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viernes, 7 de agosto de 2015

MARGARITO

De guata en el piso de parquet, bajo el marco de aquella puerta, el olor de la cera empolvada y los ácaros se impregnarían para siempre en su paladar. Y no podía ser de otro modo, ya que aquella mañana, por primera vez, alguien había respondido a sus llamados.

Lucas vivía solo con su tía abuela. Pasaba todo el día deambulando por el suelo de su antigua casa, una enorme casona señorial que quedaba cerca del Parque O'Higgins. Eran sus primeros años, aquellos previos a la escuela, donde en el futuro se recordaría a si mismo usando un buzo amarillo por días y por días, y que de tanto arrastrarse estaba lleno de pinceladas de brillo en las rodillas. En verdad, él tenía cerros de ropa nueva guardada en el armario, sobretodo chalecos preciosos tejidos a mano, con caras de Condorito y autos antiguos bordados en el pecho, que sus tías viejas copiaban cada quincena de la Revista Crochet. Pero Lucas no se los ponía nunca. Ni siquiera pasaba la vista cerca del clóset, le tenía miedo, sobretodo a la parte oscura de abajo, aquella donde se guardaban las botas de cuero de su difunto abuelo. Cada mañana, luego de despertar, prefería ponerse su sempiterno buzo amarillo y sus zapatillas, tomarse rápido la leche que le dejaba servida su nana y partir a nadar por los inagotables mares de juegos imaginarios en los suelos de su casa.

Su tía abuela no le prestaba mucha atención, a pesar de que Lucas era la única persona que le despertaba cariño. Sentada en una poltrona señorial que había pertenecido a su abuelo Iscario, terrateniente de la zona de Colchagua, miraba las telenovelas mexicanas durante todo el santo día. Por su semblante no era difícil adivinar que no había tenido suerte en la vida. Era una solterona de casi sesenta años, un tanto demacrada, pero que hasta los últimos días de su vida sintió una profunda autoadmiración, por el hecho de ser y llamarse Irania Blazquez García de Pereira. Con sus dedos impregnados de cigarro y sendas sortijas, acariciaba las pocas crenchas de cabello que aun colgaban tristes de su cabeza. Recordaba aquellos tiempos en que era una hermosa quinceañera y su cabellera rubia era lejos la más bonita de toda su generación de niñas de bien, educadas en el prestigioso Colegio de las Hermanas Castas de la Inmaculación.

Aquella mañana la tía Irania estaba más nostálgica que de costumbre. Suspiraba al recordar aquella lejana tarde de té de los años cincuenta, en donde sus tías, como en un rito iniciático de la vida, le contaron quién era ella y cuál era su lugar en este mundo.

-Tú no eres como las demás niñas de tu edad, tú naciste para ser una reina. Mira, mírate niña que cabello más hermoso. Y esos ojos... Tú estás más alto que todas las demás, estás junto a las estrellas. Fíjate que cualquiera de tus amigas, por muy bella que aparente, parecen simples peucas recogidas de un burdel. Tú tienes sangre noble, niña, recuerda que estamos emparentados con la realeza. Ya pronto, mi niña, llegará el príncipe cortés y varonil que te corresponde, que derrotará dragones con su gallardía mientras te dedica las más finas atenciones... -le decían sus tías fragantes a pachulí, como haciéndole una lluvia nupcial con pétalos de flor.

-Tú naciste para vivir en un palacete, digno de tu altura y mandarás a toda la servidumbre con el aire señorial que traes de tu casta. Nunca te lastimarás ni un dedo en trabajar, no, no. Eso para las rotas. Tú degustarás los más finos perfumes de París, y probarás los mejores bocados. Serás una estrella cuando tu marido te lleve a viajar por Europa en Braniff International. Venecia, Roma, París, Bruselas y cuanta maravilla no serán ni un ápice de tu hermosura, niña. Una dama elegante, jamás una de las rotas cualquiera que tanto abundan por ahí... -cacareaba otra tía.

