an

martes, 6 de octubre de 2015

EL SALVADO DE LAS AGUAS DE CARRIZAL

El río de Carrizal era una maravilla hace unos veinte años, uno se podía bañar toda la tarde si quería e incluso podía tragar agua de vez en cuando. Ahora es bonito a la vista, pero ese café dulzón de antaño se fue reemplazando poco a poco por un gris azuloso y sedimentario de alguna faena minera de por ahí. No tiene nada que ver con el río que vi aquella mañana de enero de hace mil años, en donde pude contemplar las texturas onduladas de su torrente desde abajo.

Luego de haber jugado a la pelota en la cancha, con mi primo el Vasco y nuestros papás fuimos a bañarnos al río. Yo estaba más sudado que caballo carretelero, por lo que rápidamente me saqué la polera Lada del Colo Colo, dejé las canilleras a un lado y me metí al agua. En mi torpeza infantil, esa que me hizo caer de cabeza varias veces y que causó mis limitaciones intelectuales vigentes, yo no sabía nadar. Podría flotar algunos segundos, cual mojón del Mapocho, pero rápidamente me iba al fondo y me ponía a gritar "mamáa".

No era primera vez que me metía al río, llevaba años haciéndolo, tarde tras tarde, con un montón de familias junto al trampolín de sauce. Pero ese día el creador de este mundo me tenía una lección preparada. Estaba feliz chapoteando en el río cuando una fuerza de succión me tragó hacia abajo hasta dejarme completamente consumido. Me había caído a un hoyo. Y tal como ocurre con los recién nacidos, al volver a los líquidos amnióticos me sentí como en mi hogar. Estaba tranquilo bajo el agua, no me estaba ahogando ni sentía miedo. En verdad no me había dado plena cuenta de lo que estaba sucediendo. Por debajo del agua, el río se veía como un sueño color magenta, como una manzana confitada. Las burbujas revoloteaban fugaces por encima de mis ojos. Mirando hacia arriba pude apreciar cómo se ve un río desde abajo, es como mirar el cemento de las calles cuando uno anda en bicicleta, como miles de sierpes que mueven sus caderas cadenciosas mientras los rayos solares les lanzan colores morados y prismáticos. Nunca me había sentido tan tranquilo y feliz. No sentía ahogo porque, aunque me tilden de mentiroso de porquería, estaba respirando sin problemas. Obviamente que no tomaba agua por la nariz, hubiera sido fatal, sino que mi ser estaba tomando el oxígeno y la vida del mismo río. La fuerza del agua que me tiraba hacia el fondo era como estar en las puertas de las fauces de una ballena azul, que me quería tragar junto a todos los niños del mundo.

Todo iba bastante bien, yo seguía contemplando mi nuevo cielo acuático, cuando desde las constelaciones entró una mano como una garra. Entraba y salía como un loco, era un brazo desesperado que terminaba en una garra tratando de arrancar toda el agua. La mano que me agarró era de mi papá, quien al tocar mi cabeza rápidamente me jaló las mechas con tanta fuerza que hasta el día de hoy tengo un pelón en mi tonsura. De un puro tirón me sacó cagando del fondo del río y quedé colgando del pelo. Fue ahí cuando volví a respirar.

Podría haberme quedado feliz en aquel mundo, ya me estaba sintiendo bien, pues unos fogonazos blancos se entrecruzaban en mi vista. Pero como tuve que ser dado a luz nuevamente, esta vez por el agua, no hubo opción alguna en mi vida. Lo primero que vi cuando me sacaron del agua fue a mi mamá gritando como una poseída  ¡¡SE ESTÁ AHOGAAAANDO, KIKO, KIKO...!!! Luego me dejaron parado a la orilla, me sentía igual que esos pollitos recién nacidos que dan como premio en las kermesses, que los cabros malos juegan a sumergirlos en las aguas del guáter. Sólo tiritaba porque de tanto rato de estar consumido, tenía un frío que me calaba los huesos. En eso mi mamá agarró una de las canilleras, se acercó rápido hasta donde estaba parado y me asestó un sendo golpe en la cabeza, tan fuerte que me dejó casi entero descalabrado. Yo me puse a llorar, pensando que era el castigo necesario por haberme caído a un hoyo entre las piedras del río. Yo le pedía perdón, arrepentido. Pero ella, feliz a más no poder porque su querubín había sido salvado de las aguas, atinó a decirme con una sonrisa en la cara las palabras que nunca más olvidaré:

-No, es que te andaba una avispa en la cabeza.

,

No hay comentarios:

Publicar un comentario