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martes, 9 de junio de 2015

RAUL EL INVISIBLE.

I

Su pelo negro y mojado se le llenaba de diminutos cristales de escarcha, eso era lo primero que le sucedía a su madre, todos los días a las seis y media de la mañana, cuando salía a trabajar. Aquel miércoles no tuvo tiempo para amarguras por haber hecho todo apurada y sin apoyo de su esposo, ni por tener que levantar a sus hijos, bañarlos, preparar las colaciones, hacer las camas y dejarle lista la vianda a su marido. Siempre era igual, su mamá salía corriendo de la casa, sin tiempo y sin permitirse cuestionamientos por tener sueño, o por ir a trabajar a la misma fábrica, en el mismo asiento separando eternamente el mismo pescado de las mismas espinas. Esa mañana tampoco recordaba que la noche anterior su marido andaba con ganas y que diplomáticamente la forzó a saciarlo, quedando exhausto en sólo un minuto y bufando encima de ella, para luego dormir todos los cansancios que implica ser jornal en una obra. Era el pan de cada día. Esa mañana ella sacó unas monedas del bolsillo, apretado por el frío, tomó la micro en Las Industrias y comenzó un nuevo e irrelevante día de junio. Sólo que esta vez, sin tener idea, ella iba embarazada.

A diferencia de sus tres embarazos anteriores, que por novedad o por dolor le llamaron más la atención, esta vez casi no sintió nada. Ni malestares, ni mareos, ni siquiera ese orgullo soñador al acariciar su barriga frente al espejo, panza que crecía todas las mañanas un poquito. No sabía si sería hombre o mujer, ni tampoco lo quiso saber. Asistió a los escasos controles médicos de rutina que ofrecía la Salud Pública del país, pero sin el temor primerizo de encontrar alguna complicación. Y salía de las consultas sin la emoción de saber que todo iba bien en su proceso de gravidez . 

Una mañana de febrero sintió un fuerte dolor intestinal, que por unos segundos le hizo ver borrosa la cinta transportadora que traía el pescado de la conservera. No había cumplido plenamente el pre natal porque llegó a un buen arreglo con el jefe de sección, con la excusa sincera de que se sentía de lo más normal. Esas horas extras y mejor pagadas servirían para abonar una buena parte de la deuda que tenía con Tricot, pensó ella. Cuando sintió el estruendo interior, se rompió la bolsa y una cascada de agua caliente y sangre llenó de vapor su zapatillas de operaria, haciendo correr en círculos a todas sus compañeras de faena. Era el noveno mes, estaba a punto de dar a luz.

El parto, que fue natural, fue tan rápido que no hubo tiempo ni siquiera de anestesiarla. De hecho, llegó al consultorio casi con la guagua afuera. No le dolió mucho, o mejor dicho, tanto como los anteriores. Los pocos quejidos que salieron de su boca no fueron nada comparados con los gritos de una chiquilla primeriza que llegó parturienta a la posta, en las últimas, haciendo un escándalo tan grande que hizo correr a todo el personal médico, como si viniera un meteorito a estrellarse contra la tierra y se fuera a acabar el mundo. En esa olla de grillos, como detenida en el tiempo, estaba una matrona a días de cumplir sesenta años, sonriendo mientras miraba por una ventana. Soñaba. Sabía que los gritos de la cabrita no representaban nada grave, aunque francamente le importaban menos que un cuesco de guinda. Pensaba con alegría en los paseos que daría desde su casa hasta la farmacia, diariamente, en su inminente y próxima jubilación.

Junto a la cama de la madre y asombrada por el maravilloso momento del alumbramiento, una bajita y menuda practicante de enfermería era la única persona que le brindaba atención. Llegó cargándolo a él, un pequeño de dos kilos y medio, de aspecto muy sereno, morado y con mucho lanugo en la carita. Se lo acercó a la cabecera de la cama, con la cara luminosa, como quien iba a anunciar el ganador de una lotería mundial.

¡Felicitaciones, señora! Su hijo... -le dijo en un tono muy chileno.

Era la primera vez que esta futura enfermera entregaba un recién nacido, sin sospechar que le quedaban más de treinta años en el servicio de salud nacional. Pero esa dicha, que la sentía en un nudo de emoción en la garganta, rápidamente se desvaneció con una brisa fría en el corazón, pues la madre miró a su guagua por primera vez, se lo puso en la pechuga y pronunció una pequeña palabra árida, diminuta, pero tan potente, que usada en ciertas ocasiones es capaz de segar la más pura de las alegrías como una guadaña mortal.

-Ya...

Había nacido Raúl.


II

Sus dos hermanos mayores le llevaban siete y cinco años, su hermana chica recién tenía dos. Raúl ya había cumplido los cinco y era un niño particularmente sano. No era así como bonito, de acuerdo a los cánones nórdicos que imperan en nuestra colonizada mentalidad, tenía el pelo negro igual a su mamá y una tupida pelusilla negra en el bigote. Tampoco era feo, pues se paraba bien derecho y se notaba de buen talante. A decir verdad, era un hermosísimo ejemplar araucano, un recio brote de weichafe, como aquellos que tanta gloria silenciosa nos han legado a la posteridad.

Siempre se iba atrás de sus hermanos en el camino a la escuela porque le gustaba ir chuteando las piedrecillas que encontraba por ahí.  Con las manos en los bolsillos pensaba sobre cómo estaría ahora su hermanita, que se quedaba en las mañanas con una tía que vivía cerca. Él la quería muchísimo, quizá porque era la única persona con la que podía hablar con soltura, ya que con sus dos años no era mucho lo que podía decir y Raúl era extremadamente callado. Soñaba con cumplir una promesa que le hizo un día en que quedó llorando porque su mamá la retó y le tiró el pelo por no tomarse la leche. Con sus escasas palabras le dijo, para que se le pasara la pena, que muy pronto le traería un algodón de azúcar gigante para ella solita, como esos que venden afuera de la escuela, mientras le abrazaba su cara llena de lágrimas y mocos de niña pequeña. Por eso, en cada paso que daba hacia su escuela, sabía que si miraba al suelo y más allá de las piedras y la tierra, encontraría la suma de cincuenta pesos muy pronto, y así le llevaría una enorme nube rosada y dulce de regalo a su hermanita.