Vuelta al presente, el silencio, la tele de fondo. La tía Irania calaba hondo su cigarrillo pintado de rouge, mientras suspiraba, recordando orgullosa aquellos tiempos de juventud de hace casi cuarenta años. Como no queriendo perder ese pedacito de ensoñación, salpicaba el cenicero con la colilla y suavemente volvía su atención a este mundo, a los cortejos de la telenovela de las cuatro.

Así había pasado sus últimos casi cuarenta años, con la mente inserta en las teleseries. Ese mundo era el que le correspondía, ya que su vida real no había sido como los augurios de sus tías de alcurnia. Al poco tiempo de esa tertulia, la tía Irania, aún quinceañera, se enamoró perdidamente del apuesto y promisorio abogado Romilio Pereira Scalabrini, quien siguiendo todos los protocolos de la época, una tarde le ofreció una pequeña cajita de felpa azul que contenía el anillo de compromiso más fino y caro que había podido ver. La noticia cruzó los cuatro vientos y al poco tiempo Irania era literalmente una princesa, esposa de abogado, casada por un cardenal en boda inolvidable ante Dios y la sociedad, con una cartera repleta de dinero para ser prontamente gastado en cuanto lujo y frivolidad se le cruzaran por su camino. No había siquiera cumplido los veinte y ya era conocida por todos como la mujer más dichosa de la capital. Era frecuente que su marido le exhortara a viva voz con profundos poemas de amor, haciendo gala en medio de cócteles y recepciones, deleitando a todos los miembros de la socialité cincuentera. Todos quedaban encandilados al ver una historia de amor tan feliz y colorida, donde cada día que pasaba era un nuevo jardín recién florecido.

Sin embargo, todo ese idilio de juventud comenzó a desbaratarse luego de que un día la tía Irania se percatara de que su marido llegaba cada día cinco minutos más tarde. Al principio no le dio importancia, ya que era un abogado de prestigio y tenía innumerables obligaciones. O así se lo explicaba, entre sonrisas y vestidos de modista, a sus pacatas amigas envidiosas. Para peor, tampoco había quedado embarazada, pese a los embates ardorosos del primer tiempo. Al cabo de algunos meses, su esposo Romilio estaba llegando casi siempre de madrugada, muy cansado y con una mezcla fuerte olores almizcle y vino blanco. Cada noche, ella lo esperaba con su semblante impertérrito, como tratando de contener con las manos la furia de un Vesubio a punto de estallar.

Comenzó a fumar compulsivamente. Se comía las uñas hasta los mismos tuétanos y se rascaba histérica las impurezas de la cara como si se hubiera trenzado a combos con un gato. Buscaba algún defecto, algún desaliño que estuviera interrumpiendo esta ensoñación. Pero lo único que encontraba era un rostro que cada mañana amanecía un poco más pálido. Hasta que un día, a las cuatro con quince de la mañana, la tía de Lucas estaba de pie frente a la entrada de su chalet con la cara desfigurada, chascona y con todo el maquillaje transformado en una argamasa negra que colgaba de sus ojos. Estaba llegando Romilio. No había terminado el hombre de cruzar la puerta, cuando desde la boca hasta el último poro de Irania se abrieron de sopetón, como las compuertas del coliseo de Roma, y liberaron un tifón de bestias que llenaron la casa de gritos y chillidos del averno. Se desató por fin la toletole. Floreros tirados por el piso, la ropa rasgada a arañazos, y cinco minutos de un llanto desolado, sólo pudieron terminar con la tía desmayada por la alfombra del living, las sirvientas tratando de enchufarle un mejoral disuelto en agua y su marido saliendo para siempre hacia los brazos de su chula querida.

