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martes, 29 de septiembre de 2015

EL DÍA DE LA PIEDRA ROJA

Hoy me levanté pensando aún en el último sueño, una piedra. Cuando sonó el tercer despertador, a tientas me puse de pie, todavía con los líquidos internos tratando de nivelarse luego de haber estado reclinado durante toda la noche. Es ahí cuando cada mañana pienso si realmente soy yo o si en verdad soy un refrigerador, viejo y descompuesto. Casi por acto reflejo fui al baño a tomarme las pastillas que hace tiempo tomo y no sé para qué. Lo único que tengo cuidado es tragar primero media de la blanca, que entre los ojos pegados por el tuto parece una lunita, y luego la roja que me sirve en esta época para que no me pique tanto la nariz por dentro. 

La piedra, la piedra, seguía pensando. Era una piedra insignificante, del porte de un grano de uva y lisa como el salame. A pesar de que era recogida de la calle, en mi sueño tenía un pequeño brillo color rojizo que la hacía parecer como un chicle antiguo pegado bajo el asiento. El sabor del kiwi me hizo caer del sueño como un tiritón, pero había que comérserlo porque alguien una vez me dijo que era muy bueno para no sé qué. Ya pronto pasaría ese ácido dulzón verdoso con mi leche con Nesquik calentita y esos panes dietéticos, que dicho sea de paso, a la larga no sirven para re niuna hueá, porque todas las mañanas me termino comiendo como cinco.

En eso no habrá pasado más de media hora, cuando ya estaba bajo el agua, rogándole a ésta que me hiciera una persona un poco más decente. Y la piedra, la piedra... ¿Yo sufriendo por media hora de levantarse temprano y la piedra está formada por lo menos desde el Pleistoceno? Mi desdicha, mi sueño, o la sumatoria de todas las desdichas de madrugar, durante toda mi cagona vida laboral eran nada, comparado con la simple piedra de mi sueño. Ella estuvo ahí cuando derrocaron a Allende. O cuando don Benja diseñó el cerro. O cuando incluso los mismos españoles se le encaramaron. ¡¡No, mucho más Esta piedra estaba ahí incluso cuando todavía no existía ni el lenguaje, ni la lógica, ni ninguna mierda de la humanidad!! Me tenía que poner champú, me acordé. O sea que toda la historia de los hombres vale callampa ante ese pequeño trozo ígneo o metamórfico que andaba tirado por los caminos de mis sueños hace milenios. Cuando giré perentoriamente la llave del agua caliente, supe que ese día sería como cualquier otro y que en definitiva: no somos nada.

Cuando se terminan estos días, en la noche, uno recuerda siempre que salió de su casa, somnoliento, pensando que sería un día cotidiano, con cosas buenas y otras malas, normal, y resultó siendo un día de la furia. Estaba esperando micro en un paradero cuando comenzó a quedar la escoba. Por algún motivo, no pasaban ninguna hace rato, sólo colectiveros como buitres, esperando que la pobre vieja lo haga parar porque no tiene alternativa. Y atrás de los coletos, los automovilistas.  Me acuerdo de uno flaco, con pinta de neuroticón, que porque el colectivo de adelante se detuvo para que subiera una señora, se sintió tan ofendido con su propio tiempo que comenzó a tocarle la bocina como un loco de patio. En esos autos chinos nuevos puede que todo funcione mal, menos la bocina, porque puta que suena fuerte. Es como un clavo que se te mete por los oídos y te agarra a patadas los tímpanos. El flaco nervioso tocaba y tocaba y todos los que estábamos en la calle casi aullábamos como los perros de dolor. 

En mi tranquilidad habitual, en donde trato de ignorar aquello que me molesta y no hacerme problemas, estaba yo con mis oídos pal ñafle cuando apareció en mi mente: la piedra. Chiquitita y rojiza, dura, me miraba y me decía  -Viejo, tus problemas, tus orejas, el tipo del auto chino, todo, para mi son cosas insignificantes...

Y yo, como un augur mirando los cielos del templo, me puse a calcular con los dedos las ideas que se me venían por la cabeza, mientras una mueca insana se apoderaba de mi cara. ¿O sea que todo esto es casi de aire?   -pensaba, mientras en la calle se multiplicaban los decibeles de forma volumétrica-   ¿Cuánto irá a durar este tormento, una hora, un día entero? ¿Y la piedra ahí, feliz la conchesumadre? ¿Qué se cree? ...


¿He conocido lo suficiente en la vida?    -los bocinazos crecían y crecían, como si fueran un montón de megáfonos chillando en semitonos, pero entre mis vacilaciones lo único que cabía era el silencio interior-    ¿Y no se aburrirá la piedra durante tantos siglos ahí en los recodos del pavimento? ¿Será muy terrible estar en la cárcel? ¿Y si alguien me fuera a dejar mi Atlas a la celda? Quizá el tiempo se pasaría rápido y no tendría que trabajar ni nada... 