Los hermanos más grandes caminaban siempre adelante de Raúl. El mayor era flaco, su cara parecía un madero tallado a cuchillo y a sus doce años tenía una prominente manzana de Adán. Sus ojos miraban siempre fijo hacia adelante, aunque nadie sabía muy bien qué miraba realmente. Era un prodigio natural pa la pelota, cuando jugaba era como si su cuerpo flotara por el aire y no dependiera de las fuerzas físicas y los impulsos de la musculatura. Los compañeros de su curso le tenían un respeto casi sacramental, por su fama de vengador de los débiles y justiciero de los abusados. No necesitaba más que ver cómo un guailón grande le pegara a un niño chico de la escuela, para que parsimoniosamente levantara su cuerpo de la silla, dejara a un lado el Sapito que estaba comiendo, y comenzara una caminata serena hacia el lugar donde se cometía la nefasta vejación. Entonces, con aquella calma con que las paqueñas toman a sus gatitos, él tomaba a los malvados por el chaleco y con su otra mano les descargaba una lluvia de puñetazos tan fuerte en la quijada que casi siempre, junto a la sangre, se les salía la comida del interior de la boca. Un día, entre varios lo fueron a esperar a la salida de la escuela, buscando resarcir casi una docena de muelas sueltas a base de combos y pateaduras en el piso. Cuando el hermano mayor se percató de la situación, con los ojos achinados miró a su alrededor, se sacó la camiseta que llevaba puesta y construyó con las piedritas de su entorno el mejor chancho en bolsa que hubiera construido jamás, mirándolo con el mismo orgullo paternal con que mirara Leonardo da Vinci, hace quinientos años, a su recién creada máquina de volar. Luego de sentir esa admiración casi emotiva al ver su invento, comenzó a girarlo y se dirigió hacia donde lo estaban esperando sus acreedores. Para quienes estuvieron ahí, sabrán que ese día el hermano mayor de Raúl no dejó títere con cabeza, castigando a los cabros de a uno por uno y haciéndoles rechinar las costillas en el suelo con su máquina infernal, hasta que sencillamente no pudo mover más el brazo. Acabado esto, deshizo el nudo gordiano de su arma, botó las piedritas, sacudió la camiseta y se la puso nuevamente, respirando satisfecho y preparándose para un nuevo camino a pie hasta su casa. Por esa y otras tantas situaciones, sus compañeros lo respetaban y admiraban, pese a que rara vez se le escuchó decir una palabra.

El otro hermano, el segundo, era radicalmente diferente. Tal como Gretel y Hansel iban marcando el sendero del bosque con migas de pan, él iba rociando con escupitos todas sus andadas diarias, cada vez que su boca se lo pedía. Como quién siembra un campo con semillas de saliva, el camino de este niño hacia la escuela quedaba regado por una lluvia vectorial de escupitos inconscientes, que día a día incrementaban la herencia de nada que crece y se multiplica por las calles de las poblaciones. Era un chico de diez años, más bien relleno, con la cara manchada y unos ojos amarillos como los de una serpiente. Su bolsa de bolitas era lo único importante para su vida y las defendía con puños y dientes si fuera necesario. Su innata condición de tramposo hacía que sus compañeros evitaran jugar con él, pero no le importaba. A cambio de eso se divertía extorsionando a los más pequeños, presionándolos a cambiar sus pequeñas colaciones por dos hermosas "ojito de gato" que él mismo se las había ganado jugando anteriormente. No hace muchos días su profesora le tiró las patillas porque lo sorprendió intruseándole la cartera. Y en ese momento, este gordito rechoncho y manchado, recibió la única y gran lección de su vida: en vez de llorar, aprendió que un escarmiento, un reto o un castigo no eran y nunca iban a ser algo tan terrible. ¿Para qué perder el tiempo jugando a la pelota o estudiando? A sus diez años ya tenía suficientemente claro qué es lo que tenía que hacer y cómo hacerlo.

Cada cierto rato, Raúl los miraba a ambos desde atrás, sólo para saber que iba en el camino correcto, mientras buscaba moneditas de a peso entre las piedras de la calle. Desde el episodio de la leche de su hermana, ya llevaba dos monedas de a diez, una de a cinco y seis monedas de a peso. Ya pronto podría pronunciar las palabras mágicas a la salida de su escuela, frente al caballero que vendía algodones.

-Uno, por favor.


III


En la escuela municipal los profesores llegaban temprano cada mañana, cada uno bien arregladito y decente, pero con fuerte olor intangible a cansancio. Antes de las ocho se aprovechaban de reír un rato en la sala de profesores tomando un café, fumándose un cigarrillo Hilton hasta casi el mismísimo filtro, para luego levantarse y, con ánimo lento, tomar los libros de clase e ir a enseñar. Todos tenían cara de profe, vestimenta de profe, las mismas bolsas con materiales de profe. Dentaduras de profe, voz de profe, aros de profe, bigotes de profe, nombres de profe como Víctor Salas o Inés González. Cada uno vestido lo mejor que se puede, aunque no había que ser genio para percatarse que los profesores del sistema municipalizado ganaban muy poco como para ser completamente felices.

El profesor de música era re cabro, no debe haber tenido más de veinticinco años y venía recién saliendo de los pastos de Macul. Era un barbón gordito, muy entusiasta y siempre andaba con un gorro de lana, traído de uno de sus mochileos en el sur. Andaba siempre con su guitarra llena de rayones a cuestas, un colgajo de flautas, un metalófono y cuanta cosa metiera ruido y sirviera para que los niños hicieran música. No fumaba, pero sí le gustaba conversar con un buen café en la mano, sobretodo con la pletórica profesora de primero básico.

El otro día estuve con tu curso -le dijo el profe de música.

¡¿Cómo se portaron?! -Interrumpió ella con los ojos abiertos y preocupados, como si le fueran a anunciar una tragedia.

No, bien, bien...

Es que a ti te quieren caleta, lo que es a mi... -respondió la profesora mientras le aplicaba catorce sacarinas a su café.

Sí, son querendones los tuyos. Les gusta harto la música, estábamos cantando el otro día... me llamó la atención un cabrito que se sienta atrás, al rincón.

Quién, ¿el Felipe Ríos? ¡¡A ese lo tengo sentenciao!! Una más y lo voy a dejar ordenando la sala en el recreo por una semana completita, si ya sabe...

No, otro... uno moreno, que es como bien callado.

La profesora se quedó pensando un buen rato, mientras ponía la boca puntuda y estiraba hacia atrás los ojos, para darle el primer sorbo al café hirviéndo, haciendo el inigualable juuuiiit! con sus labios.

Aaah, ...el Raúl   -dijo después de haberse quemado la lengua con el café.

