su tiempo. Escuché el canto del viernes, como queriendo decir semana a semana que vendrán tiempos más lindos. Ayer mismo me quedé mirando una fachada de casa antigua en Los Tres Antonios, que fruto de un encantamiento se ha hecho invisible a las inmobiliarias y no la han derrumbado. Vi tiendas con ropa barata de muchos colores, a la hora en que sus locatarios ya están conversando relajados, como sabiendo que queda poco y no venderán más. El carrito de las cabritas tenía un olor tan rico, que daban ganas de abrazarlo. Cosas lindas, cosas puras como las papas y los zapallos de las cazuelas. Cosas que ni Diego ni Exequiel podrán ver más. Y eso es lo que me rompe el alma.

Ayer se escondió el sol y las velas alumbraron miles de caras tristes. Yo todavía no puedo escribir nada. Porque temo que si escribo, voy a causar un holocausto de cristales rotos y lágrimas en la pureza de un papel en blanco que ninguna culpa tiene, y que nadie seguramente leerá. 


Ante eso me acuerdo de Victor Jara y prefiero una y mil veces la paz. 

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