El sueño de la princesa encantada había llegado a su fin, ya que nunca se logró sobreponer y cada día que pasaba se descubría en el espejo más gorda, más desaliñada y más sola. Sus viejas tías celestinas una a una fueron falleciendo, sin siquiera dar una explicación valedera de sus desatinados augurios. En cambio sus compañeras de colegio, cual más cual menos, tuvieron unas vidas que el común de la gente llamaría normales. Casadas, separadas, una que otra viuda a corta edad. Otras casquivanas liberadas. Una académica universitaria y dos bancarias. Pero las mejores fueron aquellas herméticamente castradas desde su crianza de convento, pues con los años se soltaron las trenzas marianas y se subieron a la década de los sesenta, comunicándose con la Madre Tierra a través de unos enormes pitos de marihuana con sus amigos, en los jardines de sus papis del Arrayán. Si la madre Abnegación, aquella monja tutora de la infancia, hubiera visto semejante viraje en las vidas de sus niñitas, con los ojos blancos se hubiera muerto de espanto en el acto. O quizá, en una lejana y pequeña porción de las estadísticas, podría haberse sacado el velo, haberse pegado una buena rascada por el trasero y se hubiera sentado a pitear con los jóvenes, compartiendo como buenos hermanos la pipa de la paz.

Pero ni las abogadas, ni las acomodadas dueñas de casa, ni la peuca irredomable, ni las piteras que a futuro se unirían al Opus Dei, ni ninguna de sus compañeras de generación del colegio de monjas se iban a imaginar el silencio profundo en que caería la hermosa Irania Blazquez, condenada a ir perdiendo día a día su lozanía, como el rojo de un pétalo que con las semanas comienza a desvanecerse. Muy rara vez, alguna de sus antiguas amigas la visitaba, pero con ganas de irse rápidamente de esa soledad, que reinaba en aquella enorme casa señorial.


Lucas no entendía nada de nada, ni menos de esta historia de amor mezclada con vidrio molido. Los misterios de la navegación por los mares terrenos de su casa llenaban día y noche su atención, dejando a su tía Irania y sus telenovelas casi sin notar. Ella lo cuidaba desde los cuatro meses en la enorme casona que heredara, pero a pesar de eso, nunca tuvo ese afecto uterino con el niño, como aquel amor desaforado que sienten las madres por sus críos después de haberlos tenido y haberlos amamantado. Él nunca se resintió por eso, ya que la verdadera fuente de amor en su vida era su nana, que aunque lo criaba con el único estilo pedagógico que conocía, el campesino-brutal, lo tomaba en su regazo de vez en cuanto y lo regaloneaba como si fuera suyo.

Sin contar las horas en que comía, Lucas pasaba todo el día mirando los recovecos entre los zócalos, y sobre todo, aquellas esquinas en donde nunca había podido llegar la escoba, formando un micromundo de polvo, pelusas y moscas muertas. Los miraba de cerca, perdiendo toda perspectiva euclidiana, sentía el polvo y la cera, e imaginaba que eran la niebla sobre el mar, en el mismo caladero por donde tendría que atracar su nave y descender con la tripulación a buscar agua dulce, mientras la luna brillaba en los cielos.

De todos los suelos de la casa, su lugar predilecto era aquella puerta que unía el salón principal con el comedor de visitas, cuyo dintel no bajaba de los cuatro metros de altura. Desde muy pequeño había gateado por ahí, probando con su boca el sabor almizcle del suelo encerado, sin que nadie prácticamente se diera cuenta. Pero aquella puerta no solo le gustaba por su sabor, sino que por el secreto que escondía. En la base de uno de sus enormes pilares de madera, junto al piso, había un rectángulo del tamaño de una cajita de fósforos. Se trataba de una puerta en miniatura.

Lucas pasaba horas ahí, recostado de lado, mirando aquella puertecita. Estaba de pleno convencido de que ahí dentro vivía un hombre pequeñín y que si lo llamaba algún día iba a salir. Toc, toc, toc! Golpeaba con las coyunturas de sus dedos la puertecita, susurrando unos agudos y cantarines aloo mientras miraba atento si se producía alguna respuesta. A veces pasaba mañanas enteras ahí, quedándose dormido sin darse cuenta con el adormecedor sonido de la máquina enceradora de su nana.

