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jueves, 3 de septiembre de 2015

LA VERANADA

Todos los años, entre los meses de enero y abril, en los campos chilenos más alejados del mar se suben los rebaños a pastar a los valles de la cordillera. Es lo que se conoce como veranadas, donde miles de cabezas de ganado son arreadas por entre los cerros andinos, con el esfuerzo y sudor de sólo unos cuantos arrieros, junto a sus caballos y sus perros. Ellos tendrán que cuidar a estos animales durante meses, alejados de todas las comodidades de la civilización, lejos de su familia y sumidos en una de las soledades más grandes que se pueda concebir. En las próximas páginas se revelará una historia real, que le ocurrió a un grupo de arrieros durante una veranada cordillerana, cerca de la frontera con la Argentina.

***

Los cuatro se quedaron dormidos pronto esa noche, casi no conversaron, ni tampoco probaron la tercera botella de aguardiente de la temporada, que habían quedado de abrir. Todo porque al día siguiente había que partir de madrugada a buscar unas vacas que se fueron quebrada abajo con un ternero. La noche estaba sin luna, y un viento congelado venía corriendo por los cerros desde abajo, haciendo que la piel de los pómulos se pusiera tensa como el cuero de un tambor. Lo único que mantenía con calor a los arrieros eran las pocas brasas coloradas que quedaron prendidas junto a los choqueros. Así pasaron esa noche, bien tapados con los cueros de sus monturas y respirando por entre las ropas tiznadas e impregnadas de humo.

Con los primeros brotes del día, se levantaron los dos que habían quedado de acuerdo y partieron montados a caballo a buscar las vacas extraviadas. Una de ellas estaba parida de hace algunos días. Los cascos de los caballos hacían estallar las piedras, mientras bajaban serpenteando por las quebradas solitarias. Casi a medio día las fueron a encontrar, pero mucho más lejos de lo que creían, casi llegando al sector de la hondonada. Al ternero recién nacido ya se lo habían comido los cóndores, no dejando más que un poquito del cuero y los huesos. Sin mucho tiempo para lamentaciones, agarraron el piño de animales y casi al atardecer ya estaban de vuelta en el campamento con los otros dos arrieros.

Así eran todos los días, como éste día cualquiera, después de casi dos meses de haber llegado con las vacas a estos valles. Más allá de estar alerta de los cóndores, sobretodo con los terneros recién nacidos o las vacas a punto de parir, nada se podía comparar con el simple hecho de estar ahí, en el medio de la cordillera de los Andes, solos con los animales y con el silencio de los valles lunares cuando se escondía la última gotita de sol. Durante el día casi no conversaban entre sí, más allá de algún chiste fugaz, tal vez porque cada uno se encontraba absorto en medio de las gigantescas planicies inclinadas de sus cosmos interiores. Sólo cuando terminaban las labores del día y se lavaban la cara y las manos para prender el fuego, comenzaban algunas breves conversaciones, animados por el té y los panes amasados con charqui que se iban a comer.

Aquella tarde el lucero brilló con una intensidad poco habitual, presagiando una noche repleta de estrellas sobre la cúpula celestial. Era raro, pero los caballos y los perros estaban inquietos, llenando los valles con ecos de relinchos y aullidos lacónicos. Luego de merendar, los cuatro arrieros pudieron ver como las llamas de la fogata se iban apagando lentamente, dejando las brasas como pequeños cristales de roca, recién nacidos al interior de un volcán. Como quedaba poca leña para quemar, uno de ellos sacó de entre los ponchos la esperada tercera botella de aguardiente, la última hasta fin de mes, que era cuando llegaba el relevo. Con cada sorbo, los hombres comenzaban a ver el despertar de toda la naturaleza inanimada de la montaña: los cerros azules, el viento seco, todo comenzaba a moverse lentamente, como recién despertados de un sueño invernal. Tiraron un palo más al fuego y éste comenzó a crepitar, alumbrando la cara colorada de los arrieros.

Uno de ellos, quizá ya medio chispeado por el licor argentífero, tomó la palabra y les contó de una pariente que tenía en Romeral, que tenía un campo y una chacra tan linda como el jardín del Edén, todo gracias a un secreto mágico que había heredado de sus antepasados brujos de Salamanca.

