an

miércoles, 19 de agosto de 2015

DELIRANTE DOMINGO DEMENCIAL

Como todos los domingos, después de tomar once y arreglar la mochila, partí en metro rumbo hacia Pajaritos para tomar el bus. Era el domingo el momento de desgana semanal, a sabiendas de que se vendría otra semana de pruebas, levantadas temprano y muchos textos que leer para la universidad. Eran oscuros los atardeceres dominicales en aquellos años.

Para no alargar más la situación, recuerdo que de un momento a otro me paraba como un resorte, me despedía de mis papás y me iba como un petardo caminando calle abajo hacia la estación. No podía permitir que la regalonería y la comodidad me ganaran otra vez, ya que eso significaba irse como a las cinco de la mañana del otro día, para llegar a la hora a las letánicas y babeadas clases de don Sergio Flores Farías. Aunque fuera un tanto tedioso, había que irse el domingo a como diera lugar.

Es típico que en esos momentos sombríos, que contrastan con los viernes o los sábados, uno se ponga a tomar el caldo de cabeza, a pensar en la vida, a dar vuelta las cosas, a vislumbrar. ¿Y qué pasaría si alegara demencia temporal, un par de meses? -pensaba, afirmado en un fierro del vagón - ¿Me quedará ropa limpia pa mañana?¿Pa cuándo dijeron que iba a ser el trabajo de Metodología?¿Habré traído todo? Son las 8:20... puta, ojalá que no se suba el guatón Caroca al bus...¡si siempre se sube al mismo bus que yo voy, por la chucha!...porque lo que menos necesito ahora es que me den la lata desde el terminal hasta el mismo Valparaíso...  -discutía conmigo mismo.

Pajeos interminables cruzaban mi cabeza, como las luces intermitentes del túnel cruzaban rápidas mientras veía por la ventanilla. En ese momento recordé mi billetera, que inusualmente tenía casi veintiseis lucas. Y como si alguien hubiese activado el freno de emergencia, el tren, las luces del exterior y los pensamientos, se detuvieron al instante.

¿Y si me perdiera por un par de días? -me quedé pensando con las pupilas dilatadas, los ojos abiertos como huevos fritos y una sonrisa de oreja a oreja. Hace tanto tiempo que quería ir a Chillán o a Temuco, o por último Rancagua. Daba lo mismo. Necesitaba pasearme un rato por una plaza de algún pueblo chico, sentir la calma provinciana que tanto bien nos haría acá en la ciudad.

¡Valdivia! -casi grité, más alegre que un fraile yendo a una casa de bataclanas. Con veinte lucas me alcanzaba cagao de la risa para un ida y vuelta en clásico. Además podría ir mirando los paisajes del sur, que desde el río Ñuble comienzan a verse cada vez más lindos. No podía estar más feliz, aunque temeroso de bacilar, de dar un pie atrás y arruinar mis planes de fuga carcelaria de mi rutina estudiantil. Además, no era tan grande el pecado, si de todas formas iba a ser un día nomás, me perdería las clases del lunes, pero siempre habría un alma caritativa que me las prestara.

Con la misma sensación de maldad que sentía cuando era chico y me encerraba en el baño a juntar agua en el lavamanos, para derramarle todos los jabones y champuces posibles y hacer una alquimia filosofal de espumita, ese día me bajé en la Usach, caminé hacia el terminal y compré un pasaje ida y vuelta baratísimo, en buses Patito, que seguramente tendría los asientos de madera y de desayuno te darían un pedacito de nada con un café hipotético. No me importaba. Mientras la cagá de bus no quedara en panne a mitad de camino, todo estaría bien. Tenía asiento en la ventana y por coincidencia había luna llena. Para no gastar tanto dinero antes de tiempo, recuerdo que me compré unas galletas Din Don, que siempre me han gustado mucho, y nada más. Ya estaba arriba del bus cuando éste tomó General Velázquez y partimos.

Por lo menos hasta Curicó no paré de deleitarme, aunque fuera mirando la poca gente que se veía en los paraderos de los buses interurbanos, junto a unos flacos quiltros que en cuestión de días o semanas pasarían a decorar nuestras ilustres carreteras concesionadas como finas alfombras de perros arrollados por las ruedas de un camión. Luego, el asistente de viaje, que en los buses callamperos vendría siendo como un azafato piruja, encendió la televisión y puso un cassete con una de las mejores películas de Bruce Lee. Como ya había mirado bastante el entorno, me rendí ante los encantos de las artes marciales y aproveché de comerme las galletitas que había comprado en el terminal. Cuando acabó Operación Dragón, miré por la ventana y el paisaje había cambiado completamente: ya iba por San Carlos.

