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miércoles, 17 de junio de 2015

GÉNESIS, APOCALIPSIS, GÉNESIS.

GÉNESIS, APOCALIPSIS, GÉNESIS.

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En el comienzo, la Tierra era plana como una enorme sábana sobre una cama gigante. No tenía una forma regular, sus enormes contornos eran unos precipicios desgreñados desde donde eran desbarrancados los dioses penitentes. Los mares caían como una fina cascada por todos sus lados, pero el agua nunca dejaba de estar ahí. Desde lo alto, los hombres no eran más que una fina textura sobre los llanos silvestres, una especie simple en las escaleras helicoidales de los genes y no distaban mucho de los peces o los batracios. Algunas veces ellos daban muerte a algún animal y se lo devoraban, bebiendo a sorbetes la sangre tibia de las articulaciones. Otras, en cambio, eran los propios niños quienes eran arrebatados de sus madres, por mandriles de caras fucsias y turquesa, que chillaban desesperados por el hambre mientras despedazaban y se comían vivas a las crías del hombre.

Un día, lentamente, esa planicie milenaria comenzó a variar. Los bordes de la tierra comenzaron a descender, año a año, con los cambios de estación. Algunos hombres se dieron cuenta y recorrieron por largo tiempo los contornos del mundo y sus cascadas, de allá para acá, sin poder explicarse hasta cuándo iban a seguir bajando. Miles de sabios, flotando en unas islas de madera, se rascaban atónitos las barbas mientras veían que la tierra se iba curvando hacia abajo en todas las direcciones, quedando como un enorme plato convexo.  Las antiguas cascadas de los bordes, antes llenas de vapor, se tornaban cada vez más frías. En círculos concéntricos iban navegando los sabios, cuando un día, en medio de una ventisca de hielo, no pudieron seguir avanzando más y se detuvieron. Todos los druidas y maestres levantaron la vista con increíble asombro al ver que estaban sobre un continente blanco. El agua en la que flotaban sus barcas se había congelado. En medio de esa ronda quieta de faluchos y sabios de diferentes nacionalidades, había un punto luminoso en donde todas las orillas del mundo se habían juntado, después de curvarse por miles de años. La tierra se había hecho esférica y el clima alrededor de ese punto central era tan terrible que durante milenios nadie lo pudo rondar. Los sabios retornaron a sus orígenes sabiendo que todos los precipicios se juntaron en un punto irrelevante, que no tardó mucho tiempo en desaparecer bajo la nieve.

En esa enorme isla de hielo, donde rara vez se podía ver un ser viviente, ninguno de los magísteres ni sus descendientes notaron que el punto central del globo, aquel donde todos los extremos se habían juntado, en realidad nunca existió. Sólo era una conjunción de todos los bordes de la tierra que se curvaron, pero que siguieron creciendo hacia el interior del planeta, formando una enorme esfera espacial en su seno, cuando éstos convergieron en un nuevo punto interior. Durante milenios, nadie supo que bajo los glaciares y los témpanos, existía una gigantesca cápsula, casi tan grande como la tierra misma, llena de gases intoxicantes y cuyas paredes todavía eran rocas destellantes de chispazos. Su única entrada era el diminuto punto luminoso, en aquel lugar que los sabios llamaron la Terra Australis Incognis, desde donde, cada cierto tiempo, lograba entrar un poco de luz con aire fresco.

