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miércoles, 28 de octubre de 2015

ANÉCDOTAS

A los muchos años vine a saber que la señora que atendía el kiosko de mi escuela no se llamaba Keka ni se apellidaba Galindo, sino que en realidad se llamaba Rebeca y le decían Lleca. La Lleca. Era de estas personas cuyo dolor al colon se les hace visible en el rostro. Sus ojos quemaban con ese fulgor endemoniado como cuando uno se muerde la lengua hasta el nervio y sólo quieres destrozar la mesa donde comes con un hacha de leñador. En sus ojos flotaba un estanque de veneno puro, más cuando los cabros chicos medios tarados como yo la saludábamos amablemente por Keka Galindo, sin saber no era su nombre y que eso le aumentaba exponencialmente el silente odio interior.

Pero por muy mal genio que fuera la Lleca, sagradamente era su kiosko el lugar de reunión en los recreos de mi niñez. Ahí llegábamos todos al toque de campana, luego de millardos de clases que nunca tuvieron sentido alguno para nuestras vidas y que fueron el sello de una educación racionalista creada por burócratas en el ministerio. La vida cobraba sentido fuera del aula, cuando cada uno llegaba con sus pocas monedas al kiosko, a contemplar los colores de los chocolates embasados, las bebidas, los berlines untados en aceite ácido, las sopaipillas, los panes de completo abiertos a punta de uña de dedo gordo, los chicles, los coyac. Como si fuéramos pedigüeños de alguna urbe pobre como Bombay o Macuto, nos apoyábamos miles en esa baranda a gritar con unas monedas en la mano, clamar por un chocolate Safari o un turrón, hasta que la Lleca nos dirigía su mejor y desganado “que querí…”. Desde que te dirigía su palabra no tenías más que medio segundo para decir claramente qué querías, sino pasaba tu oportunidad y ella miraba al lado tuyo con otro “qué querí…” y eso significaba que te podías meter tus necesidades de golosinas y azúcar por la raja.

Quién podría suponer que desde ese lugar, el kiosko y templo de la Keka, viene uno de los recuerdos más felices de mi vida. Estábamos en cuarto medio, en esas clases de noviembre en donde el profesor ya no quiere más guerra y te manda a hacer un trabajo grupal al patio. Me huele a historia con Charly Lizana o filosofía. No podía haber felicidad mayor. Apenas cruzábamos el umbral de la sala sentíamos el aire fresco de la alegría. Y el trabajo a la mierda. Nos íbamos directo al kiosko como por instinto. Siempre he dicho y sostenido que uno puede gobernar a un pueblo entero con el simple aroma del azúcar. Cuando llegamos, en las barandas estaba el Felipe Montero, compañero que desde niño dio señas de ser un perfecto ejemplo de la maldad agradable, era una sabandija burlona de todo aquello que pudiera ser material para su maldad. Era un oráculo de la crueldad con una risa contagiosa y que a la larga todos queríamos mucho. En realidad no era una mala persona, era simpático pero con un talento fuera de lo común para hacer leña del árbol caído y hacer cagarse de risa a los demás.

En eso estábamos cuando se acercaba una procesión desde el parbulario, una hilera de niñitos cabezones con su cotona cuadrillé, tomaditos de la mano y cantando una canción. Adelante, como unas gallinas trintres, las tías, orgullosas de su ternura al entonar el “vamos de paseo, pi, pi, pi”. Al último iba un rubiecito pequeño como de cinco años con una mochila tan grande para sus proporciones, que parecía de conscripto. El peso lo hacía caminar a bamboleos. Fue ahí cuando el Montero, fiel a su esencia satírica, le gritó al niñito de la mochila:

¿Oye, tu mamá te lava el pelo con pichí?


El niñito rubio se dio vuelta asustado, miró hacia atrás como haciendo un puchero, entendiendo muy poco la situación porque a sus cinco años ni siquiera entendía bien el castellano. Pero cuando se dio vuelta para seguir a la comitiva, no se percató que había un pilar de fierro hueco pintado azul. Todavía me acuerdo del campanazo que sonó cuando el pobre pupilo quedó estampado sobre el pilar, fue como escuchar el tañido de las campanas de la Capilla Sixtina. Y en seguida se va de poto hacia atrás, cayendo sobre su mochila y aplastando el quequito con una cajita de leche con frutilla que le había mandado su mamá, que menos mal le amortiguó la caída. 

Es imposible graficar con palabras la risotada que nos dio. Sólo puedo decir que ha sido de las veces que más me he reído en la vida, no tanto de la desgracia del niñito, sino al ver cómo estaba mi compañero Felipe Montero. Llegaba a estar encorvado de la risa, gritando, como quien se va a morir, pero de contento. Hasta la Keka Galindo lanzó una carcajada. Nadie se dio cuenta de que el niñito se había parado, con un inminente chichón en la frente y había seguido la filita india que los llevaba a la clase de gimnasia, todavía medio aturdido. 


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