Afuera de esa casona, la realidad nacional, las luchas callejeras de los ochenta, las protestas nacionales contra el régimen, los Prisioneros, los programas de empleo mínimo del PEM y el POJ en medio de la recesión económica más grande que ha vivido el país, la miseria, el miedo, los autos de la CNI, en pleno contraste con el novedoso Apumanque y los dos caracoles de Providencia, la teleserie Ángel Malo y las intrigas de amor de la Raquel Argandoña. Todo Chile, lo bueno y lo malo, la derrota y la esperanza, estaban a años luz de distancia de esa antigua casa y más lejos aun de los mundos imaginados por Lucas en aquellos suelos de parquet. Más increíble aun es que, a sus cinco años, Lucas no conocía a ningún niño de su edad, ya que no iba al jardín infantil.

Esa mañana inolvidable, Lucas sentía frío en sus piernas, al punto de que sin darse cuenta se había hecho unas gotitas de pichí. Estaba ahí recostado tocando a la pequeña puertita desde hacía varias horas, mientras su nana preparaba una sopa de espinacas para el almuerzo. Como todos los días, pensaba que el hombre pequeñín no lo había escuchado, porque estaba muy adentro de la casa. Y esperó durante algunas horas más. Pero cuando vio que la diminuta puerta se movió, sintió que se le petrificaba hasta el aire que tenía en sus pulmones. Una ráfaga de calor hizo que se abrieran los ojos hasta que casi se le salieron de las cuencas, en medio de un fuerte escalofrío de la impresión. Debe haber sido por el frío de las piernas, largamente aguantado durante toda la mañana, que terminó por hacerse pichí por completo, vaciando su vejiga de niño en una charca de un metro de diámetro sobre el parquet.

Pasaron unos buenos minutos antes de que volviera a tocar otra vez, por miedo a que sólo haya sido su imaginación. A pesar de que su ropa ya estaba absorbiendo el meado como si fuera una toalla Nova, Lucas ya sabía que éste era el mejor día de su vida. Golpeó nuevamente la puertita y esta comenzó a abrirse tímidamente, al tiempo en que se prendía desde su interior una luz muy íntima, como cuando se prende un fósforo en la oscuridad. Todo su cuerpo tiritaba en una sucesión de escalfríos, pues finalmente, después de mañanas, tardes, noches y alguna madrugada echado ahí, lo iba a conocer. Lo primero que vio asomar fue una patita no más grande que un maní, con un zapatito que terminaba en una suave punta enroscada. Luego vio una manito casi microscópica apoyada en el marquito del portal.

En ese mismo instante, su nana pasó por ahí y vio a Lucas recostado sobre una charca gigante de orina. -¡¡IIIIIIhhh.... pero mira lo que hiciiiiste, cauro eh miéchica nomá!- exclamó la nana enojada, que se le acercó como un bus. La puertita rápidamente se cerró y se apagó la luciérnaga que desde el interior brillaba.

Todo lo que vino después, Lucas lo recuerda como algo muy lejano. El sólo veía la puertita alejándose, mientras su nana lo llevaba arrastrando paso a paso de las mechas y de la solapa de su camisa de franela, mientras le daba unos palmazos por la cabeza. Él ni siquiera reclamó, porque no sentía nada más que felicidad al comprobar que sus esperanzas estaban en lo cierto. Alguien vivía ahí, él lo sabía y ahora ya lo pudo conocer.