Fue ahí cuando se cerraron las nubes en el cielo y la luz oscura por fin me iluminó. No tanto por rabia, ni por los bocinazos del flaco, ni por haber tenido un mal día. Sino porque quería sentir en mis manos el crimen y quería saber qué se sentía que te esposaran y te llevaran a la cárcel. Ya estaba decidido: en mi plana y bondadosa vida, por primera vez iba a correr sangre. Total, por muy gigante que fuera mi atentado, a la piedra de mis sueños le daría lo mismo.


Me acerqué al auto chino del flaco, quien sería gesticulando con sus brazos enjutos mientras tocaba el pip pip. Tomé aire profundo, junté ñeque, y le pegué dos palmazos al techo con todas mis fuerzas. Sonaron como dos balazos. 

¿¡HASTA CUÁNDO TOCAI LA BOCINA, PERRO BASTARDO Y LA CTM?!  -grité desde mis entrañas guturales.

La calle quedó en silencio...

Hasta ahí iba todo bien. Todavía no había comenzado el rock&roll, tenía todos los dientes bajo mis encías y una sonrisa psicópata en la cara. Me arremangué los puños, le di un tierno besito a mis nudillos, los levanté y caminé hasta el frente de la puerta del auto del flaco. Me sentía feliz, llenos de aire mis pulmones, con esa expectación insana de cuando esperabas cuando niño a alguien en la oscuridad y luego lo hacías mearse del susto. Quería sumergirme con el tipo del auto en una piscina de sangre, dolor y narices fracturadas. La adrenalina latía en mis globos oculares. El flaco quedó inmóvil durante unos segundos

¿¡YA PO, NO TE GUSTA ECHAR FOCA?! ¡BÁJATE ENTONCES! ¡TENGO UNAS GANAS DE PELIAR QL QUE NI TE LAS IMAGINAI!       -le dije mientras asesaba con una inexplicable alegría.


Ya podía imaginar el olor del chaleco del flaco, mientras lo agarraba a tirones en el fragor del combate. Ya podía sentir mis puños hundiéndose en su costillar, o haciéndole tronar la quijada de un golpe, raspándome los nudillos con su barba y su saliva. Ya podía verme entrando esposado a la Penitenciaría, al patio común donde la sociedad va a depositar a todos sus despojos. Después de toda una vida en calma, de un niño de bien, educado en un colegio católico, por fin iba a conocer todo un mundo nuevo y cloacal, que es la cárcel. Por fin iba a poder jugar a leer sólo una página diaria del atlas, como burlándome de los cincuenta años de condena, hasta que un día el enorme libro se terminara. Y si me tocaban la cueca de los tarros y me violaban una y otra vez, o si algún día me enterraban un estoque untado con ajo en la panza y me moría desangrado en los urinarios del recinto, daba lo mismo. Para la pequeña piedra de mis sueños, era algo irrelevante.


Todo eran grandes anhelos, felicidad, hasta que el pobre flaco se le ocurrió arruinar mi quimera carcelaria. Tiritando, sin saber qué hacer, puso la primera, me gritó tembloroso "loco de mierda" y salió rápido por la calle vacía. En ese momento me vi en medio de la calle, con los brazos en guardia y muy despeinado. La gente del paradero me miraba extrañada, como queriendo saber si la espumita de mis labios era por la leche de la mañana o si se trataba esta vez de un caso real de hidrofobia. 

Estaba derrotado, triste a más no poder. Con un puchero en la boca y la pera temblando, caminé en mi fracaso hacia el paradero nuevamente y ahí me quedé. Quería llorar, porque toda la ilusión que se había fraguado en mi corazón de tener una nueva vida carcelaria, de poder leerme con calma mi Atlas y tener visitas dominicales, se había ido al tacho de la basura. La gente no se atrevía a mirarme y formó un circulo de temor a mi alrededor, como si los fuera a morder. ¿Cómo los iba a morder, si seguiría siendo el mismo tipo bonachón de siempre? Estaba condenado a ser siempre la misma persona, ya no podría tener tatuajes en mi nuca y en mis encías. 

Cuando llegué de noche a la casa, todo estaba tristemente igual. La cáscara de kiwi secándose en el lavaplatos, el concho de la leche con chocolate como un lago disecado sobre el fondo del tazón. Y ahí, frente al espejo y con mi pijama de lunitas, estaba desganado mirándome la cara de pánfilo como todas las noches, antes de lavarme los dientes e irme a acostar.




 

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