El sueño me hizo cabecear durante algunas horas, en un ir y venir de mi cabeza que se desplomaba y caía directamente en el marco de la ventana del bus, dejándome unos chichones que todavía me duelen si me los toco . En ese momento no lo tomé como algo malo, pues desde luego que por quince lucas no me iban a llevar a Valdivia en un jet de la American Airline.

Las luces de la mañana me despertaron a la altura de Pitrufquén, mientras miraba unos pastizales verdes llenos de vacas lecheras que me guiñaban el ojo al pasar. Yo sabía que de sus ubres saldría una leche calentita que me tomaría apenas llegara a mi querida ciudad. Justo en ese momento pasó el auxiliar ofreciendo un vasito de plumavit con café y una bolsita de galletas Museo, que para mi supieron tanto o más exquisitas que las finísimas onces del salón de té de Madamme Dussagny.

Ya quería respirar el aire del sur, era una sensación irresistible. Como no había ventana alguna, ni menos pude abrir la escotilla del bus, tuve que ir al baño y calar hondo una respirada de la ventanilla. A pesar de la mezcla con el olor del baño químico y los orines, el olor del sur de Chile me supo como estar respirando en el patio de los jazmines de la Reina de Torrejastar. Era tan exquisito, que pasé un buen rato comulgando mis pulmones con el aire de la ventanilla, hasta que el golpeteo de la puerta del baño me hizo saber que alguien seguramente ya estaba que se meaba, haciéndome así despertar de tan magnífica ensoñación.

Cuando llegamos a Valdivia, lo primero que hice, aparte de pichí, fue ir casi corriendo a ver el río Calle Calle. Ahí sí que pude llenar mis pulmones con aire sureño, con olor a leña y a neblina proveniente de las cocinas y los mates. En el Mercado Fluvial me estaban esperando temprano los lobos marinos gigantes, alegres de verme haciendo la cimarra después de tantos años. Me invitaron a comer de desayuno un salmón ahumado que casi me dejó noqueado, junto a una copa de chicha de manzana traída de por ahí. No tenía nada de sueño, así que me puse a caminar por la costanera, haciendo esa larga curva que termina en el puente que va hacia las Ánimas. Bajo el agua verde botella, se podían ver pasar unos enormes arenques bigotudos, que custodian las orillas del río para que los caminantes embelesados no se vayan a perder en el torrente.

Me senté en una banca de la costanera valdiviana a pensar, mientras comía un sánguche que compré en el mismo mercado fluvial. Era un pan amasado que todavía estaba casi hirviendo, con queso de Mulpún y unas buenas rodajas de jamón de la zona. Cada vez que podía respiraba hondo, para limpiar mis pulmones pecadores de tanta ciudad. Sabía que estas travesuras no se pueden hacer todos los días, pero ya que estaba ahí, había que disfrutar. No me quedaba ni un solo peso, pero daba lo mismo porque tenía el pasaje de regreso comprado. Miraba al horizonte, una pareja de garzas blancas volaba como sin esfuerzo, dejándose llevar por las corrientes aéreas, que producen los recodos cruzados de los ríos. A mi lado, un enorme tazón de leche de vaca recién sacada de la olla me hizo recordar el ciclo de la vida, el agua que riega los pastos, las vacas engordando, los manantiales de leche tibia y dulce que pasaban por nosotros para volver nuevamente al agua. No podía sentir una tranquilidad más grande que aquella, mientras pensaba en qué estarían mis infelices compañeros durante ese lunes por la mañana, en la aburrida clase de las 8:30.

En eso estaba cuando ví algo asombroso. Uno de los arenques bigotones que nadaba por el río asomó su cabeza, y dando unos pequeños acomodos quedó apoyado en la vereda, sobre su aleta, mirándome. Con sus ojos gigantones me sonrió, cuando su boca redonda y dibujada por dos sendos pelos, me dijo con un dulce tono de mujer:

-Próxima estación... Pajaritos.

Fue allí cuando alcé la vista y todo el río se desintegró en infinitas fracciones de un caleidoscopio. El día se hizo noche. El mañana quedó convertido en un hoy. El sur se hizo norte. El tazón de leche, una mochila. Mi glorioso sánguche de amasado con queso, se tornó una tarjetita azul con la ridícula palabra BIP. Y mi profunda alegría de viajero cimarrón, al descender del vagón del metro y ver al guatón Caroca que me saludaba desde lejos, se transformó en una triste palabra anudada en la garganta.

-Por la CSM...




No hay comentarios:

Publicar un comentario