Después de que lo metieran a la tina y que su nana lo refregara como si estuviera sacándole el pelillo a un chancho faenado, le puso su pijama y lo mandó a acostar, castigado. Cualquier niño a su edad estaría hecho una bolsa de gatos, lleno de mocos y gritos por el berrinche ocasionado, pero Lucas estaba feliz, mientras le secaban su pelo en corte callampa, sentado en su cama. Cuando la tía Irania fue informada del suceso, estaba sentada en su habitual poltrona y tenía la cabeza apoyada en las manos. No prestó ni atención a los descargos de la nana, quien vio frustrada su misión como fiscal de la buena conducta y las acciones morales. La tía había despertado con una horrible sensación en el pecho, como que se lo estuvieran apretando contra la espalda y le costaba mucho respirar. Pero como no era primera vez que le sucedía, tomó su cajetilla de Advance, tomó un cigarro nuevo y perfumoso y lo encendió. Todos sus males se disiparon por unos momentos, haciendo que esa primera piteada fuera como haber entrado en un campo de flores negras y añil, cubiertas de rocío de la mañana. La nana perdió la paciencia y se fue, después de tratar de obtener un castigo para el infractor de las leyes sagradas de los esfínteres. Tampoco se devolvió cuando sintió esas toses infernales que le daban a la tía Irania, haciéndola sonar como una motosierra de alta potencia que intentara tumbar una sequoia milenaria. Luego venían unos quince o veinte segundos de silencio y ahogo, para finalizar con un desesperado bocanazo de aire ahogado que hacía cantar a la tía un -kiiiiiiiiiiiiiiiiii- como los mejores castratis de la Italia rococó. Ahí venía la segunda tos, y luego la tercera. A veces una cuarta o quinta, que dejaban a la tía extenuada con tanta apnea pleural. En esos momentos, sólo buscaba su postre de los ensueños: otra buena calada a su cigarrillo.

Lucas estaba bajo las frazadas, tiritando como si padeciera el mal de sambito por haber estado tanto rato recostado sobre sus propios caldos urinales. En la cocina, su nana ya había cruzado el umbral de la rabia y mientras revolvía las fricandelas de atún que tenía sobre el sartén, recordó aquellos días de su infancia en Lleu Lleu cuando ella también se había meado, y su mamá la había agarrado a varillazos afuera de la casa. Una pequeña gotita de pena hizo que se arrepintiera por haber sido tan dura con su Luquitas, y haberlo mandado a acostar. Le subió su almuerzo con más amor y dedicación que de costumbre, contrariando las promesas de que no le iba a dar nada rico de postre y sólo le daría porotos hollejudos de tres años por haberse hecho pichí. Cuando Lucas la vio entrar por la puerta, la esperaba con una sonrisa en la cara, lo que alegró sobremanera a su nana, que esperaba verlo derrotado por la verguenza y llorando. Miró la bandeja y se dio cuenta que venían fricandelas con arroz, sémola con leche de postre y jugo de naranjas recién exprimido.

A pesar de que su nana lo acompañó durante todo el almuerzo y que le acarició los chichones que le había dejado en la mollera después de tanto castañazo, Lucas no quiso aceptar el ofrecimiento de su nana de ponerse la ropa y bajar a jugar otra vez. Ese día se quedó profundamente dormido, después de tanta emoción junta.

Como era de suponer, habiéndose dormido a las tres de la tarde, Lucas amaneció al día siguiente de un salto y lleno de vigor. Sólo que eran las dos y media de la madrugada. Y como tenía un hambre del demonio, se puso a ciegas su buzo amarillo, secado a la fuerza con la plancha, y bajó hasta la cocina, al lugar en donde recordaba que su nana guardaba las galletas para las onces cuando venían sus otras tías. Calladito para que su nana no despertara y le diera una nueva paliza, el niño encontró en uno de los cajones de la cocina aquella caja de latón con paisajes holandeses que contenía las galletas. Sabía que no estaba bien, pero con un cuchillo de cocina les fue poniendo mantequilla y manjar, una por una, hasta que se las terminó casi todas. Como su nana no había despertado y su tía menos, ayudado por las luces que entraban por las altas ventanas con visillo, se fue gateando calladito hasta donde estaba la puerta del hombre pequeñín. Se puso boca a abajo y con sus enormes ojos vislumbró entre las penumbras dónde se encontraba la mini puerta. Para no hacer tanto ruido, en vez de golpear con sus dedos usó sus uñas, que rápidamente produjeron un eco en el silencio de la casa, como quien toca una cajetilla de fósforos. Una y otra vez, tactactac! mientras susurraba despacito sus aló. Comenzó a brillar esa candelilla mágica. A pesar de que era una diminuta chispa, Lucas quedó otra vez encandilado por la felicidad, sintiendo un calor que le recorría todo su cuerpo. Un nuevo torrente de pichí calentito corrió por sus pantalones de buzo amarillo.