Sí, ese mismo. El Raúl. No me acordaba como se llamaba. El cabro no se porta mal, pero me pasa algo raro con él, siento como que no está... Cacha que el otro día tuve que salir de la sala un ratito, porque me llamó la Dire... y cuando volví, imagínate po, estaba la olla de grillos, con decirte que hasta el Martín Verdejo estaba saltando arriba de las mesas. Pero el Raúl estaba atrás, sentadito, con la cabeza apoyada en la mano, mirando el banco. Como una foto...

No, si siempre es así. Ese cabro está como ido...    -dijo la profesora casi sin interés.

El joven profesor se quedó pensando y asintiendo con la cabeza.

Sí, sí, como ido -dijo. Me quedé con esa impresión. Es raro, porque los niños de tu curso son re inquietos, si parecen como perritos nuevos. Están todo el rato, tío, tío, tío, gritando como unas ardillas, porque lo que quieren es tu atención. Pero el Raúl está siempre ahí, tranquilito, sentado atrás como que ni se viera. El otro día me le acerqué y le conversé un ratito. Le dije "Hola Raulito, ¿cómo estai?", me miró hacia arriba como si hubiera despertado de un sueño y me dijo "¡Hola tío!". Le dije "¿querí aprender a tocar guitarra?" Y se río, levantando las cejas. Me dijo "Es que no sé, tío". Mientras tanto... la escoba dentro de la sala, los cabros chicos no podían estar portádose más mal. Mientras no se maten, dije. Le puse la guitarra en la pierna al Raúl y le dije "¡Ya! así hay que pasar la manito, hacia abajo, Ran, ran, ran..." Él pasó el dedito por las cuerdas una sola vez, pero se quedó con los ojos abiertos, como impresionado, porque cada nota de las cuerdas le debe haber sonado como un arpa celestial, o algo así...

Seguuro po, si nunca había visto una. Si en su casa no tienen, ese cabro es re pobre -se rió la profesora.

Sí, se le nota. ¿Y por qué es tan tímido, tan tranquilo? ¿La mamá le pega mucho?

No, parece que no. Ese cabro tiene dos hermanos, uno grande en octavo y el otro en quinto... el de quinto da más problemas porque salió medio malandra. Es bueno pa tirar las manos niiiiño -dijo con un tono agudo de soprano- el otro día la Janet lo pilló como un gato de campo intruseándole la cartera...pero con el Raúl no creo, el cabro no da problemas. ¿Y por qué me preguntas? -dijo la profesora.

Pero eso mismo po, éso es lo que me llama la atención, que no da problemas. Cuando le dije que tocará más guitarra, así como motivándolo a aprender, como que se río con vergüenza y me dijo "Es que yo no sé, tío..."


Mientras tanto la profesora comenzó a balancearse como un buque, para ver si en uno de los tantos vaivenes lograba desplazar su centro de gravedad hacia adelante, y con su inmensa gordura lograba por fin ponerse de pie. El profe de música seguía conversando, meditabundo...

¿Si sabí lo que me preocupa en verdá? Es que él es como un pajarito enjaulao -pensó.

¿Quién, el Raúl? -preguntó la profesora ya de pie.

Si po, es como que le da verguenza existir, te mira como pidiéndote perdón. Y yo trato de motivarlo harto, de darle cariño, de que cante, pero no se atreve. Debe pensar que si saca la voz los compañeros se van a reír, o le van a pegar. No sé, yo le tengo re harta buena a este cabro. Es increíble cómo la pobreza deforma a los niños...Nacen como sabiendo que no debieran nacer, como si no debieran soñar. Bueno, y qué van a soñar también... si en la casa los papás no están, o se gritan mucho. Los compañeros son más normales, porque buscan lucir con algo. O gritan, o juegan a pillarse, o se ríen, o se hacen los chistositos. Pero el Raúl cuando te mira es como si no tuviera nada, como un vacío... ¿Cómo decirle que sí tiene, que sí hay algo adentro suyo, que sí es alguien? Que sí podrá tener una polola algún día, o tocar guitarra, o tener una familia en una casa decente...

En ese momento el profesor de música descubrió que su colega de primero se había dado vuelta, ya no lo estaba escuchando. Era el timbre, había que entrar. El profesor tomó su guitarra, el libro de clases, se puso su gorro y partió con su mochila a soñar con el nuevo mundo a otra clase. Salió tarareando "frágil como un volantín,
en los techos de Barrancas,
jugaba el niño Luchín, con sus manitos moradas...



IV


Su papá se había ido de la casa hace un año. En verdad fue para mejor, porque el último tiempo no dejaba de pelear con su mamá. Raúl no entendió mucho, aunque en verdad no sabe si quiso entender o no. Quizá se separaron por causa de su hermano mayor, que se fue a trabajar al norte como minero. O quizá por el otro hermano, que estaba hace cinco meses en un recinto penal de menores, porque cambió su negocio de bolitas y colaciones, por otro de papelillos con pasta base.

A decir verdad, Raúl sabía que sus papás hacía mucho tiempo que ya no se apreciaban en lo más mínimo y un día su mamá se cansó y lo echó de la casa cuando llegó curao y cariñoso. La miraba todos los días cuando llegaba de la fábrica, cada día más cansada, más vieja, más pobre. De tanto mirarla Raúl se dio cuenta un día que su madre hablaba tapándose la boca, ya que muchos dientes se le habían caído. La espiaba en silencio mientras veía la comedia con un pañuelo en la boca, sollozando calladita por años y años de aguantársela y aguantársela.

La única persona que iluminaba su vida, en esa oscura casa de calle Comercio, era su hermana menor, quien le alegraba el día entero cuando lo saludaba al llegar de la escuela y le decía -¡Hola mi Raulito!

¿Qué pasó desde aquellos días en que iba a la escuela con sus hermanos? Se preguntaba Raúl al percatarse de que cumplió quince años sin siquiera darse cuenta. Ahora iba al Liceo en el centro, tenía que tomar la micro todos los días con su chaquetón azul y su mochila de mezclilla colgándole de los hombros. Era lo que comúnmente se entiende como un alumno promedio, ese que no destacaba en nada pero que tampoco molestaba. No le gustaba ningún ramo en particular, quizá porque no sabía que con esa misma física newtoniana se construían las calles y los puentes. Las piedras y las moneditas en el camino de tierra hacia la escuela ahora eran las palomas y los adoquines de la calle Cumming, aunque ya no iba siguiendo a sus hermanos mayores. Ahora iba siempre solo y pensaba en su hermana chica todo el tiempo, como si fuera una extensión de si mismo. Temía que le hicieran algo, que la siguieran del colegio, que no podría defenderla si estaba en el liceo y se angustiaba mucho. Sentado en la micro, miraba pasar casi todo Santiago por la ventana, sin sospechar que su hermana estaba bien y riéndose a más no poder con sus amigas adolescentes.