Con una gotita de este elixir que yo les digo, no hay que esperar ni dos días para que la tierra entregue todo tipo de hortalizas gigantes...    -alardeaba el arriero-   Yo les juro, por mi madre y la virgen María, que el año pasado ayudé a mi tía a cosechar las cebollas y llenamos más de veinticinco costales, donde la más chiquita tenía el porte de la cabeza de un hombre adulto  -decía con los ojos abiertos.

Los demás arrieros se reían perezosos, más por los aullidos de los perros que por las mentiras de su amigo. 

Pa mi que está puro cuenteando, iñor  -le replicó uno de ellos mientras le daba un sorbo al aguardiente.

¡No, si es cierto ñor!    -contestó extrañado el hombre por tanta duda-    Y le digo más, para que no crean que soy hombre de andar inventando: las cebollas salían calientes de la tierra...humeando.

De tanto en tanto, los demás lanzaban una carcajada a causa de los embustes de su amigo, hasta que nuevamente el silencio se apoderó de sus corazones. El fuego estaba casi apagado, los hombres tapados con sus ponchos hacían un círculo cada vez más estrecho, mientras más fría se tornaba la noche. Los perros y los caballos seguían con sus llantos esporádicos. Era exactamente la medianoche. 

Ya estaban quedándose dormidos cuando uno de ellos casi dio un salto de la impresión. En medio de la oscuridad de la cordillera, vio que a no más de veinte o treinta metros se dibujaba la silueta de una persona, que venía caminando hacia el grupo. El llanto de los perros de pronto se tornó insoportable, tiritaban completamente descontrolados y metían la cola entre las piernas. Los demás arrieros se pusieron alertas. No se explicaban cómo alguien hubiera llegado hasta ahí, a esas horas de la noche. No habían tenido tiempo de agarrar cada uno el cuchillón, estaban como paralizados, mientras la silueta se encontraba a cada paso más cerca.

Uuuhuy...   -atinó a gritar uno de ellos, para saber si le contestaba la persona que venía. 

Ya eran pocos metros los que separaban a los arrieros de la silueta, cuando el fuego nuevamente tomó fuerza, alumbrándoles sus caras como si estuviera recién encendido. Fue allí cuando los cuatro quedaron completamente perplejos ante lo que sus ojos les mostraban. La silueta que llegó hasta ellos era de un hombre, delgado y de estatura mediana. Después de mirarlo de arriba a abajo, atónitos, pudieron contemplar que venía elegantemente vestido con un frac negro, con una capa negra, un sombrero de copa y zapatos cuyo cuero parecía brillar como si fueran de obsidiana. Sus manos con guantes blancos tomaban un bastón de ébano negro, con mango de marfil de colmillo de elefante de Sierra Leona. Y desde un ojal, llevaba colgando de una cadena un reloj de oro que hacía relucir las lenguas de fuego de la fogata de los arrieros.

Con dos dedos, el hombre se sacó el sombrero con elegancia. Los arrieros estaban convertidos en piedras, expectantes, sin saber si lo que estaban viendo era cierto o ya estaban demasiado borrachos con el aguardiente.

Distinguidos caballeros, reciban mis más cordiales saludos...  -les dijo el hombre del frac, con una voz tan profunda como si viniera desde adentro de una barrica para el vino de guardar. 

Antes que todo, les pido humildemente que me perdonen por haber llegado de esta manera. Si les he causado algún desaguisado con mi presencia, tengan de antemano mis más sentidas disculpas...          -y se inclinó como haciendo una reverencia.

Los cuatro arrieros seguían en silencio, con los ojos casi saliendo de las cuencas. No sabían qué hacer, ni qué decir. 

Siéntese amigo, las buenas noches son para usted...   -atinó a decir uno de ellos, invitándolo tímidamente a integrarse al círculo en torno al fuego.

