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viernes, 24 de julio de 2015

ÁNGELES DE GOYA

Allí, al interior del pequeño auto familiar y luego de semanas de sopor, desperté sentado junto a mis hermanas a la hora de almorzar. Veníamos recorriendo todo el norte de Argentina por largos días de carreteras repletas de calor y húmedos pastizales, que de día hacían brotar toda clase de insectos multicromos con alas gigantes, y de noche, unas enormes ranas azules luminosas que cantaban a tu lado.

Nos detuvimos al costado de una carretera eterna, guarecidos del inmenso sol únicamente por el techo blanco de nuestro Lada, que rara vez fue pensado para algo diferente que resistir los cortos días grises e invernales de la Siberia septentrional. Mi madre sacó una bolsa de panes mustios por el calor, un tarro de choclo dulce y una bolsita de mayonesa, materias prosaicas, pero que finamente mezcladas se transforman en unos sánguches realmente exquisitos. A mis nueve cortos años todas las comidas eran nuevas y tan exquisitas, que se grabaron para siempre en mi memoria, como si cada una fuera un monumento, dejando el patio de mis sentidos como una hilera de estatuas de mármol eterno con placas de bronce recién bruñido por brasso, con inscripciones tales como huevos a la copa, sopa verde, pescado frito, bistec a lo pobre, dulces regalados por el loco Augustito por la pandereta...

Como ya habíamos cruzado el río Paraná, las cataratas de Iguazú casi se podían ver en el horizonte de nuestra imaginación. Sin más demora, después de los sánguches de choclo tomamos un poco de jugo, hicimos un poco de pichi en el pastizal y subimos nuevamente al auto, para retomar la ruta. El último en subir fue mi papá, porque estaba realizando sus habituales calistenias, que había aprendido en su escuela básica hace más de cincuenta años.

Desde lo alto, un pájaro Junquero nos vio partir. Nos vio apoyados en las ventanas del auto, adormilados por el calor y el almuerzo. Vio como el techo blanco se alejaba, en medio de una carretera recta y vacía. Vio que todo lo nuestro se iba, el color del vehículo, nuestras voces con acento chileno, nuestras bolsas con basura, nuestro olor.  Todo menos una cosa. Encima del techo del auto, mi papá había olvidado la riñonera color naranjo que contenía todos los pasaportes, todos los pases fronterizos, todos nuestros documentos y todo nuestro dinero en efectivo, salvo el que había quedado en los bolsillos de mi mamá luego de haber comprado en la mañana una bolsa de pan, el choclo en tarro, la mayonesa y la caja de jugo de naranjas. Pensando que era una colmena de abejas llena de miel, el Junquero bajó desde los aires y se posó sobre la riñonera, decepcionado. Luego de husmearla con su piquito y ver lo que adentro había, miró cómo nuestro auto se iba perdiendo inexorablemente en el horizonte. "A estos chilenos se les quedó la vida entera aquí tirada en el pastizal", exclamó preocupado aquel pajarito con su cantadito tono litoraleño, antes de ir a posarse entre las sombras de las ramas de un Aguaribay.

No transcurrió mucho tiempo antes de que, en medio del silencio del valle, se sintiera un fuerte rechinar de neumáticos. Era una frenada de aquellas, como para dejar a cualquier persona con los pelos de punta. Minutos antes, luego de una frenética búsqueda por entre medio de los asientos y los calzoncillos, mi madre hizo la pregunta que dejó a mi papá más helado que nariz de perro, con ese tono que brota de las gargantas quebradas en situaciones de vida o muerte.

-¿Kiko, dejaste la riñonera?

-Chupalla, no sé... -respondió mi padre, con los ojos de un niño que recién cometió la peor maldad de su vida.

Ahí quedó literalmente la cagá. Si les pusiera como ejemplo una discusión de domingo mustio, o una de esas trifulcas con gritos, escándalos y maletas con tirillas volando por las ventanas, muy común entre las parejas, no sería suficiente. Jamás en mi vida había visto a mi mamá tan enojada. Y tal vez no era para menos, considerando que por hacer sus gimnasias suecas antes de manejar, o escobillarse los dientes con ese hisopo bacteriano que él cree que es aun cepillo, había perdido absolutamente toda nuestra plata y nuestros documentos. Seguramente el auto partió y la riñonera se cayó quién sabe dónde en los pastizales, para dejarnos en la más completa desolación.