Un día sucedió algo que no se esperaba y que casi le hizo salir el corazón por la boca. Venía en la micro pasando por Nataniel cuando comenzó a subir mucha gente en el paradero. En las micros amarillas el chofer ponía la radio y ese día sonaba una canción de moda en aquellos días, de Phil Collins. Desde aquel día lejano en que su joven profesor de camisa amaranto le prestó su guitarra, a Raúl le fascinaba la música como ninguna otra cosa en la tierra. Escuchaba calladito las canciones que le gustaban en la micro, como tratando de comerse cada pedacito de sonido y memorizarlo bien para que lo acompañara en el camino del paradero hasta su casa.  Ese día venía apoyado en un fierro de la micro cuando se subió una niña vestida de escolar y se puso junto a él. La micro estaba llena y en una frenada la chica tuvo que afirmarse del fierro, tomándole sin querer la mano de Raúl. Quedaron frente a frente, a escasos centímetros de distancia. Durante docientos cuarenta y cinco segundos ambos permanecieron casi pegados, la niña tomándole la mano sin darse cuenta, mientras en la radio de la micro seguía sonando A groovy kind of Love. En ese momento Raúl hubiera querido que todo se detuviera, porque nunca se había sentido tan bien. En verdad, él nunca se había sentido a si mismo. Nunca supo lo que era sentir una mano de mujer junto a la suya. Después de los primeros segundos en que por poco se iba a desmayar, lentamente levantó la vista y pudo comprobar que quien estaba a menos de una pulgada de distancia suyo era con toda certeza la niña más linda que pisaba la tierra. Era una quinceañera con el cabello castaño y ondulado como los remolinos que juguetean al filo de la proa cuando los barcos navegan altamar, y unos enormes ojos negros que parecían un precipicio. Raúl sentía su corazón saltando como nunca le había sucedido en la vida, y tenía miedo de que toda la micro escuchara aquel timbal y se burlara de él. Luego sintió el calor de su mano, y cómo la respiración de ella le envolvía los pulmones como un campo de jazmines españoles en primavera. En ese momento respiró hondo y le suplicó a las fuerzas de la naturaleza que la vida no diera un paso solo más, que la micro se desviara de su recorrido y se fuera tan lejos como fuera posible, que entraran diez personas más con bolsas de la feria para que la micro estuviera aun más repleta y así poder fundirse con ella. Recordó el momento en que nació y por primera vez supo que la indiferencia con que lo recibieron tuvo un sentido. Que tantos años de caminar atrás de sus hermanos no lo conducían hacia la escuela sino a este preciso instante magistral. Supo que su profesor de música era un mensajero del futuro, una paloma que le traía una postal de este preciso instante, el mejor que había tenido en su vida. Supo en ese momento que tenía todo su cuerpo y que él era el único poseedor de esa sangre que lo recorría. Entendió que la calle en donde vivía, el liceo en donde estudiaba, y hasta la micro que tomaba diariamente eran partes perfectas de un reloj que lo ubicó ahí mismo, ese mismo día y frente a esa misma mujer. Con los ojos cerrados, no se dio cuenta sino hasta después de mucho rato, que la micro se había detenido, que la niña había bajado con las demás gentes, que se encontraba parado, que seguía afirmado del mismo fierro, y que habían llegado a la garita del final de recorrido. Ese día Raúl sintió que había nacido de verdad.



V


Todos los días, al ir y venir del Liceo, Raúl tomaba la micro con un alegre nudo en el estómago. Como cual pescador que tira las redes al mar, con la esperanza en el corazón de recogerlas con miles de peces de abundancia, él no perdía un segundo del viaje esperando ver subir nuevamente a su musa celestial. Escuchaba las canciones del chófer de turno por si en ellas hubiera un presagio, alguna señal, algún mensaje del destino para contarle cómo se llamaba ella, o a qué hora pasaría por ahí. Maldecía a aquellos conductores que preferían los programas de debate o la lectura de noticias, lo ponían de mal humor, era una pérdida de tiempo escuchar gente hablando en vez de dejar a la música salir. Sólo se reanimaba cuando anunciaban la próxima canción y más aun si era de sus favoritas. Después de la introducción en piano y coro de Cartas Amarillas, él caminaba en el escenario hacia el público con micrófono en la mano. Miraba la tela de sus mangas, la ropa más fina que jamás había visto. Las luces le hacían brillar su dentadura perfecta y derecha. Cuando comenzaba a cantar... "Soñé..." mágicamente era Nino Bravo y estaba frente a una enorme multitud de admiradoras que se derretían por su amor. Pero a Raúl no le importaba, pues sabía que ahí, en el centro del auditorio, estaría la única mujer que podía llamar su atención, mirándolo con ojos de enamorada, con su uniforme escolar y su pelo arremolinado y perfumoso a champú. Soñaba. Soñaba y soñaba en aquellos ratos del trayecto en que la micro andaba y no se subía gente. Soñaba que era hermoso y que su voz era mágica, que cantaba como Lionel Richie y como Johnny Mathis, o como Juan Luis Guerra. O como tantos cantantes que le fascinaban.

Él se despedía de su público y agradecía los aplausos al terminar cada canción, pues tenía que rápidamente volver a la micro a estar más alerta que nunca. Las fans y las entrevistas con la prensa tendrían que esperar. Se acercaba a un paradero especial, aquel donde aquella vez se subió su amor. Y su vista clavada en la puerta de la micro era como un águila frente a su presa, para que por ningún motivo se le fuera a escapar cada cara que subía los escalones y le pagaba las monedas al chofer.

Después de muchos tiempo, un día llegó a la conclusión de tres cosas realmente aterradoras. Llevaba más de un año sin faltar al liceo, a pesar de haber tenido unas bronquitis tan severas que cualquier joven hubiera sido internado un par de días en el hospital, sólo por estar presente en aquella micro que lo llevaba hasta su casa. En ese año no volvió a ver subir a su amor, ni siquiera la vio en la calle. Y lo peor, a Raúl realmente le asustaba el hecho de que ya estaba a punto de pasar a cuarto medio y que sólo le quedaba el próximo año para que, por lo menos en alguno de sus docientos días de clases, pudiera quedar cara a cara nuevamente con ella.