El hombre de frac agradeció el gesto con un ademán, se quitó la capa y tomó asiento entre los arrieros, completando el redondel. Las llamas crepitaban sin explicación, ya que casi no quedaban maderos que quemar. Era un fuego rojizo que ondulaba en círculos lentos, como un carrusel. Los arrieros miraron el rostro del hombre y distinguieron que sus rasgos eran de una extraña hermosura. Rondaría los cincuenta años, su cara era alargada y angulosa, palidísima como la nieve de las cumbres. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, dibujando dos tupidas cejas negras y triangulares hacia arriba. Una pequeña barbilla, afeitada con un notorio cuidado le cubría el mentón, y sus bigotes negros engomados terminaban en una fina puntilla a cada lado de su expresión. Cuando el hombre terminó de acomodarse en el improvisado asiento, miró a los cuatro arrieros y les dedicó una elegante sonrisa de agradecimiento, haciendo relucir una fina dentadura matizada con engastes de oro.

¿El amigo se serviría un trago de aguardiente?  -le dijo estirando la mano uno de los arrieros. El hombre de negro inclinó la cabeza y desde su abrigo sacó una pequeña copa de cristal, tan brillante que destellaba todo tipo de luces y triangulos prismáticos a su alrededor. El aguadiente cayó sobre el pequeño cáliz como un baño de luz, el hombre lo levantó con ceremonia y ofreció un salud a los presentes.

¡A la gloria del fuego!  -dijo como un cardenal con el cáliz y bebió.

Los arrieros seguían atónitos, pero ya no con el temor de un comienzo. Comenzaban a apreciar a este sujeto particular con un interés obsceno, mirándole con insistencia sus rasgos faciales y cómo con sus finos ademanes éste saboreaba el aguadiente.

Aquí entre nos   -dijo el hombre de frac, luego de meditar un instante-   les confesaré que en mis largos viajes por el mundo he sido invitado a grandes banquetes y he podido degustar los más finos manjares a la luz de las velas, con dignatarios de diferentes naciones, con reyes y doncellas, artistas de fama mundial, magnates. Uno de ellos, a quien por juramento no puedo revelar, durante una cena de gala en el condado de Merignac con una seña especial llamó a uno de los sirvientes y éste me trajo una botella de cristal azul natural. La inclinó hacia la luz para que yo pudiera ver y por difícil de creer que resulte, la inscripción de la etiqueta rezaba "Secreta vitae in his aquis natare"... Era el vino más caro y único del mundo, hecho sólo para los reyes de Francia con la vid de unas parras de la región de Aquitanía, que crecen en un valle inaccesible para los hombres. Sólo pueden llegar ahí las golondrinas amaestradas, quienes toman con cuidado cada grano de uva y los traen por los aires hasta la viña...

Los hombres escuchaban con los ojos y la boca abierta.

No obstante la sublimidad de aquello -prosiguió el hombre de negro- debo reconocer que ninguno de los licores que he probado, ni los más costosos del mundo, ni siquiera aquellos que traficaba el renombrado pirata inglés Callumbray, a quien tengo como un querido confidente, se han podido acercar a la calidad del aguardiente que ustedes me han ofrecido. Ha sido, realmente, una exquisitez...

Es que es de Doñihue, pue, amigo... -aclaró tímido un arriero. Quiso alzar la botella para ofrecerle un poco más, pero el hombre de negro bajó la cabeza y levantó la palma de su mano junto a la copa de cristal. Mirándolo directo a los ojos, le contestó.


No sería digno de tan grata compañía si no pudiera retribuiros. Es tiempo que corresponda a tan distinguido obsequio con que vuestras mercedes me han condecorado...

A pesar de lo extrañados que estaban los arrieros, porque nunca habían compartido con un hombre tan extraño y elegante, éstos quedarían maravillados ante lo que estaba por suceder. Desde el interior del sombrero de copa, el hombre tomó con cuidado una caja de madera, que contenía en su interior un juego de cuatro copas alargadas de cristal y una botella verde. Repartió las copas entre los arrieros y luego tomó la botella con sus dos manos, una por la base y la otra sujetando delicadamente el cuello. Mientras la miraba por unos instantes, pudo sentir cómo las llamas del fuego se traslucían por entre la botella, dibujándole la cara de ondulantes reflejos verdes.