Un rectángulo de luz se dibujó en aquel antiguo pilar de madera, y cuando el portal enano se abrió de par en par, desde su interior salió una personita no más alta que la palma de una mano. Era un ser muy especial, ya que usaba una especie de jardinera de color dorado, sobre un traje carmesí. Los rasgos de su cara eran extrañísimos, pues lo hacían parecer como un mono tití, pero extremandamente flaco. Sus ojos eran negros y gigantes como un lémur, y tenía una barbita colorina que, al igual que sus zapatos, terminaba en un rulito enroscado bajo el mentón. Andaba con unos guantes blancos casi microscópicos, en cuya mano derecha sostenía un palo que casi doblaba su altura, con un farol colgándole de la punta. Y con la mano izquierda sostenía una especie de silbato, una pequeña zampoña de tres tubitos, uno pequeño, otro mediano y uno más grande.

Lucas estaba con la boca abierta, pero a pesar de lo mojado de sus pantalones, no tenía miedo. Con su aliento todavía impregnado de galletas con mantequilla y manjar, sólo atinó a decirle tímidamente
-hola- entre susurros. El hombre pequeñito se acercó, mirándolo fijamente a los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado.

Hola -le repitió el niño- ¿te desperté?

El extraño y diminuto ser inclinó la cabeza para el otro lado.

-Mira, te traje una galletita con mantequilla y manjar, como a mi me gustan -le dijo Lucas- pero no le vayas a contar a mi nana que yo te la dí porque me va a retar -y se la acercó hasta donde estaba el enanito, quien asombrado la quedó mirando fijamente, le acercó la lámpara y luego se acercó y la olió.

El enano miró a Lucas con los ojos gigantes y negros. Con su guantecito blanco desgarró un pedacito de la galleta y se la puso en la boca, masticándola con curiosidad mientras saboreaba aquel gusto desconocido en su inimaginado mundo entre paredes. Al parecer le gustó tanto la galleta, que a duras penas la arrastró hacia adentro de su puertecilla y volvió con una bolsita de cuero del porte de una lenteja. Se acercó a Lucas y sacó de su interior algo más chico de un granito de sal, pero que brillaba con luz propia más que si hubiera sido una ampolleta prendida. El enanito se acercó a Lucas y se lo puso frente a los ojos y luego lo soltó, quedando este granito de luz flotando por el aire oscuro de aquel salón. El granito subió y se puso a volar, jugueteando por entre los cuadros costumbristas que adornaban la sala, hasta que de en un momentoa otro,  desapareció.

Lucas volvió la vista al hombrecito y le preguntó. -¿Cómo te llamas?

El ser diminuto lo quedó mirando con sus ojos enormes y lo único que atinó a hacer fue inclinar la cabeza nuevamente.

¿Cuántos años tienes?... ¿Vives solo?... ¿Puedes hablar? ...¿Quieres que vayamos a mi pieza a jugar? Ahí tengo un auto rojo a cuerda, si quieres te puedo pasear... -preguntaba susurrando Lucas, mientras que el hombrecito sólo movía la cabeza de un lado para otro.

...¿Te llamas Margarito? -preguntó el niño, luego de un gran silencio.