VI


El médico abrió una puerta e hizo la pregunta en voz alta. Raúl se levantó rápidamente y le dijo que él era el hijo. Su hermano del medio nuevamente había caído preso y esta vez en serio, luego de haber tenido la brillante idea de descargarle completa su pistola en el pecho a un conocido que lo estafó con sus papelillos. El mayor no había podido viajar de Calama y sólo se encontraba con su hermana menor, en ese entonces de dieciséis años.

A su mamá le dio una trombosis en la pierna. Se encuentra en este momento estabilizada -fue la explicación científica que hizo el médico durante varios minutos, mientras Raúl y su hermana no le entendieron casi nada-. Ya salió de la crisis pero vamos a dejarla por lo menos una semana en observación...

Lo único que atinó a hacer Raúl en ese momento fue abrazar a su hermana, que estaba muy afectada con la situación. Hubiera querido darle otro algodón de azúcar, como cuando eran niños, aunque esta vez hubiera tenido que comprar dos, uno para ella y uno para él.

La semana anterior se había graduado de la enseñanza media, algo casi inédito dentro de su familia, incluyendo a la totalidad de sus antepasados y tatarabuelos que con mucha suerte sabían las oraciones básicas de la catequésis rural. En los últimos días de cuarto medio, Raúl ya había perdido casi toda la esperanza de volver a encontrar a la niña que le gustaba en la micro, y no es de extrañar, porque después de más de tres años de ansiosa espera, comenzó por desdibujarse su olor en la memoria, luego ya no recordaba el calor de su mano, hasta que finalmente terminó por olvidar todos los rasgos de su cara. Y se preguntaba a si mismo, que si en ese olvido ella hubiera pasado frente a sus narices y él no se hubiera dado cuenta...o si en verdad ese día se había quedado dormido en el asiento y que todo hubo de ser un sueño. Lo cierto es que cada día sentía más apagado aquel fuego inicial, en donde por primera vez sintió en su corazón algo parecido al amor.

A cambio de eso, en sus peregrinaciones diarias en micro comenzó a contemplar otro anhelo con mucha seriedad, vio cuán posible para su vida resultaría estudiar música en una academia. Quería ser cantante, un cantante famoso como Franco Simone, a pesar de que nunca había cantado ni elevado la voz a un punto tal que su hermana lograra escucharlo desde fuera de la ducha. Pero su sueño de ser artista era tan grande que eso no le importaba en absoluto. Pensaba que, como nunca había cantado, tenía las mismas chances de ser un fracaso rotundo o una estrella de renombre mundial.

La mañana en que le avisaron que a su mamá le había dado un ataque en la fábrica, Raúl supo de inmediato de que todos los sueños de música se habían ido por el agua. Con su mamá prácticamente postrada, ya no habría quién mantuviera esa casa en lo más mínimo. Su padre, desde que la mamá lo echó de la casa tirándole platos, floreros, cuadros y cuando objeto contundente pudo pillar a la mano, decretó que no les daría un peso más en su vida, ni a su hija, ni a sus hijos y mucho menos a aquella mujer. El hermano mayor se gastaba todo su sueldo mineral en putas y carrete, así que casi nunca tenía dinero ni ganas de bajar de Calama a la capital. Su hermana todavía estaba en el liceo, a pesar de que mantenía siempre la casa ordenada, como si el aseo fuera el último reducto de la alegría y la dignidad de un hogar. No quedaba otra opción, Raúl tendría que conseguirse el diario el día domingo y rápidamente buscar un puesto de trabajo en algún lugar.

Por increíble que parezca, por primera vez en su vida su perfil bajo le jugó una muy buena pasada, pues en los primeros días de marzo tendría que revisar un listado oficial en el diario que le llenaba de retorcijones el estómago. Sin embargo, por un motivo que nunca entendió, al revisar ese domingo las listas de llamados al servicio militar, su nombre no figuraba ahí. Primera vez que se alegraba casi hasta el éxtasis por el hecho de que la sociedad no lo veía de buenas a primeras. Lo que sí le llamó la atención fue un aviso que decía "MALL REQUIERE: personal de aseo en sus diferentes niveles. Presentarse el día viernes veinte de diciembre a las ocho de la mañana por el ingreso de calle 11 de Septiembre con CV y certificado de antecedentes". Como ocurre con casi la totalidad de hombres que cumplen la mayoría de edad, Raúl no tenía ni la más pájara idea de qué era ese Mall, ni dónde estaba, ni qué era un "cevé" y menos el certificado de antecedentes. Lo único que sí sabía, y muy bien, era hacer aseo. Se imaginaba en aquel trabajo rociando con agua la tierra en el piso, barriendo la entrada del lugar, para luego ir a lavar los platos sucios y secarlos con el paño de cocina que se cuelga en la manilla del horno. Si todo resultaba tan familiar y sencillo en su mente, lo único que le restaba por hacer era averiguar qué diablos significarían todos los demás requisitos y ver si se podían cumplir.

Recortó el aviso con los dedos, con una emoción extraña, porque aparte de acercarse de súbito a la idea de trabajar, debía ir rápido al Hospital San José a ver a su mamá. Sentía más fuerzas que nunca, como si el aire de sus pulmones contuviera la frescura de los Pirineos. Si habría que barrer, barrería una semana entera si así se lo ordenasen. Estaba contento sin haber probado ni una pelusilla de ese algodón rosado que tanto le gustaba.

Su mamá estaba con la cara tan hinchada, que con suerte le quedaba una línea sobre los ojos por donde podía ver. Sentía la boca seca, estaba desorientada. Tal como cuando los partos la pillaban en la fábrica, ésta vez la trombosis la sorprendió ahí mismo, sentada desmenuzando pescado. Sólo que esta vez no despertó con un hijo nuevo a su lado, sino que con un fuerte dolor en su pierna, que a fuerza de vendajes no la podía mover.

Hola mami -dijo en voz aguda Raúl cuando entró a la sala de las mil camas.

Su madre respondió el saludo levantando un poco su cara de arriba a abajo durante un instante.

¿Cómo se ha sentido?

Su mamá en ese momento abrió los ojos y trató de reincorporarse. Como obviando la pregunta o la respuesta, le dijo.

-Páseme el aguita que está ahí mijo...