"Que vibren los estados de la materia, frenéticos por juntarse entre sí, en medio de la locura de Akakesh, en la fiesta del nadir"    -y un instante después de pronunciar las palabras de esta oración, el corcho de la botella salió expulsado como un loco por los aires, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Los cuatro arrieros casi se cayeron de espalda de la impresión. Pero justo un segundo después de que comenzaran a sentir pánico, desde la botella salieron unos vapores que se apoderaron de sus sentidos, causándoles un extraño entusiasmo. Como enfermos de una cólera amistosa y profana, los hombres alzaron las copas y el hombre del frac les fue sirviendo uno a uno. Éstos se quedaban mirando sus copas llenas, bajo el efecto hipnótico de los destellos verdes que les alumbraban sus rostros curtidos por el frío cordillerano.

¡Gentiles caballeros, salud!  -brindó el hombre del frac.

 Para hombres curtidos como los arrieros, acostumbrados al frío y las durezas, a mover a punta de gritos y golpes de huasca a cientos de bestias por entre los cerros, resulta una experiencia incomprensible aquello que les sucedió, al beber el licor del extraño visitante. Después del sorbo inicial, cada uno se sintió como cayendo a un pozo, pero con diferentes pensamientos entre sí. Uno de ellos, mientras sentía que caía, se vio a sí mismo sobre su caballo corriendo desbocado, mientras blandía una espada llena de sangre. Sintió cómo apretaba el cuero del mango del sable, mientras galopaba como un demonio por una aldea incendiada. Veía corriendo, como hormigas, a cientos de hombres y mujeres aterrorizados. Al tirar firme las riendas, el caballo se detuvo trastabillando violentamente. Lanzó un grito gutural hacia el cielo, como una carcajada sanguinaria, como el canto bizarro de un ministro de la muerte. Luego, extasiado, volvió la vista hacia el frente y enterró la espuela firme en la barriga de su corcel y como un trueno se les fue encima a los despavoridos hombres que huían. Sentía el cosquilleo eléctrico que corría por la espada, cada vez que éste la hundía en las carnes de sus víctimas, uno, otro, luego otro, luego un niño y luego su madre. Cuando ya no quedaban más que cuerpos destazados y con estertores por el piso, el hombre acarició su cara y sus barbas con su espada, impregnándose de la sangre tibia y dulce. El acero volvió a brillar plateado y reflejó su cara. No se reconoció al principio, pues tenía el pelo tomado sobre la cabeza y el rostro entero pintado de sangre. Fue cuando comenzó a ver la copa de cristal reflejando las llamas de la fogata.

Otro, después beber su copa, comenzó a sentir a su alrededor unas risas de mujer. Sintió algo muy agradable: toda su piel le ardía con una especie de cosquillas, como clamándole que se librara de esos escozores. Miró a su alrededor, pero ya no estaba en la cordillera. Estaba en un jardín, vestido de blanco. La luz del sol se había puesto en ese mismo instante, dejando la tarde incierta, las distancias nebulosas. De pronto sintió que su áspera mano de arriero era tomada por otra, una mano suave y femenina que entre risas lo condujo corriendo por entre unos pasadizos de arbustos cuadriculados a propósito. Era una mujer exuberante, su vestido blanco le hacía relucir sus caderas y sus pantorrillas suaves mientras corría descalza por el césped. Luego la mujer le hizo un gesto de silencio, poniendo su índice sobre la sonrisa y se fue, justo al tiempo que otra mujer tomaba la otra mano del hombre y se lo llevaba corriendo por un prado lleno de flores abiertas, cosa rara al anochecer. Ésta otra era alta y rubia, y su pelo al viento le hacía cosquillas en su mano mientras corrían, pero ella no paraba de reír. Luego una tercera lo tomó de la mano, luego una cuarta, luego muchas más, luego todas a la vez. El hombre comenzó una danza extraña y profana con sus doncellas, girando como los girasoles cuando rinden adoración al Sol. Toda su piel sentía un ardor inexplicable, mientras jugueteaba a morder los muslos de sus mujeres acompañantes. Cuando cayó rendido sobre el pasto junto a ellas, se dio cuenta de que ya era de noche y el cielo estaba oscuro, lleno de estrellas. Alzó la copa sobre su cabeza y derramó hacia su boca las últimas gotas, cuando se dio cuenta de que estaba tendido al lado del fuego.