El silencio del Paraná se sintió más fuerte que nunca en nuestras caras preocupadas, mientras el sol caía en el horizonte. No teníamos nada más que el auto, la bencina y treinta pesos argentinos que en ese tiempo no servían mucho. Silencio era lo que recorría la cara de mi madre, como una bomba que no necesitaba más que una ligera variación del aire para crepitar. Mi padre, en silencio también miraba el pasto entre sus piernas, sentado como un débil pollito en venta en el mercado.

Retornamos al punto en donde creíamos habernos detenido a comer pan con choclo hace horas, pero para nuestro infortunio, casi toda la carretera era una réplica exacta de si misma, cada metro era igual que el otro y el otro y el de más allá. Lo único que había era pasto, bichos y humedad. Caminamos por los pastos mirando por si aparecía la riñonera, pero hubiéramos encontrado antes una aguja en un pajar. Avanzábamos, retrocedíamos, planteábamos hipótesis, peleaban mis padres. La riñonera no apareció.

Con el instinto de supervivencia a flor de piel, mi mamá tomó un mapa y buscó el pueblo más cercano. Su nombre nunca más podrá salir de mi memoria: Goya. En ese tiempo, sin apenas enterar un decenio, la palabra me sonó extraña, nueva, como una gallina degollada, ya que no sabía del gran pintor español. No sabía hacia dónde íbamos ni qué sería de nosotros. De lo poco que comprendía, sabía perfectamente que no teníamos dinero como para sobrevivir un día, ni menos para seguir nuestro viaje, ni menos aun para poder regresar a Chile. Había escuchado que mi papá pensaba conseguir algún tipo de trabajo, quizá hasta juntar lo mínimo y necesario para repatriarnos, o para llegar a algún consulado, ¿pero dónde? si no había ninguna ciudad grande alrededor y sólo nos dirigíamos a aquel poblado pequeño que estaba más cerca, dentro de la desoladora inmensidad del Paraná.

Al verla como un punto negro pequeño en el mapa, Goya daba la impresión de ser un caserío más chico y penoso que Rungue. Pero cuando entramos en sus calles y nos enfrentamos a una de sus plazas principales, nos dimos cuenta que se trataba de una localidad bastante respetable, distinguida, y con la misma calma ambiental con que viven los argentinos de provincia. Estacionamos en la plaza y nos sentamos a mirar la nada, todavía medios desconcertados por estar viviendo por primera vez y en carne propia lo que era un naufragio en tierras desconocidas. Mis padres preferían no hablar, ni siquiera para sugerirse qué hacer a continuación, porque el riesgo de desatar una tormenta era inminente. Los minutos transcurrían en un tiempo extraño, porque no sabíamos hace cuánto estábamos sentados ahí y callados.

En un momento, desde una esquina de la plaza, comienza a doblar un auto rojo descapotable y muy antiguo, como todos los autos argentinos de aquellos días. Se detuvo a nuestro lado. En su interior estaba el ser más singular que he podido ver en mi vida. Era un tipo bonachón de unos cuarenta años, de bigotes y cara de que sus abuelos cruzaron el atlántico desde algún lugar lejano, aunque era un tipo bien campechano. Por lo rápida de la situación, no nos dimos cuenta de que no llegó ahí por casualidad, sino que venía a vernos.

-¿Son chilenos? -dijo mientras bajaba el vidrio, siempre sonriendo. Luego de una pausa, en donde ni supimos qué decir, nos miró en serio y nos dijo -ustedes están en problemas.

Seguramente él nunca supo de Condorito, pero en ese momento todos quedamos plop! Mi padre le contó de nuestro desaguisado infortunio, antes de que mi madre se uniera a la conversación y le enumerara desde el primero hasta el milésimo defecto de su esposo.

Mirá, tienen que estar tranquilos -les dijo el hombre a mis papás- que por lo menos ustedes están sanos y salvos.

Así debe haber estado por lo menos una hora, hablándoles de la vida, contándoles de cómo era su ciudad, su vida, su familia. Nos contó que era radioaficionado, que tenía contactos en la radio local y que trataríamos por todos los medios de encontrar los documentos para poder seguir. Eso sin siquiera conocernos, ni corroborar si no éramos maleantes. Sencillamente nos ayudó. Luego partieron al cuartel de la policía a poner la constancia, y nos ayudó a encontrar un hotel barato en donde pasar la noche.