Pasaron los siglos, la Tierra exterior se abrasaba de fuego y humo. Todos los campos que antes bebían el agua dulce de los esteros y devolvían hileras de frutos multicolores, se volvieron pedregales desiertos. Los crespos sembrados de achicorias ahora eran cardos. En las ciudades, millones de hombres sedientos y drogadictos se arrastraban como un caudal de serpientes por las calles. En sus pieles sudorosas, llenas de cicatrices y tatuajes, brillaban las luces de neón eternas de las vitrinas de las boutiques. Sobre ellos corrían a toda velocidad unas enormes camionetas, reventando cuerpos y huesos por doquier. Eran los carromatos de los hombres armados, quienes hurgaban por las antiguas avenidas, hoy tapizadas de hombres, buscando hasta el último vestigio de los tesoros de la vida para poderlo saquear. Los cadáveres de los sabios colgaban de los postes y los niños les arrojaban furiosos las enciclopedias y tubos de ensayo, escupiéndoles garabatos con satisfacción. La vida en la tierra había llegado a un punto sin retorno, en donde ya no existían días de la semana, ni leyes, ni cosas diferentes. Todos los días eran iguales, y sólo al mediodía, cuando el sol lograba traspasar el arsénico gasificado, el cielo se iluminaba ligeramente como una mancha rojiza y anaranjada. El resto de la jornada era sólo una nebulosa gris marrón, llena de fogonazos y bocinas de autos despavoridos que chocaban, frente a las enormes pantallas gigantes de televisión satelital.

En ese mundo de incendios y sangre, nadie se percataba que los elegidos llevaban años coleccionando glaciares. Después de comprar todas las zonas australes del mundo, después de reclutar a los más grandes doctores y científicos de las universidades, el día del solsticio de verano, del año de Sión, los elegidos iniciaron una larga marcha que los condujo hacia el continente blanco, desde donde ingresaron al interior de la Tierra. Los que atravesaban el portal, inmediatamente notaban que cualquier rasgo de calor o gases amargos eran ya casi imperceptibles, pues los mejores ingenieros del mundo llevaban años convirtiendo esa enorme esfera volcánica intraterrena en un lugar paradisíaco, con aire purificado, en donde corrían los manantiales de aguas cristalinas, y en cuya cúpula se encontraba empotrado un hermoso sol de holograma.

Esa mañana estuvo llena de retratos. Todos con sus túnicas blancas, prístinos, los grandes de la humanidad y sus familias, los presidentes de las compañías multinacionales, los mandatarios de las grandes órdenes y todos aquellos que pertenecían la hermandad elegida, ingresaron, en un acto fundacional, al nuevo y hermoso mundo al interior de la Tierra. Tras una gran liturgia inaugural, donde todos se prosternaron reverenciando al nuevo sol, una larga mesa blanca esperaba a cada familia con un delicado cóctel de tomates en miniatura y hortalizas hidropónicas. Fue un almuerzo inolvidable. Los niños se pusieron a correr descalzos por los prados, sus padres los miraban tranquilos mientras conversaban con sus vecinos. Recostados sobre el césped, ya nunca más hablarían de venta de información privilegiada, ni de lobby, ni de los mercados bursátiles, ni de las malditas leyes ambientales que coartaban su libertad como emprendedores. Esos no serían más que incómodos recuerdos. Ahora hablarían del amor, de la belleza, del delicado equilibrio que cuidarían entre ellos y la madre naturaleza.  

Después de que todos los humanos ingresaron al interior de la Tierra, al final, entraron los hombres gigantes. En esta ocasión vestían túnicas negras con símbolos dorados. El último en ingresar fue el que cerró la pesada puerta metálica del portal. Luego de dar varias vueltas a la escotilla, los demás formaron un círculo a su alrededor. El hombre gigante tomó el control remoto con su mano y presionó el botón.  
A pesar de que sólo sintieron un pequeño temblorcillo, ninguno de los elegidos supo que, allá afuera, sobre la superficie terrestre, había estallado la más potente bomba nuclear que la historia de la humanidad entera habría de conocer. Todos los océanos, los continentes, las ciudades y las edificaciones, los monumentos, los ríos y las cordilleras. Todas las civilizaciones y sus vestigios materiales. Todos los astros cercanos, incluida la Luna y los satélites. Todos los animales y los insectos. Todos los hombres y mujeres. Los elementos químicos. Todo. Todo quedó convertido en gas incandescente. La superficie terrestre ahora era un nuevo sol. Él sería la fuente de vida para la nueva humanidad, que como una semilla fecundada, se gestaba plácida en su vientre maternal.



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