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jueves, 13 de agosto de 2015

LA VUELTA LARGA

Con el Jorge Olivares Olivares fuimos amigos desde el primer día de la carrera. Recuerdo que ni a los dos minutos de habernos conocido ya me estaba agarrando pal webeo, porque era su habilidad innata y le salía muy simpático. Ha sido la persona que más insultos me ha dicho en la vida, debido a sus maneras de flaite intrínsecas, aprendidas desde su cuna en las Tres Esquinas de Calera. Era un flaco parecido a Rambo, pero de un metro sesenta, moreno, enjuto y pasado a nicotina, ya que sus mayores amores de la vida eran el fútbol y fumar. Fumaba todo el santo día.

Oe, hijito de putita, ¿dame un besito?    -así me recibía cada mañana, haciéndonos retorcer de la risa a todos, a pesar de que en pocos minutos tendríamos una prueba de un libro enorme, recetado por el honorable chico Castro. O en medio de una prueba, comenzaba a susurrarte -Oe...oe...oe...   -mientras uno trataba de evocar los fragmentos y los conceptos esenciales de la obra cúlmine de Julio Aróstegui. Y mientras más uno lo ignoraba, más seguía, susurrando casi al punto de que el profesor mismo escuchaba:

-Oe....oe...ey, oe... .. oe....OE POH! hijoeputamalnacíoguliao! ...¿dame un besiito po?  -decía con una sonrisa como de travesti. 

Casi siempre terminábamos todos riéndonos, en medio de la solemnidad de la prueba y los estudios académicos de la Historia. Lo queríamos como si fuera una divinidad, le apodamos Yoryis, y si no estaba él en cualquier círculo de nuestros amigos, la cosa no tenía ningún sentido. Sin él, generalmente terminábamos hablando de historia, serios, perdiéndonos en las letanías de algunos compañeros que prefiero no nombrar.

A pesar de todo, el Yoryis era bastante antisocial. No le gustaba hablar en serio ni contar cosas de su vida, ni de su casa, ni de nada. Imagínense el esfuerzo gigante que hacía cada año para agosto, cuando nos invitaba a los más cercanos a su casa en Calera para celebrar su cumpleaños. 

Creo que fue en tercer año, cuando su papá le armó una ramada en el patio de su casa para que pudieramos celebrar como corresponde, con música, comida y requetemucho copete. Al poquito rato yo estaba bien cucarro, a base de unos cócteles de diferentes tragos de alta graduación. En un momento a algún malvado se le ocurrió poner una cueca. Si pudiera definir algún ritmo de mi alma sería indiscutiblemente la cueca, me despierta al nacionalista acérrimo que tengo adentro, dejando callado a todas las demás aspiraciones y pensamientos políticos que pueda albergar. Recuerdo que agarré una servilleta de los completos, saqué a bailar a no me acuerdo quién, y póngale. Ya estaba con el pañuelo al hombro, aplaudiento el ta, ta! chiflando como endemoniado, hasta que comenzaró la primera estrofa. 

-Me gusta... Vaaaaaaaaaaaaalparaísoooooooo.... 

Y como un caballo en el partidor del hipódromo comencé a flamear mi pañuelo blanco y bordado de copihues, que en realidad era un paño o una servilleta usada, no se. Les voy a dar una lección a estos ql de lo que es bailar cueca..   -pensaba hacia mi interior, mientras enfocaba hacia dónde estaba mi compañera de baile. Quise hacer la primera vuelta como si hubiera tenido la medialuna para mí solito, larga y galopada como si fuera mía la tierra desde la cordillera al mar. No estaba en eso cuando la fuerza centrífuga hizo estragos sobre mí, tal como cuando los atletas hacen girar el martillo y lo sueltan, haciendo que toda la masa salga disparada. Lo mismo le pasó a quien les habla, que de tan larga la vuelta yo salí derechito con mi cuerpo disparado, casi volando, hasta que tropecé con unos palos que había dejado tirados el papá del Yoryis. Cómo contarles, queridos amigos, que me saqué las re mierda, pegándome el peor de los porrazos que me he pegado curao en mi vida. 

Ahí mismo terminó la cueca, porque al rededor de cincuenta personas, incluido mi amigo Yoryis, mis compañeros presentes y casi toda la parentela, casi se vaciaron los esfínteres por la risotada que les causó mi penoso aterrizaje. Y quizá fue tan fuerte el pencazo que me pegué contra el suelo, que allí, botado en el piso de tierra y con la ropa toda empolvada, me vino unas nauseas tan grandes que me tuve que parar corriendo al excusado para ir a vomitar. 

De esas andanzas ya nadie se acuerda, menos yo, por el maduro aire doctoral que he adquirido en mis discursos. Pero lo que nunca podré olvidar, es que mi amigo Yoryis un día comenzó con lo mismo. Oe...oe...oe po... -me susurraba en medio de una clase de historiografía. Y como estaba tan concentrado, en un momento me di vuelta y le dije, medio enojado ¡Qué, qué querí ql! ¿¿qué??
Fue ahí donde vi a mi amigo con un paquetito envuelto en papel de regalo. Yo había estado de cumpleaños. En el interior del paquete había un pergamino, comprado en la feria artesanal, que decía la palabra "amigo". 



Dedicado a mi desaparecido amigo Yoryis, alias J.O.2.



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