Quizá después de varias horas, algo habremos comido al llegar al hotel. Yo veía a mi madre y su cara de preocupación, que me auguraba una nueva infancia como Oliver Twist, trabajando en las calles vendiendo chicles o diarios, o quizá sería mi bautizo como niño pobre y tendría que robar para poder comer. El volver a Chile se hacía un sueño lejano. Mis hermanas tendrían que dejar de estudiar, mi padre sería obrero. Mi madre barrería en las calles, infinítamente agradecida por haber obtenido un cupo en los programas de empleo mínimo de la municipalidad. Desde ahora en adelante íbamos a ser pobres en otra patria, sin haberlo buscado ni merecido. Ese día los mosquitos rondaban la ampolleta del techo del hotel, y entre vuelta y vuelta por el calor, me quedé profundamente dormido.

Sólo a ratos abría los ojos y veía a mi papá apoyado en la almohada de una cama lejana, porque ni pensarlo esa noche sería admitido en el lecho matrimonial. Tenía una radio en la oreja, que había sintonizado con la radio local de Goya. Durante toda la noche, cada cierto tiempo y entre cada programa, una voz anunciaba seriamente nuestro problema:

"Aviso de utilidad pública. Turistas chilenos extraviaron sus cartera con documentación y dinero en la carretera el día de ayer a las 14:30hrs. Se ruega a quien la encuentre devolverla en la oficina de la radio local"

Una y otra vez, hasta que la luz de la mañana iluminó nuevamente Argentina. Yo desperté más tarde, quizá no queriendo todavía iniciar mi nueva vida de miseria. Sin embargo, al abrir los ojos me di cuenta que algo había cambiado en el ambiente. Veía cierta tranquilidad en mis hermanas y mi madre. Mi padre no estaba ahí.

Es imposible descifrar los códigos del arquitecto supremo, ni entender porqué suceden las cosas. ¿Por qué estuvimos ahí, ese día y en ese preciso lugar donde nos enamoramos?¿Por qué tomé rumbo por esta calle, si a los pocos metros un auto casi me voló el parachoques?¿Cómo no haber sabido que diciendo una tontera como la que dije, se rompería una larga amistad?¿Por qué puedo seguir escribiendo estas líneas, en este mismo momento, y no se parte mi edificio en dos?¿Por qué, esa misma tarde de ayer, a eso de las 15:15, pasó caminando un campesino por el mismo lugar en que habíamos comido pan con choclo y divisó en el pastizal un Junquero al lado de una bolsa de género anaranjada y con cinta?¿Por qué el cielo se apiadó esa misma tarde y nos mandó a uno de sus alados a nuestro rescate?

Esa mañana fue una enseñanza para toda la vida. Temprano se habían comunicado con el hotel en donde estábamos, para contarnos que la riñonera había sido devuelta. Mi padre debe haber sentido una segunda oportunidad en su matrimonio, pues al llegar a la radio de Goya, la riñonera estaba ahí. Naranja, con forma de banana, tal como la había dejado sobre el techo del vehículo el día anterior. Ni siquiera le faltaba un céntimo.

Quizá nada hubiera sido tan terrible para mi vida, aunque en la mente de un niño de nueve años las cosas se entienden de forma muy diferente. Pero si de algo estoy seguro es que, si no hubiera aparecido la riñonera, nada hubiera sucedido como fue hasta el día de hoy, en que a los treinta y dos años me vino una necesidad orgánica de guardar mis escritos.

Ese día fuimos a despedirnos a la casa del hombre del auto rojo. Era tanto el agradecimiento y el cariño que sentimos por él, y tan poco lo que teníamos, que mis padres humildemente le regalaron lo único de valor que andábamos trayendo, un poncho mapuche de lana de Temuco. Y en ese momento el hombre se emocionó tanto que no quería aceptarlo. Nos abrazó incluso más agradecido de lo que estábamos nosotros mismos.

Tantos años han pasado de aquel hermoso viaje y es tan poco lo que se me ha olvidado. Veintitrés años después los recuerdos siguen vivos. Pero más allá de haber llegado hasta el mismo Brasil, o de haber visto o vivido las experiencias y lugares más bellos de la tierra, ese día aprendí que, como el campesino de a pié o el radioaficionado del auto rojo, hay hombres tan buenos en la tierra que sin lugar a duda merecen ser llamados: ángeles.







 









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