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miércoles, 25 de noviembre de 2015

AY, MIS CAZUELAS...

Hoy mucho menos que antes, cuando era un energúmeno laboral, soñaba al final de cada día con que me pusieran en una olla gigante a hervir, tal como cuando uno cocina un pedazo de carne. Esa cocción me ablandaría, me desataría todos los nudos de mis enervados hombros, se irían todas las toxicidades y quedaría listo para ser masticado y digerido por el sueño hasta convertirme nuevamente en la nada. 

Pero como me sentía solo en aquel caldero, un día soñé queriendo que me hirvieran junto a unas papas, un pedazo de zapallo, cilantro picado con arroz y una buena hilera de corontas de choclo cortadas en rodaja. Esa noche, entre los vapores de una cocina como la de Madame Mim, en mis sueños se abría la tapa de un olla y ahí estaba yo, nadando de espaldas más relajado que nunca, con mi cabeza apoyada sobre una papa chilota colosal. Mis pies, cual hélices de un navío, chapoteaban felices por entre medio del caldo hirviendo y los porotos verdes. Era la noche de un día jueves y ya estaba profundamente dormido.

Cuando desperté al otro día me sentía muy bien, como un caballo de carreras en el partidor, pero con una necesidad casi drogadicta de comer una cazuela. Como era viernes, quizás en mi hora de almuerzo podría salir a comer algo diferente a los completos con salsa verde.  Después de todo, la economía nacional no se desestabilizaría ni entraríamos en recesión si me mandara una buena cazuela de vacuno...   -pensaba como dándome valor.

Era la hora de almuerzo. Una mano mágica e invisible me tomó del hombro en aquella esquina y me guió los pasos hasta las puertas de un "restorán". De buenas a primeras, era un lugar espantoso, una pocilga con techos muy altos y llena de atorrantes, engulliendo pollos asados como si se estuvieran lavando la cara con los cueros y las papafritas. Sobre las cabezas, dos enormes pantallas abominables daban alaridos para mejorar la digestión de los comensales, una con las noticias de mediatarde y la otra con un partido de fútbol. En ese momento tomé rápidamente la mano mágica que me condujo desde el hombro, que seguro era mi imaginación, le doblé la muñeca con fuerzas y cuando lo tuve totalmente inmovilizado le pregunté. ¿Vo creis que soy un viejo ql guachuchero y pasado a pilsen, como pa que me traigai a comer aquí?

La mano mágica, que con la llave que le apliqué ya casi tenía los tendones cortados, sólo atinó a levantar su tiritón dedo índice y apuntar dolorosamente hacia un cartel. Éste rezaba literalmente así:

MENÚ DE HOY

CASUELA con ENSALÁ 

$2.700

Mi boca abierta no era por nada más que culpabilidad. Qué prejuicios, qué dolor. Me senté en una mesa que, al igual que mi primera vez en muchas cosas, jamás podré olvidar. Era la del fondo a la derecha, por supuesto que al lado de los inodoros. Estaba impresionado por el poder de mi mano providencial, la que me condujo hasta ese lugar, la que después de que hubimos de hacer las paces, desapareció. Cuando la enorme garzona dominicana me preguntó qué iba a querer, luego de unos enredados aguere guere pude pronunciar la palabra mágica, la llave que abrió la puerta de mis días viernes hacia la felicidad: cazuela. 

Desde ese día, casi no hay viernes que no asista, como cual religioso a sus avemarías, a mis amadas cazuelas. Y no porque siempre sean ricas, sino porque siempre vienen acompañadas de algo especial, un sabor extraño, algún pelo de cocinero o alguna anécdota que me deja pensando hasta la tarde. A veces el zapallo viene duro, otras veces le ponen porotos verdes, casi nunca. Una vez me dieron una hallulla tan rica, que con el último pedacito le saqué hasta el último resto de comida al plato hasta dejarlo como lavado, sólo para ver la cara de impresión de la garzona para cuando me trajera la cuenta. A veces el pebre está tan rico, que da la impresión de que lo hubieran hecho con lava volcánica y viniera recién saliendo del infierno. 

Recuerdo aquella vez en que llegó un pobre viejo, pero pooobre, de esos ancianos tan miserables que ya no solamente perdieron sus dientes, sino que además ya no tienen ni sus muelas. Se sentó en la mesa del frente y pidió una cocacola. Cuando se la trajeron, del bolsillo de su chaquetón sacó un pan de supermercado con un pedazo de tomate en su interior y comenzó a sacarle trozos con sus dedos para luego llevárselos a la boca. En eso estaba cuando el dueño del local se dio cuenta y rápidamente lo comenzó a retar. ¡¡Ya, ya, ya!!    -le rugía-    ¡si aquí no se puede traer comida de afuera! ¡fuera de aquí!

El viejito abrió los ojos enormes de impresión, en sus pupilas había un negro velado, como el que se les pone en los ojos a los perros viejos. Asustado levantó sus dos manos, como protegiéndose, y chisporroteando migas de pan desde su boca sólo atinó a decir  ¡lo guardo, lo guardo! Y metió el pan por el mismo bolsillo de donde salió.

¡Ya, ya, ya!  ¡Se termina la cocacola y se manda a cambiar!   -dijo el dueño antes de volver a la caja refunfuñando. 

Acto seguido, el viejito sacó el pan del bolsillo y siguió discretamente sacándole miguitas, para echárselas a la boca y poder seguir cometiendo el pecado capital de tener hambre y comer. Yo tenía ganas de decir algo, pero a cambio de eso le di unas buenas cuchareadas a mi caldo colorado, que de tanto ají sentía que la garganta se me había transformado en una boquilla de soplete.

En otra ocasión, como ya me conocen ahí, el chico nuevo de los garzones, que es de Lima, me estaba mirando con preocupación. Después de sentarme en mi mesa acostumbrada, él se acerca y me dice- Disculpe caballero, hoy no tenemos cazuela de vacuno...    -como adivinando que tal noticia equivaldría para mi como si me avisaran de que mi madre murió en un accidente. Pero al segundo atinó a decir, como disculpándose-   ...es que hoy día hicimos cazuela de ave. En ese momento el concierto para violín en Re Mayor de Piotr Ilich Tchaikovsky, interpretado magistralmente por el camarada David Oischtrakh, con plena orquesta, comenzó a resonar triunfal por entre mis cavernas mentales. Ya podía sentir las tubas y los timbales como anunciando la entrada de un rey. Fue la felicidad hecha momento. ¡Puta, si a mi me encanta la cazuela de ave! En ese momento quise abrir mi billetera de clase media, sacar las piñuflas cuatro lucas que tenía en su interior, darles un besito y tirarlas por los aires, gritando a todo pulmón  ¡¡pidan lo que quieran, todos, traigan jarras de cervezas e hidromiel, que yo invito!! En reemplazo a esa fascinación mental, sólo me limité a aceptar gustoso la cazuela de ave, que me supo tan rica como si la hubiera hecho una mamá para su hijo recién salido de la cárcel.

Algo extraño tiene ese lugar, que no entiendo qué es, pero que me deja pensando en cosas misteriosas. Con seguridad éste viernes lo adivinaré.
 




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