Raúl le acercó el vaso y la ayudó a ponerse la bombilla en la boca seca. Su madre olía a yodo, estaba chascona y pálida, como si el pijama hospitalario la vistiera con un halo de desdicha que sólo pueden conocer aquellos que han estado acostados en una sala grande de hospital, junto a veinte enfermos más y sus bacinicas bajo las camas.

Mire, mami -le acercó el aviso recortado del diario- quizás aquí podría trabajar, ¿no cree?

La mamá se recostó nuevamente sobre la almohada, exhalando con sus ojos chinos una sensación aun más punzante que el dolor. No le contestó nada, sólo dejó correr una lágrima por el surco de su ojo izquierdo, que rápidamente fue engullida por la sedienta almohada de hospital.

Que su madre no le respondiera no era una verdadera sorpresa para Raúl, pensaba que así eran todas las mamás de todos sus compañeros. Con el papel aun en la mano se sentó en una pequeña escalera de dos peldaños que estaba al pie de la cama, que se usa generalmente para poder subirse al lecho cuando se anda medio pata e laucha. Y ahí pasó toda la tarde, tratando de entender qué significaba CV. Pensaba, trataba de asociar el tipo de trabajo a las letras.

C, V... cocina, vaño -pensaba casi en voz alta- no, baño creo que es con B.
C, V.. conoce de la vida... con vicicleta... no creo, no pedían.

De repente sus ojos se abrieron como huevo frito, al sentir que su inteligencia era una máquina militar hecha por artesanos alemanes.

¡¡¡¡Con vianda!!! C.V... ¡¡con vianda!! -dijo casi gritando de alegría y tranquilidad- ...eso era po, porque para llevar la comía hay que llevarla en la vianda. Y vianda sí tengo, la dejó mi papá en la casa cuando se fue, ya que si se devolvía a buscarla ahora sí que le podía llegar un plato en la cabeza -recordaba ya más tranquilo- Y claaro po, si mi papá no salía sin la vianda era porque era fundamental para que lo aceptaran en el trabajo. Bueno, ya por lo menos sé que se puede almorzar en el trabajo, porque sino no voy a tener fuerzas para barrer ni lavar los platos en el Mall -decía para sí mismo mientras sonreía tranquilo por cumplir con todos los requisitos establecidos.

El día viernes veinte ya estaba en pie a las seis de la mañana. No había podido dormir absolutamente nada la noche anterior, pensando en cómo sería su presentación frente al comité que evaluaría si era un perfil apto para el trabajo. Llevaba la vianda de su padre más brillante que un espejo, pues la había estado puliendo durante horas con una virutilla con ceniza. Pensaba que si veían lo bien que fregaba una olla, sería el mejor indicador de que él era, sin lugar a dudas, el candidato elegido. Cuando iba saliendo de su casa decidió devolverse un segundo para despedirse de su hermana chica y que le deseara suerte, ya que en gran medida la iba a necesitar.

Me voy yendo -le dijo a su hermana con una sonrisa en la cara.

¿Y pa onde vai tú así? ¿Y qué hací con esas ollas en la mano? -le preguntó su hermana medio riéndose.

Es que voy a lo del aviso del diario, ofrecen trabajo en el Mall y pedían que los candidatos tuvieran vianda pa llevar el armuerzo. No vis que ponen C.V. ...con vianda...

En ese momento su hermana lo quedó mirando durante varios segundos, antes de reírse un buen rato de su inocente hermano Raúl, evaluando que si lo que estaba escuchando era realmente cierto o si su hermano, finalmente, había aprendido a agarrar pal hueveo a los demás.

¡Oye Raulito! -entre risas- no es la vianda pa la colación, ...es que te están pidiendo el currículum vitae, ¡¡¡C.V!!!, currículum vitae, tu hojita con lo que has hecho, si has estudiado...Aer, muéstrame el aviso.

En ese momento Raúl comenzó a sudar frío.

Claro po, tení que llevar tu currículum y un certificao de antecedentes po, lo sacaste, cierto?

Raúl miró su reloj y eran ya las siete. Sentía lo mismo que aquella vez en la micro frente a la niña, sólo que esta vez sin la hermosura de la niña pegada a su nariz, sin la música de Phil Collins y sin los querubines a potito pelao rondándole por la cabeza. En ese momento se le arrugó toda facción de su cara oscura y sólo pudo decir como corolario, con la voz quebrada al borde del llanto y la desesperación, una triste y lacónica exclamación que dicen los chilenos cuando están hondamente angustiados.

-conchitumaaadre.



VII


Mirándolo en retrospectiva, luego de casi dos años, no sabría cómo realmente logró quedar de inmediato con el puesto de trabajo. Prefirió no preguntárselo antes de un buen tiempo, porque pensaba que quizá él mismo iba a descubrir que se había cometido un error, que lo iban a notar y que lo iban a despedir en el acto, sin saber que, por andar con un trapero y un carrito con agua con limpiador, prácticamente nadie en ese inmenso centro comercial lo veía.

Recuerda que esa mañana llegó con una hoja de cuaderno arrugada en la mano, con los flequillos cortados, que decía su nombre y todo lo poco que podía ser de interés. Era su C.V. Para qué hablar de certificado de antecedentes, no tenía ni una copia de su hoja de vida del libro de clases que acreditara de que no había tenido ninguna anotación negativa durante toda su escolaridad. Cuando llegó al inmenso centro comercial, vio una fila nutrida de postulantes a su mismo puesto de trabajo, recién bañados, cortados de pelo los hombres, las damas con el tomate bien tomado atrás, con la mejor pinta que se pudieron procurar. Raúl vio que en las manos les relucían unan carpetas de diferentes colores, que tenían en su interior hojitas escritas a máquina o impresas, tan limpias y blancas como los muros interiores del ibérico Palacio de Torrejastar. Él, al último lugar de la fila, era una decoloración de la imagen panorámica de la postal de Santiago. Iba con los mismos pantalones de casimir azul marino del liceo, los mismos zapatos negros e infinitamente viejos, una camisa blanca y un chaleco de hilo color gris verdoso encima, todo acompañado de una hoja de cuaderno en su mano y ya media doblada por el sudor.

Cuando su reloj le indicó que eran las ocho de la mañana, supo que el momento de la verdad finalmente había llegado. Miró a su alrededor para ver si comenzaban a prender las luces del escenario, como cuando veía Sábado Gigante, pero nada sucedía. Las bocinas de los autos y las micros eran la única banda invitada al estelar. El ambiente de navidad de las tiendas auguraba un hermoso fin de año, con hermosos y coloridos regalos que el Guatón Francisco promocionara con su estruendosa voz, para que todas las familias chilenas vinieran en procesión y se hicieran mierda comprando en Otto Krauss.