El hombre a su lado también había bebido el primer sorbo de su licor. Éste miraba su copa como bajo un encantamiento. Comenzó a descifrar que cada corte del cristal dibujaba figuras geométricas perfectas. Y si bien nunca había ido al colegio, mientras contemplaba las formas de la copa estaba descubriendo nada menos que la iluminación, el conocimiento. Luego miró su mano y ésta también era una defragmentación de poliedros simétricos. Siguió abajo y se dio cuenta que su brazo articulado era una obra perfecta. Descubrió que su propio entorno, más allá de ser una montaña o una fogata, era una superficie espacial, una unión de puntos luminosos que describían armoniosas curvas de nivel. que toda distancia se puede deducir de triángulos hipotéticos, de sus ángulos interiores, de sus lados. Miró hacia el cielo y en las estrellas comenzaron a iluminarse las diferentes constelaciones, en donde cada estrella irradiaba desde la lejanía unas vibras multicolores que hacían cambiar el ánimo de los hombres, tal como cuando el sol quema las cabezas o cuando la luna llama a la meditación. Se vio a si mismo sentado frente a un caldero, con un huevo de oro sobre la mano. Frente a él, una serie de frascos de vidrio con diferentes elementos. Sal, mercurio, salitre, azogue. Un gran libro de tapas de cuero grueso estaba abierto junto al calderón, justo en una página donde había dibujada una serpiente trepando sobre las ramas de un árbol. Tomó diferentes frascos y con pulcritud los fue vaciando al interior de la marmita, hasta que pudo distinguir que desde el fondo, rodeado de vapores amargos, estaba él, en medio de una desolada serranía, sosteniendo un cáliz de cristal con ambas manos.

Mientras todo esto sucedía, el último de los arrieros bebió de su copa. Sintió el redoble de un campanario gigantesco, que llenaba de ecos las paredes de piedra tallada de la basílica donde él se veía sentado. Veía pendular el humo del incienso sobre el altar, mientras un coro de cientos de eunucos elevaba hacia él una canción de investidura. Todos lo miraban con admiración y reverencia, prosternados sobre su rodilla izquierda mientras él acariciaba el terciopelo de su sitial. En ese momento se puso de pie y todos los asistentes del templo juntaron sus manos en señal de oración, desde los más humildes al fondo, hasta las más elegantes autoridades de todas las naciones del mundo, a pocos metros bajo el altar. Unas largas trompetas se levantaron y anunciaron el momento que todos estaban esperando. El arriero, vestido con una elegante capa púrpura y zapatos con rubíes incrustados, le dio la espalda a la enorme concurrencia y caminó hacia el inicio del altar. Ahí, sobre una mullida almohada pérsica, resplandecía una exquisita corona de oro, adornada en cada extremo de sus doce puntas con una fina piedra esencial. Y a su lado, un cetro. El hombre avanzó sobre la almohada, tomó la corona con sus manos y la colocó en su cabeza. En ese momento la ovación de la basílica comenzó a crecer como una tormenta, los representantes de las diferentes nacionalidades coreaban vítores en adoración a su nuevo y perpetuo rey. Seguido por los sacerdotes, los generales y los altos nobles del Estado, nuestro decorado pastor caminó hacia un balcón cerca del campanario, desde donde se podían ver a todos los pueblos del mundo. Cuando se abrieron las puertas, hasta muy lejos se pudo ver cómo un brillo comenzó a alumbrar el universo. Era el magnánimo rey de reyes, dios de dioses, amado por toda la humanidad. Nuestro rey levantó su cetro y apuntó hacia los ciento ochenta grados de su horizonte, y de inmediato todos los pueblos del mundo se postraron a sus pies. El arriero, ahora convertido en el rey de la humanidad, se vio a si mismo hermoso. Sus finas manos ya no eran como maderos tallados a cuchillo. Su dentadura, perfecta y completa, y su cabellera era tan sedosa como su propia capa. Fue allí cuando divisó una enorme hoguera ceremonial en medio del público que lo había venido a ver. La saludó con su cetro, sin percatarse de que seguía en medio de la cordillera, con una copa de cristal alzada sobre los restos del fuego de la noche.