El ser pequeño se puso a caminar, y cuando ya estaba a casi un pié de distancia del niño, lo apuntó con su farol y le hizo una seña con la cabeza para que lo siguiera. En ese momento Lucas se puso de pie y muy despacito lo siguió. El hombrecito caminaba como chincoleando, su farol se zarandeaba con sus pasitos bailarines, mientras alumbraba los pies de Lucas. Cruzaron el salón en donde estaban, luego comenzaron a caminar sobre una alfombra colocada al centro de un comedor que nunca ocupaban, pasaron por una alacena llena de antiguas copas de cristal que en algún tiempo sirvieron para tomar anís. Un largo pasillo con ventanales a la derecha comunicaba el comedor con la escalera circular, el duende y el niño la subieron sin dificultad y luego se encaminaron hacia una pesada puerta de roble inglés. Lucas se dio cuenta de que el duende lo había traído hasta la puerta del dormitorio de su tía.

En la puerta sólo se escuchaba un constante vaivén de ronquidos, mezclado con esporádicas y erráticas exclamaciones inconscientes sobre unas amigas que tenía la tía en Iquique. El duendecito abrió la puerta y le hizo una seña a Lucas para que ingresaran. En ese momento la respiración de la tía, profundamente dormida, se aceleró intranquila, como si estuviera recordando entre pesadillas aquel instante en que su joven y apuesto esposo la abandonó. El hombrecito subió la cama, trepando por entre las hebras del cubrecama de gobelino, hasta que estaba paradito sobre el pecho de la tía, que subía y bajaba. Lucas no entendía el porqué estaban ahí, pero se sentía tan feliz por tener a su amigo duende, que no se preguntó por lo que habría de suceder.

El hombrecito caminó por el pecho de la tía y luego le puso el farol sobre la boca. Entre tanta oscuridad, el niño se acercó y vio la boca de su tía aun pintada de rouge y con sendos bigotes mutilados por una pinza. Sentía el olor putrefacto que le salía de la boca, mientras veía que sus labios se movían susurrando la palabra Romilio... romilio... romilio...

Lucas miraba consternado, temiendo de que en cualquier instante la tía despertara. El duende la miraba con sus enormes ojos negros vacíos, inclinando la cabeza hacia su izquierda en señal de ternura. En eso estaba cuando miró al niño, se apuntó el ojo en señal de atención y levantó aquel palo con el farol en la punta, llevándolo directamente sobre los ojos de la tía. De un saltito el hombrecito quedó parado sobre el mentón, luego caminó por una de sus mejillas y se sentó, como montando a caballo, encima de la nariz de la tía. En ese momento ella comenzó a moverse, inquieta, quizá sintiéndose encandilada por el pequeño farol sobre su cabeza. Cuando abrió los ojos, sus pupilas rápidamente se achicaron. En medio de una luz, vio una cabecita con barbas rojas y unos enormes ojos negros que la miraban. Parpadeó un poco para aclarar la visión, y cuando abrió nuevamente los ojos pudo ver la silueta de un hombrecito en miniatura que sujetaba un torcido palo con un farol. Pero ahora, la cabeza del hombrecito era una pequeña calavera barbada. Estaba paralizada de la impresión. El pequeño, mirándola fijamente a los ojos, se acercó la flauta a la boca y sopló por los tres tubos, desde el más chico al más grande.

Fii, faa,, fuuuu.

La tía abrió los ojos gigantes. Estaban blancos. Se puso roja y luego morada. Su arteria coronaria se había obstruido totalmente, al punto de producirle un infarto tan fuerte, que casi le reventó el corazón. Luego de tres estertores, la tía Irania estaba muerta. Lucas salió corriendo hacia su pieza y se escondió por completo bajo las sábanas. Estaba aterrorizado. No pudo dormir durante toda la noche, sentía el pantalón helado con su micción. Sus ojos estaban cerrados con la misma fuerza que los bivalvos cierran sus conchas para salvar la vida. El niño temía que si los tendría abiertos, vería una pequeña luz sobre sus párpados.

Al poco rato, cuando el día ya había aclarado, sintió un grito desgarrador. Era su nana. Había entrado a la pieza de la tía, siguiendo unas huellas de niño que salían del enorme charco de pichí, bajo el marco de la puerta del salón.


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