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viernes, 8 de mayo de 2015

MI ISLA



ISLA 
del latín ínsula
"Porción de tierra rodeada de agua por todas partes..."
 (Real Academia Española de la Lengua.)





Para nosotros, los locos, no todas las islas están rodeadas de agua. Cada uno de los que, día a día, engrosamos la inmensa lista de diagnosticados o tildados de orates, tenemos una isla propia y soberana, que en nada se parece a las islas rodeadas por el mar. La mía, por ejemplo, se ubica en el cielo y a la altura de las nubes, parecida a una chinampa azteca pero que flota en el aire. En el centro tiene un hoyo, por donde cabe sólo una persona, y desde ahí cuelga un enorme cordel para subir y bajar hasta la tierra. 

A diferencia de las islas de la real academia, que son quietas extensiones de la corteza terrestre que sobresalen a la superficie del mar, la mía navega por los cielos de todo el mundo. Desde el rincón más pequeño de un callejón hasta el Paseo Ahumada, de la Patagonia hasta Atacama y más allá. La soplan unos vientos muy antiguos y se mueve como una galera imperial, lento y casi sin ruido, inflando sus propias velas que son las copas de sus árboles. 

Yo la conozco entera, tanto que puedo caminar por ella con los ojos cerrados, pero algunas tardes de brumario me sorprende con lugares nuevos que no conocía. En mi isla hay una enorme jungla tropical, pero el calor no es sofocante ni asfixia tanta humedad. En el día se forman parrones sombríos con mesas de madera muy cómoda, donde uno se sienta a tomar vinos con frutas. En la noche la oscuridad no existe ya que revolotean por los aires unos papagayos con plumas luminosas, como luciérnagas. Son tantos y tanto vuelan que hasta alumbran más que el sol durante el día. A veces caen enormes aguaceros fríos y el viento parece que va a cortar los árboles de raíz, pero en mi isla existe un refugio de pino insigne muy cómodo, donde uno puede entrar y recostarse sobre una cama, y taparse con ovillos de lana. El fuego de la chimenea viste de dorado las paredes y uno se queda profundamente dormido. Mientras tanto, las máscaras venecianas de las paredes comienzan a susurrar un aire cálido que seca tu ropa mojada por el temporal. Es muy parecido a la sensación del invierno, cuando pones unos segundos el secador de pelo bajo tu ropa y esta se infla, causándote los más gratos tiritones y escalofríos. 

En mi isla, casi siempre no anda nadie más que yo. No hay rejas ni candados, ni perros guardianes. Estaría demás, pues ninguna persona podría trepar por la cuerda del centro si yo no la extiendo hacia abajo. Desde una roca, en el lado norte, a veces me siento a mirar como se comportan allá abajo. Y veo peleas, amenazas, llantos. Pero por mucho que mi isla y yo nos acercamos, nadie nos pueden ver. Vemos las caras desfiguradas de quienes odian a pocos metros, y sus ojos fulguran hacia un infinito que queda mucho más atrás que nosotros. Aquí, nada ni nadie te puede hacer daño. 

Por esa misma soga colgante a veces puedo bajar, es mucho más común de lo que parece. Por lo menos una vez al día desciendo a Santiago a caminar y el aura invisible de la isla me persigue durante algunos minutos, pues camino horas enteras por el cerro Santa Lucía y nadie me ve. Siento el olor del Café Haiti y los caballeros de ternos centenarios conversando de otros tiempos con sus bigotes impecablemente delineados. Me acerco a las vendedoras a comprarles gomitas de eucaliptus o de las rojas dulcecitas, o las amarillas. Entro a las iglesias a robarme las ostias y el vino. Se enojan a veces los diáconos. Otras veces entro a las casas, a cualquiera, a intrusear por los veladores y los clósets. Mis favoritas son las que quedan cerca de la calle Viel, no sé porqué pero ahí están los mejores veladores de la historia, aunque nunca me he podido llevar nada. Leo las cartas guardadas, los cortauñas. Me pruebo los abrigos de piel apolillados y los zapatos de petate con olor a quillay. Tomo las pistolas escondidas, me pongo los lentes y las prótesis dentales. Me río de las piluchas en aquellos naipes ingleses que atesoran algunos abuelitos. Y cuando comienzo a aparecer, me asomo cualquier la ventana y miro al cielo, para tomar la soga que me llevará de regreso.

Cada cierto tiempo invito a gente a mi isla, subimos de uno en uno por la cuerda del centro. Son tan queridos y queridas que ya casi son parte habitual. Nos reímos viendo como se ven las cosas desde las nubes, las hileras de luces de las grandes avenidas. Jugamos a ubicar los letreros luminosos de Champán Valdivieso. A veces tomamos baldes con agua y los tiramos hacia abajo casi cayéndonos de la risa, al pensar en la cara que pondrían los abuelos creyendo que llueve en enero. Las brasas crepitan en fogones de piedra con ricos asados y longanizas. Por todas partes hay árboles que te sirven copete con sus ramas, solo hay que alzar la copa y sonreír. Hay un enorme tronco que te sirve un vino tan especial, que su sabor áspero trae recuerdos de quienes cosecharon sus uvas hace cientos de años y lugares diferentes. Las borracheras son relajadas, plácidas, y duran hasta que uno se queda dormido en algún lugar de la isla. No duele caerse, pues todo está cubierto de hojas imantadas que te sostienen como un colchón. 

Quizá algún día quiera bajar a la ciudad y no recuerde como volver, puede que se me olvide que soy invisible y me acostumbre. O puede ser que algún día, cuando viejo, me asome por la ventana de una institución mental y vea ahí una cuerda luminosa. Ese día miraré hacia arriba, hacia a mi isla monumental iluminada por un sol de sábado, esperándome para subir y nunca más regresar.

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