Pero los minutos pasaban y la fila no se movía. Raúl, con su baja estatura, hacía disimulados esfuerzos para empinarse y lograr ver lo que pasaba más adelante, pero sin tanto empeño, por miedo a que los candidatos se pudieran dar cuenta y se pusieran a admirar su hermosa pobreza. Más allá de las cabezas y los moños, lo único que se lograba ver era que la fila subía una escalinata y daba vueltas a un pasillo con pilares de bronce y marmolina.

Cuando dieron las dos de la tarde, Raúl realmente se sentía preocupado. Quizá todo el anuncio del diario no había sido más que una broma, de esas de camarita oculta poder entretener a los japoneses al otro lado del mar. Al parecer sólo pocas personas habían sido ya entrevistadas, porque sólo unos cuantos salían, bajaban la escalinata y se iban golpeando la carpeta con las manos enfurecidas. Él no había conversado con nadie, pues era el último de la fila y sólo le había visto la nuca rapada al tipo de adelante. Pensaba que si ya había soportado el día hasta aquí, no se iría hasta que lo hicieran pasar, por lo menos para ver si en verdad su hermana tenía razón o si efectivamente había que llevar la vianda como testimonio.

Todo transcurrió tranquilo hasta unos minutos antes de las tres. En ese momento, todos los asistentes comenzaron a levantar la voz, enojados, chiflando y tirando las carpetas por el aire, echando las mejores puteadas hacia la invisible oficina que salomónicamente dejaba trabajando o no. Tan puntuales como llegaron, casi todos los que estaban haciendo fila se fueron a sus casas, indignados por haber perdido una mañana entera y casi media tarde por un trabajo que nunca fue. Raúl comenzó a caminar por sobre los difusos restos de la fila, hasta que finalmente subió la escalinata y se posicionó junto a otras tres señoras y un hombre mayor, afuera de la puerta de cristal con marcos de bronce, que parecía ampolleta luminosa a fuerza de pulirlo con brasso pule-metal. En un momento, la puerta rugió y salió una joven treintona y con pinta de psicóloga histérica.

A ver...¿quién de ustedes está postulando al puesto de encargado de aseo? -preguntó a los cinco candidatos restantes.

Todos, por supuesto, levantaron la mano. La treintañera los miró, los contó por la cabeza como quién cuenta su ganado.

Ya, pasen rapidito por la puerta -dijo, como odiando su trabajo.

Al interior estaba ella junto a dos hombres maduros, con la cara gris como una colilla de cigarro. Estaban sentados en un escritorio lleno de currículum vitaes y certificados de antecedentes, en columnas tan robustas como el mismo Templo de Salomón.

¿Quién de ustedes quiere trabajar en aseo? ¿Han trabajado antes en personal de aseo? -preguntó uno de ellos con un tono viscosamente prepotente. ¿Vienen a formar sindicato acá? Porque si vienen con esa idea mejor que se vayan al tirito nomás...

Los cinco postulantes permanecían callados en el enorme vacío de la oficina. Cuando terminó el tan cordial comité de bienvenida, el mismo hombre le preguntó a su colega en voz baja.

-Oye, ¿cuántos de los wnes anteriores quedaron seleccionados?

Cuatro, sólo cuatro cumplían los requisitos ideales.

¿Y cuántos puestos hay que llenar hoy?

Nueve.

El hombre levantó el dedo y pasó por las tres señoras, luego por el caballero mayor y al último por Raúl.

Cinco... cinco más cuatro son nueve... -dijo como habiendo terminado un alguarismo propio de un matemático de categoría. Luego preguntó a su maduro colega- ¿Qué opinai vo?

Opino que son los candidatos indicados -en un tono doctoral con olor a mofa- para el puesto, pue colega. ¿Y usted qué opina, señorita experta?

No sé, igual esta decisión deslegitimaría todo el proceso de selección previo -argumentó la psicóloga- y en ese caso las condiciones de equidad de..

Ya, macanúo -sonrío interrumpiendo el hombre gris. Eso significa que está conforme. Están contratados. Y quiero irme a almorzar. Comienzan mañana a las siete y media, eso sí, cuidaíto con hacerme la chancha o venir a armar sindicato o weas así, dense con una piedra en el pecho que les estamos dando pega...


Los cinco aspirantes no sabían si estaban soñando, o si debían moverse o arrodillarse a agradecer. Fue necesario que la profesional, hirviendo en rabia, abriera la puerta pavonada y les señalara el camino a la mierda con un gentil ademán aprendido en la universidad.

Raúl salió como quién logra ganar la maratón de San Silvestre y feliz se fue caminando desde Providencia hasta su casa, como gozando cada segundo de esa tarde previa a que iniciara su vida profesional. Si bien no era como estar frente a la niña de la micro, se sentía realmente bien.

Saliendo de las oficinas del mall, los dos colegas iban raudos hacia la cazuela con ensalada chilena que les esperaba en la picada desde hace dos horas. Uno de ellos le comentó al otro:

¿Te fijaste en el último wn que entró?

¿Cuál, el ql que tenía cara de na...?

Sí, ese, ¿te fijaste que el muy aweonao andaba con una vianda? -dijo riéndose a más no poder.

Oh, si caché, huaso ql     -riéndose burlón-   ...lo único que nos faltaba: que los wnes vinieran con cocaví a las entrevistas de trabajo...




VIII


Contrario a todo pronóstico, aquel quinteto compuesto por tres señoras, un hombre mayor y Raúl, resultaron ser un increíble equipo de aseo y ornato, trabajando sin descanso por años y años. A Raúl se le había curtido el rostro y sus manos parecían como tiesas ramas de cochayuyo con tanto pasar el trapero por los pisos y limpiar vidrios. No conversaba mucho con nadie, a pesar de que de cuando en cuando comentaba alguna cosa con sus compañeros de labor.

Su mamá había muerto hace mucho, por lo menos ocho años, cuando todavía no le habían asomado las primeras canas cuarentonas en su sien. Su hermana se había ido a vivir a Coihayque con su esposo, que era detective. Para Raúl eso lo tranquilizaba mucho ya que nadie se atrevería a hacerle daño, y menos su marido, que como no sabía ni cocinar, ni planchar, ni prender la tele, estaba prácticamente sometido a los designios de su mujer. No era raro ver al pusilánime rati yendo los días domingo a las afueras de los pocos supermercados patagónicos, buscando algodones de azúcar para su señora.

