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miércoles, 26 de agosto de 2015

CUENTO CORTO SOBRE UNA MICRO

Venía de regreso de San Bernardo, apoyado en el fierro de una micro por la Alameda. Ya se estaba notando el calor de noviembre, más todavía a las cinco de la tarde. Hace poco me había parado para darle el asiento a una ñora, un poco por filantropía, un poco porque la camisa se me estaba empapando con la espalda, al ir pegado al asiento.

Pero por muy raro que parezca, yo no estaba ahí.  Estaba a comienzos del siglo XX, acompañando al honorable Elías Lafferte mientras crecía con su hermana menor, mucho antes de ser uno de los padres de la organización obrera del país. Leía "Hijo del Salitre" de Volodia Teitelboim.

Al parar la micro frente a Santa Rosa, me di cuenta que la puerta frente a mí estaba abierta. Y desde abajo del bus, un cabro como de veinte años que trabajaba evitando que se subieran los pasajeros por atrás. Era un inspector de la evasión.

En ese medio segundo que lo miré, el chico hizo como que me iba a quitar el libro de un lanzazo,pero yo ni siquiera me moví. Luego se mató de la risa.

Fue en ese momento cuando me dio tanta pena, porque quizá el pobre de verdad quería leer y no tenía. Así que estiré mi brazo con el libro y en buena onda le pregunte ¿lo querí?

El cabro puso los ojos redondos. No, socio, disculpe, era una broma nomás   -atinó rápidamente a balbucear, un poco nervioso.     -¿A uste le gusta leer?

Oh, sí, jovenzuelo, muchísimo -le respondí con mi aire doctoral. En realidad, ante su pregunta le dije amablemente  -uta, claaro po, más que la chucha- con mi incorregible coprolalia habitual.

A mi también, me gusta mucho leer    -sonrió diciendo el cabrito-    si en la feria me compro libros y me los leo enteritos... tengo así un alto    -y apuntó como dos cabezas sobre él.

En serio ¿te lo queri llevar? Te lo regalo   -insistí.

Su mano sostuvo el Volumen, mi mano lo soltó y desde ese momento ya era suyo. Con una sonrisa como de no creerlo, me dio las gracias y la puerta se cerró. Luego, mientras partía la micro, pude ver como le gritó a su colega de la puerta principal, feliz como un niño en la víspera navideña   -Oe, cacha, me regalaron un libro...

En ese momento me sentí muy feliz. No por haber hecho mi buena obra del día, ni por hacer otro mérito para que mi busto sea una estatua en la Alameda en el futuro, cosa que por lo demás me interesa menos que ir a tomar té con la Paty Maldonado. La felicidad de ese momento fue haber compartido la luz, aquella lógica que hacemos los seres humanos de crear mundos imaginarios mientras desciframos unos miriñaques sobre un papel. La libertad interior, el pensamiento volador, ése está ahí, en la letras. Esa luz que me encamina a ser feliz, quizá ahora ese cabro también la puede tener.

A los meses mi papá me preguntó  -Oye, Melchor, ¿de casualidad hai visto dónde está Hijo del Salitre de Volodia Teitelboim? Hace días que lo ando buscando...








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