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jueves, 3 de diciembre de 2015

DE CUANDO NOS PATIÓ UNA YEGUA

Todo comenzó a medio día, cuando nos acercamos con mi papá a un grupo de caballos que estaban junto a la acequia. Parecían muy tranquilos, rumiando el pasto seco con sus sonoras carretillas. La barriga de la yegua me quedaba a la misma altura que los ojos, debo haber andado por los cinco años. Mi mano de niño comenzó a acariciarle el pelaje áspero e hirsuto, que empolvado me raspaba las palmas como una escobilla.

De pronto un relincho, un espasmo fugaz. Todo se hizo negro.

Mis pestañas arrugadas, mi nariz doblada hacia un lado y millones de rasguños por todo el cuerpo. Eso sentí cuando mi papá se levantó. Se había caído de espaldas sobre mí, luego de que la yegua se diera vuelta y nos pegara una buena patada.

Quedó la corredera de caballos, levantando una nube de polvo en los caminos veraniegos de la sexta región. Mi papá me llevó hasta la acequia y me lavó la tierra de las rodillas, todas peladas por el porrazo. Creo que hasta ese momento yo todavía mantenía la boca abierta de par en par, conteniendo el enorme desahogo de llanto que estaba por venir. El agua de regadío me escocía en los machucones, pero se sentía muy dulce en la cara, como un cóctel posmoderno de aguas vírgenes, mezclada con moquitos y el siseo de los granitos de tierra que me habían quedado entre los dientes.

¡No se te vaya a ocurrir decir nada cuando lleguemos a la casa, oiste!   -me dijo tiernamente mi papá, luego de descargarle un par de piedrazos e insultos a los caballos, que con el cuero grueso de sus panzas ni siquiera sintieron. Y emprendimos la marcha hacia la casa donde nos estábamos quedando, mi padre adelante y cojeando un poco, y yo atrás, gimoteando todavía con las cejas revueltas y respirando ese olor inconfundible de cuando te conectan un buen puño volador en la nariz.

No bien llegamos al enorme patio de tierra de la casa, cuando salió mi mamá con un paño de platos en la mano. Pienso que el haberme cargado a mi y a mis hermanas en la barriga por nueve meses le habrá dado una sensibilidad mayor a la de cualquier mortal, más aun por haber soportado el jeringazo de la epidural en la columna y por habernos parido. Nos miró secándose las manos con el trapo, pero con la cara cachúa, como adivinando que algo malo había pasado. En ese momento no pude más. De seguro que hasta el día de hoy las pocas gallinas treintonas que aun no les han tirado el cuello recordarán ese enorme grito desde el interior de mi costillar apachurrado.

¡¡¡¡¡¡MAMAÁAAAAAAA!!!!!!!!!!!!     -sostuve en un categórico alarido, mientras mis glándulas lagrimales comenzaron a disparar cántaros de salmuera como un tifón en la selva del Vietminh.

Mi corte pelela, propio de los niños ochenteros y de sus papás que querían diferenciarnos lo más posible de las cabezas rapadas de los milicos, estaba todo desgreñado después del acontecimiento. En ese micro-tiempo mi madre ya se había dado más o menos cuenta y ya había exclamado su viejo y clásico canto blanquecino desde las tripas.

¿¿¿¡¡Kiko, qué pasó!!????

Todavía sobándose el muslo, y dándole gracias silenciosas a diosito porque la patada no fue de lleno con el casco sino de costado con el tuto de la yegua, mi papá trató de decir unas pocas palabras relajadas en donde ilustraría un dichoso mediodía de verano paseando con su hijo por el campo, en donde prácticamente no había pasado nada. Sin embargo, con ese retorcijón tipo diarrea que siempre aparece antes de esas situaciones en que preferirías tragar sapos y culebras, las preguntas urticantes no tardaron en venir. Las respuestas evasivas caían como chorritos de bencina sobre un incendio, haciendo que a mi madre los ojos se le pusieran amarillos como una culebra, lista para envenenarle la sangre de mil mordiscos a quien por desgracia era su marido.

¡¡Es que nos patió un caballo!!  -dije llorando a mares luego de que mi madre, con toda su infinita ternura, me preguntara en consolación ¿Pero mijito, dígame qué le pasó?


A pesar de que la biología no exacerba aquello en las mujeres como en los hombres, una verga gigante, energética como un toro miura recién salido de los corrales, comenzaba a descender desde la ionósfera hacia planeta Tierra, como un misil intercontinental directamente hacia Latinoamérica, más precisamente hacia Chile y con toda certeza hacia la zona central, bramando, mientras en su visor balístico lo único que aparecía, acercándose vertiginosamente, eran las posaderas de mi papá, vestidas con esos ridículos trajes de baño que solían promocionar en las tardes del guatón Francisco.

La colisión pujante y repetitiva del proyectil totémico, enviado de mi madre hacia mi padre with love, creo que duró una semana. A pesar de todo, entre ellos el amor finalmente perduró. Pero lo que no se ha podido borrar, a pesar de mis continuas jornadas de hipnósis autoinducidas a base de vino tinto y chorizo, es esa picante sensación de narices abolladas, cada vez que oigo por la tele o en el campo a un caballo relinchar.



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