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martes, 8 de diciembre de 2015

EL ABUELO y PALESTINA

A paso lento, cuando nadie lo está mirando,
el abuelo camina hasta el fondo del patio.
Allí está su parrón y su níspero.

Acaricia las flores nuevas
les sonríe,
las saluda como si fueran mininos.
Arruga con bondad las que ya se secaron,
llenando de polvo de pétalos sus manos curtidas de años.
Bajo el parrón el cielo es verde
las uvas palpitan a punto de estallar,
racimos, luces, sombras, los primeros frutos
llenan su cara de felicidad,
recuerda que en la casa de su infancia
también había un patio
y un parrón,
un níspero y un perro
y un inmenso sol sobre Belén.

Una hilera de ópalos pardos
de un antiguo rosario extraño
brillan entre los surcos de sus dedos.
Abre sus manos hacia el cielo,
un salmo en árabe comienza a dibujarse junto a su voz.

El abuelo canta callado, cierra los ojos,
siente el perfume amarillo de los mercados
correr por el azafrán dulce de su voz.

Sus manos toman el baúl arcano en sus recuerdos,
ese enorme arcón donde trajeron toda una vida en pocas cosas.
El olor mustio de las bodegas del barco a vapor
quedó atrapado entre el cuero de sus rincones.
Recuerda a su madre jalándose los cabellos,
desesperada,
por las calles del extraño Chile,
sin saber una gota de castellano,
preguntándole a gritos a los transeúntes
¡Azizeh! ¡Azizeh!
Ella gritando en sus recuerdos de niño,
todos la miraban, nadie le entendía
que su hijo no venía en el barco,
se había quedado al otro lado del mar.

Una lágrima cae sobre su jardín,
un olivo espectral nace y muere sobre la tierra.
Desde sus pies brotan raíces
como agujas de metal,
que contorsionan y se hunden frenéticas
en los confines de las rocas y del tiempo,
hasta llegar a las ubres de las cabras
que amamantaron a sus hermanos,
hasta las manos de su abuela encorvada
tejiendo túnicas sobre el telar,
sus vecinos de la infancia,
escudriñando hasta el último de los yacimientos
de peñascos libertarios
para ahuyentar al invasor.

El abuelo cae de espaldas
flotando,
traspasa su patio sombreado
y el tiempo y las distancias.
Traspasa los mares y los desiertos,
deshace todos los pasos y las palabras.
Abre los ojos en su terruño
y ya no entiende lo qué pasa.
Soldados de camuflaje gritan y se avasallan,
dan órdenes en hebreo,
la calma de los transeúntes como un nervio tenso,
un cable de acero tirante
sobre los párpados color tabaco.
De repente un grito, un disparo, una bocina
y miles de esquirlas saltando por los aires
¡El compañero coche bomba ha comenzado a declamar!
El abuelo se tapa la boca de asombro.
Ya no son los turcos quienes lo empujan de su hogar,
hoy son salij parapetados bajo la égida imperial,
son sus bulldozer y sus ametralladoras
su bandera puntiaguda con los riscos de David.

En ese loco instante último
el abuelo nuevamente se recuesta
la gente corre despavorida sobre sus espaldas,
los soldados avanzan.
La juventud levanta un mar de piedras
cual si fuera una muralla.

El abuelo abraza el polvo,
lo besa, lo llama,
¡Palestina! ¡Palestina!
¡Yo soy tu hijo! ¿No me recuerdas?

Palestina es la cara de su madre,
que en medio del fuego
se estremece y rompe puertas,
suelta los peñascos de sus manos
y corre hasta dónde está su hijo,
que si no lo toma pronto
éste se desvanecerá como una silueta.
Su madre por fin lo carga,
el abuelo, el niño,
ella arranca por una vereda,
huye por entre los gritos con su patria en brazos.

Grita y corre, respira y grita,
abraza, corre y pregunta llorando,
quizá más allá de Belén todavía hay un refugio
para los viejos que se mueren lejos,
o para los niños que mueren cerca,
para las madres de hierro que paren
palestinos de resistencia.

Y se pierden entre las nubes
de polvo y bocinas cluecas,
la patria digna y un viejo palestino
que volvió a sembrarse bajo su propia huerta.
El abuelo yace en su jardín,
pero su alma volvió a su tierra.











(Dedicado con profundo afecto a Camila)









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