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sábado, 27 de junio de 2015

EL ÚLTIMO CANTO DEL AHORCADO


Título: EL ÚLTIMO CANTO DEL AHORCADO
Autor: Melquíades Muñoz



Charles estaba recién egresado de la escuela de investigaciones, cuando le tocó su primer “sitio de suceso”. No tenía muy clara idea de qué se trataba, pero con toda seguridad no iba a ser una tarde de té con las elegantes damas de Pompidou. Seguramente se trataría de un crimen, pensó, o un asalto, algún robo, algún muertito no vendría mal para comenzar como corresponde la carrera policial.

Iba llegando al sitio del suceso junto a sus colegas, ya mayores en la institución, cuando le dijeron que esperara afuera. Era en la zona centro sur de Santiago, barrios muy antiguos cerca de la Plaza Yarur, en donde las casas eran largas hileras que recorrían toda la cuadra y donde cada una tenía los cielos como a cuatro metros de altura. Charles, con la expresión de un niño aburrido esperando en la consulta de un médico, esperaba afuera mirando los maceteros con cardenales que adornaban la vereda. Sentía el olor a la muerte, ese aroma que inquietaba tanto a los perros, cuando de súbito salió un subcomisario de la casa y lo hizo pasar. Era la vivienda 2253 de la calle Juan Nepomuceno Espejo.

Adentro, en una alta habitación, levantó la vista y en una viga del techo había una soga ennegrecida y muy tensa, desde donde colgaba un hombre alto con un terno azul raído. Debe haber sido tan grande el tirón del cuello, que éste medía como un antebrazo más que su largo normal y estaba todo rebanado con la cuerda mortal.  Luego de un inicial e impresionado        -¡chucha!-      que para no quedar como hombre blando lo dijo hacia su interior, Charles miró a sus colegas y notó en sus miradas un brillo burlón, una velada risa ácida que se escondía entre las barras serias de los bigotes.

Luego de unos minutos, en que el silencio recorrió la fría sala, él preguntó sobre lo que había que hacer. Y sin más demora, quizá con una sutil levantada de cabeza, le llegó la respuesta desde sus compañeros de institución: pajarito nuevo la lleva. Eso significaba que él mismo tendría que sostener al ahorcado para poder bajarlo.

En la antesala a tales experiencias, el común de la gente sólo querría decir  -ay, mamita-y salir corriendo. Pero Charles permaneció impávido, haciéndole honor a su brillante placa estrellada colgándole del pantalón. Sin tiempo para prepararse psicológicamente, un colega puso junto al finado una mesa con una silla encima y se trepó en ellas como un guarén, conteniendo la risa ante lo que iba a venir. Fue ahí cuando el subcomisario le dijo   -ya poh cabro, agárrale firme las piernas al difunto-.     Charles le abrazó las piernas al muerto desde atrás, mientras el detective de las alturas cortaba la cuerda con un cuchillo. Cada filazo contra la soga era como una cuenta regresiva antes de lo indeseable, pero ésta no se cortaba. Charles imploraba a las alturas que se demorara un poco más, sólo un poquito más, aunque ya sentía unos fuertes escalofríos al sujetarle las piernas tiesas y frías al ahorcado. En eso estaba cuando    …¡TAC!...   se cortó la cuerda y nuestro novato tuvo que sujetar al muerto con todas sus fuerzas. Era tan pesado el finado, que al caer reclinó su tronco hacia adelante, comprimiendo su estómago hinchado. Fue en ese momento cuando el muerto se tiró el pedo más largo, sonoro y podrido que se haya tirado en su vida, en la mismísima cara de Charles, dejando al pobre novato con una nube verde en las pupilas que nunca más se pudo sacar.

Sin importar cuán de luto pudieran estar en aquella vieja casa, sus compañeros de armas casi se desternillaron de la risa. Durante varios minutos, la carcajada de los demás tiras se sintió en largas cuadras a la redonda, despertando la preocupación de los piadosos vecinos, quienes se ufanaron rápidamente en dar el pésame a los deudos. Charles seguía atónito y medio mareado, mirando sin ninguna expresión el piso de madera encerada de la casa.

Ese día, como todos quienes con orgullo llevan la carrera marcial, Charles tuvo su inolvidable bautizo de fuego. Ahora era un detective con toda propiedad.




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