De sus dos hermanos mayores no tuvo más noticia. Quizá en el camino a la escuela se desviaron hace años y Raúl no se percató, porque iba pendiente de las moneditas olvidadas entre medio del tierral, por abuelitas que no le achuntaban a su chauchera al momento de guardar el vuelto del pan. Sus hermanos eran un recuerdo lejano, no había mucho más.

Raúl trapeaba a diario los corredores vitrificados del Mall con santa paciencia, siempre con sus audífonos puestos y escuchando en la radio a sus cantautores de la devoción. Miraba mucho a la gente, pero sin que lo notaran. Los veía embelezados mirando las tiendas, cómo llegaban los domingos temprano en caravana a vagar todo el día por ese enorme palacio de cristal. Trataba de imaginar sus casas y no le costaba mucho adivinar. Veía faldas gruesas y botas anticuadas, como sabiendo de antemano que esas pobres señoras gordas no tenían en qué caerse muertas. Nunca hablaba con las cajeras del mall, ni con las vendedoras, pues desconfiaba de ellas. Le parecía mal que tuvieran ese encanto en la palabra y que hicieran a la gente comprar en grandes cantidades cosas que en verdad no necesitaban realmente. ¿Para qué se va a llevar ésta? Mire que por sólo nuevemil nueve noventa se puede llevar la botella de un litro de perfume con la CMR, aproveche. Él casi se sabía de memoria las estrategias, casi las podía recitar, al tiempo en que las señoras abrían las carteras llenas de tarjetas de crédito de todas las casas comerciales del país.

Su pasatiempo favorito era mirar los pasillos desde el tercer piso. La gente parecía como hormigas diminutas, pero él igual las podía ver. Cada uno caminando en recorridos diferentes, con bolsas de Paris en las manos y los niños cargando las cajitas felices, con sus manos resvalosas por el almizcle olor del aceite chatarra. Los veía caminando por ese templo público y hermoso, en donde se olvidaban de las calles de su población, de su apellido común, para terminar el domingo volviendo en metro a sus casas y con una duda sigilosa de cuántas cuotas habré pedido esta vez.

Él veía las caras de la gente y casi todos con una inexplicable felicidad. Sin embargo, un día en que miraba a las personas en un espejo del primer piso, llegó a la espeluznante conclusión de que nadie lo veía a él, porque vio en el lugar de su reflejo a una mopa detenida en el aire vertical junto a un balde para limpiar pisos. Por algunos segundos no hubiera sido capaz de verse a él, si no hubiera reconocido que esas sombras junto al piso eran sus propios pantalones azules del uniforme. Comenzó a ver sus manos secas, su cara oscura y su pelo peinado hacia un lado. Luego se dio cuenta que en su rostro habían dos ojos que no brillaban. La gente desapareció en el espejo, durante unos segundos todo el Mall cayó en un profundo silencio y el brillo solar de los centenares de focos se transformó en una nebulosa humareda gris a su alrededor. Mirándose en ese espejo, Raúl supo amargamente que toda su vida había sido invisible, que practicamente nadie en su mundo lo notó. Pese a que nunca lo había hecho, en ese momento cayó de rodillas y rompió en un fuerte llanto, como queriendo llenar y revalsar muchas veces aquel carrito que le ayudaba a trapear todos los días el piso de cerámicas. Cuando volvió la luz y la gente y el ruido del Mall, Raúl se miró al espejo y descubrió que estaba sentado en el piso, confundido con la sombra de su mopa y su limpiador. Estaba solo en el mundo y la gente caminaba a su alrededor.

Sin más demora y por miedo a que ahora sí lo despidieran por estar de holgazán, secó su cara con la manga izquierda y se puso de pié. Tenía que terminar rápidamente el pasillo desde la joyería Swarowsky hasta Zara y no llevaba absolutamente nada. Frotaba rápido su trapero por el suelo brillante pero no lograba avanzar. Hasta que repentinamente, algo interrumpió su enconada fricción. La mopa se detuvo al chocar suavemente con dos pies, unos hermosos pies de mujer que calzaban los mismos zapatos que Cenicienta llevara puestos aquella noche del baile. Mirando el piso de verguenza, rápidamente atinó a pedir disculpas. Sólo que algo raro había en la situación. Levantó la vista y con un vestido de blanco celestial se encontraba ella, la niña de la micro ahora convertida en una hermosa mujer, que lo miraba como si lo estuviera esperando. En ese momento se dio cuenta de que toda la gente del Mall se encontraba mirándolos fijamente, y con mucha alegría comenzaba a aplaudir. La ovación de la multitud creció, como el tronar de un terremoto, cuando la muchacha finalmente abrazó a Raúl durante mucho rato y ambos quedaron muchísimo más juntos que en ese lejano día de la micro. Millones de aplausos inhundaron las enormes galerías del centro comercial, los vendedores salieron de sus tiendas para mirar hacia el primer piso aquel espectáculo tan grande de amor. Ella le dijo al oído "Por fin te encontré...llevaba años buscándote". Raúl se arrodilló. Su cara por primera vez en la vida irradiaba felicidad. Ambos se casaron ese mismo día y en ese mismo instante, dando inicio a una única e inolvidable fiesta dominical en aquel Mall que la gente recordaría por años. El patio de comidas abrió sus puertas y feliz sirvió el banquete para los miles de invitados que asistieron a la boda improvisada. Raúl no lo podía creer, viéndose con su uniforme de trabajo y ella tan fulgurantemente linda. Ella ahora era su mujer, lo amaba y sería su compañera durante toda su vida.

Miró hacia arriba respirando la felicidad. Una sonrisa brillaba en su cara. Y como quien se deleita bajo las gotas de rocío, vio que todo se transformó en luminosidad blanca.



IX

La semana siguiente, las tres señoras, cada vez más viejas, se preguntaban qué pasó. El viejito del aseo no sabía realmente qué decir, pese a que sus jefes inquisidores le preguntaban con una altisonante prepotencia algún dato revelador sobre qué fue de él. Revisaron una y otra vez los videos de las cámaras de seguridad, que durante ese domingo común y silvestre vieron a Raúl entrar al Mall por la mañana. Pero que, por misterioso que suene una historia de un hombre invisible, nunca fue grabado al salir y nunca más lo volvieron a encontrar.

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