Los cuatro arrieros, como por arte de un chasquido de dedos, súbitamente reaccionaron al mismo tiempo desde la profundidad de sus pensamientos. Ninguno sabía realmente cuánto tiempo llevaban ensimismados, ni por qué habían pensado semejantes sueños, tan diferentes a lo que eran sus vidas cotidianas de campesinos y pastores. Todos eran hombres de pocas palabras, simples como el pan, plenos en sus vidas como las papas en su forma. Tenían todavía el sabor caluroso del licor que habían probado, pero éste era tan fuerte que entre el dulzor calado en la lengua, tenían casi toda la boca dormida. Uno de ellos, el de la historia de las cebollas gigantes, que era por descarte el mejor orador del grupo y el más elocuente, miró al hombre de frac, quien estaba sentado con la pierna cruzada sobre la piedra, fumando una especie de pipa larga con un cigarrillo de tabaco natural. Lo estaba mirando fijamente, con una sonrisa imposible de describir, si no fuera utilizando la palabra seducción. Los oros de sus dientes brillaban tanto como sus ojos, que con las llamas se veían rojizos. El arriero hizo sonar su paladar en señal de que el trago había sido una verdadera delicia. Se dio vuelta con ceremonia, cerrando los ojos, como demostrando que lo que iba a decirle al hombre de frac tenía algo de pontifical...

Por la puta iñor, el trago pa rico oiga...¿de dónde lo consiguió?  -balbuceó todavía con la garganta aguardentosa.

Pero cuando abrió los ojos, para interpelar a su finísimo invitado, lo que vio no pudo causarle menos que un salto de impresión. Allí, sobre la piedra, no había absolutamente nada ni nadie. Los demás arrieros, que ante la pregunta de su amigo habían también reaccionado, quedaron pasmados al ver que al rededor del fuego, que no era más que unas polvorientas brasas blanquesinas, el hombre del frac negro ya no se encontraba ahí. Se miraron entre sí, y sin decir una palabra todos pensaron que el hombre andaría cerca, quizá buscando un lugar donde desaguar. La oscuridad de la noche, en ese momento, comenzó a transformarse en el azul nebuloso de la madrugada, haciendo que los riscos de los cerros grises de la lejanía se volvieran cada vez nítidos al contrastar con el infinito. Los cuatro se pusieron a rondar el lugar del refugio, tanteando tímidamente por entre las piedras para no interrumpir al elegante caballero del frac, si es que éste se encontraba ocupado con sus necesidades vitales. Dieron una vuelta en redondo, luego un poco más allá, luego retornaron a los restos de la hoguera, nada. Caminaron en sentido contrario, hasta donde estaban los animales y los perros. Nada.

Uno de ellos, aprovechando el aire de la mañana, llenó sus pulmones y lo llamó con un campesino ¡UUYUUUuuuy....! que retumbó por entre los cerros. Ya estaba amaneciendo, pronto el sol se asomaría por entre las cumbres. Gritó otra vez, ahora acompañado por sus amigos, pero sólo consiguieron que el misterioso silencio de la montaña se hiciera aun más fuerte cuando terminaron los ecos de resonar.

Los cuatro se encontraban mirando hacia el horizonte, ya claro, sin poder decir una sola palabra. El hombre del frac negro y de modales exquisitos, simplemente había desaparecido. Se miraron entre sí, como tratando de averiguar si estaban pensando lo mismo o si no, o si sólo había sido un sueño, o una borrachera. No sabían si cada uno lo había imaginado o si fue algo que les sucedió a todos. Estaban como mareados y sin saber qué hacer.

Caminaron hacia donde estaba el fuego, como para avivarlo un poco y poder desayunar. Tenían un hambre inexplicable. Se pusieron a buscar la caja de fósforos, que los habían dejado olvidados en alguna parte. Levantaron los cueros de chiporro, revisaron bajo las monturas, entre los choqueros, en la bolsa de pan y no lo encontraban. En eso estaban, cuando uno de los arrieros se metió la mano al bolsillo y sintió algo helado y filudo, pero muy suave. Con su gruesa mano escarbó un poco más y sacó de entre sus ropas una pequeña copa de cristal, finamente decorada y con cortes biselados que describían geometrías perfectas. La levantó, como conteniendo la impresión, y los demás hombres la miraron. En uno de sus lados tenía grabado una palabra que ellos nunca más pudieron olvidar, a pesar de que nunca más hablaron del tema. Como si el mejor de los artesanos del mundo la hubiera tallado, en una de las caras de la copa se encontraba escrito el nombre Azazel.








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