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lunes, 28 de diciembre de 2015

LLUVIA EN MIS CAMPOS INTERIORES

Mucho antes de conocer el tantas veces consultado diccionario Salvat, que me enseñó que adentro tenemos huesos y cada uno de sus nombres, hasta bien entrada edad estaba seguro de que nuestro cuerpo era un armazón hueco, sostenido por paredes de una firme goma, que era nuestra piel. No sé si ese pensamiento lo habré traído desde antes de nacer. O quizá fue cuando pude mirar una ranita partida en dos, que unos niños malos pillaron en una charca, porque su cuerpo era hueco, como un tubito gelatinoso. Lo cierto es que cada vez que mi mamá me pillaba mordiéndome los cueritos de los dedos y me retaba, yo podía ver que en mi interior éstos se iban depositando como arenas sedimentarias. Como llevaba años haciéndolo inconscientemente, sentía un extraña culpa interna, pensaba que por dentro ya habría llenado ambas piernas y ya había comenzado a llenar mi barriga hasta el ombligo de puros dedos mordisqueados. 

Con los años vinieron las explicaciones, la ciencia a base de mirar imágenes en las enciclopedias y en los libros de la escuela. A pesar de ser un alumno porro, porque me aburría mucho ir a clases, recuerdo que pasaba largas horas pensando en cómo estarían por dentro mis órganos, qué color o qué olor tendrían, o cómo sería probar un bistec de mi propia carne. Y mientras más jugaba y revolvía mis intestinos en aquel juego mental, más años pasaban y más incuestionables se iban haciendo las lecciones de biología y los aparatos orgánicos, latamente aprendidas en el colegio, hasta que cuando ya fui un hombre todo era como era nomás, tal cual y no había más que investigar. 

Nada hubiera cambiado respecto a esta concepción interna, estática y laboratorística, si no hubiera recordado hace pocos días esta extraña visión. En un enorme campo vacío, con la tierra recién arada, el sol comenzaba su ocaso. Era una atardecer veraniego magnífico, se escuchaban a lo lejos los queltehues, haciendo que una hilera de álamos hiciera retumbar su eco campestre. No había terminado de ponerse el sol cuando desde el otro lado del cielo comenzaron rápidamente a avanzar unas enormes nubes oscuras. Hacia mi interior pensaba en lo raro de que en verano venga un aguacero. Sin embargo, la verdadera sorpresa vino cuando las nubes cubrieron totalmente el cielo: éstas no eran de agua, sino que eran un enorme parrón cargado de unos hinchados racimos de uvas burdeo oscuro. Con la descarga del primer trueno, toda la vegetación de ese campo se estremeció, las frutas y las hortalizas regulares parecieron levantarse de la impresión y del susto. Y comenzó a llover con tanta fuerza que rápidamente mis pies comenzaron a chapotear en charcos de tierra saturada por el agua. Pero lo que llovía no era agua. Era vino tinto. 

La tormenta de ráfagas tibias se desató para no detenerse. En ese momento sentía que desde la tierra arada de mi campo comenzaban a abrirse grandes gargantas, como queriendo tragarse todo el vino del cielo. Con los ojos cerrados, levanté mi cabeza hacia los cielos y abrí la boca de par en par. Ese espacio vacío que había en nuestro cuerpo, aquel que yo estaba llenando de pedacitos de dedo cuando era niño como si fuera un silo, necesitaba ahora llenarse del vino que caía desde la tormenta. Pronto éste comenzó a rebalsarse por mis ojos y también por las comisuras gigantes del campo. Llovía tanto, que en pocas horas toda aquella llanura, la tierra entera y yo, estábamos sumergidos en un mar de vino tinto. En aquel nuevo mundo todo se veía rojo, dulce y picante, y cada cosa del presente se mezclaba con cosas del pasado. A pocos metros míos se veían pasar carretones y luego españoles con coraza, indios con el pelo largo corriendo con unos garrotes con piedras estranguladas en las puntas. Allá lejos, antes de la tormenta, había dejado una pala y un saco, y junto a él nadaban unos enormes peces prehistóricos, como lentas crestas de montaña nadando por entre los caudales burdeos de mi océano vendimial. 

Deben haber pasado días, semanas enteras en donde el cielo no se calmó. Llovió vino tinto sobre mi tierra como un aguacero final. Yo permanecí durante meses de pie con la boca hacia el cielo, como un gran tobogán que conectara el arriba con el abajo del todo. El vino entraba por mi boca y volvía a la tierra, y en la tierra se evaporaba y volvía a las nubes para caer. Hasta que luego de un tiempo sin medida, repentinamente el mar carmesí comenzó a bajar. Cuando desde abajo se vio la superficie, todavía seguía lloviendo, pero cada vez con menor intensidad. La tierra succionó aquel océano con una larga y estrepitosa inspiración, mientras en el cielo algunos claros de nubes hicieron pasar por primera vez la luz del sol, luego de un largo tiempo de una oscuridad colorada. Los rayos de luz se cortaban con la fina lluvia que aun caía y formaron un arcoiris de unos colores totalmente nuevos e indescriptibles. Fue allí cuando sentí que la tierra bajo mis pies comenzaba a temblar, como una matriz uterina que está a punto de dar a luz. Primero un zumbido, luego un estruendo gigantesco y comenzaron a salir desde la tierra cientos de tallos multicolores, que treparon y crecieron decenas de metros en unos pocos segundos. Las pocas nubes de parra que quedaban ya casi dejaron de gotear, y la luz del sol difícilmente se podía ver bajo esta nueva jungla multicolor. De las ramas colgaban enormes plátanos rosados, calabazas azules y turquesa, racimos de frutitas piramidales que al mascarlas te paralizaban por unos instantes. El suelo de mi tierra arada se cubrió rápidamente de un millardo de tréboles con forma de mano, que a donde quiera que fueras te seguían y te saludaban. Casi sin aliento, me recosté sobre ellos. Me dormí profundamente mientras los tréboles me transportaban de un lado a otro con sus millones de manitos sosteniendo mi cuerpo. 

Cuando desperté, ya nada estaba ahí. La inmensa jungla espontánea y multicolor había desparecido. Ya no estaba recostado sobre la tierra sino que miraba unas plantas que tengo en mi balcón. Las nubes de vid que se derramaron sobre mis campos, la ciencia constantemente me las ha negado, pero yo sé que cada cierto tiempo aparecen y riegan ese campo de tierra de hojas que resultó en mi interior, luego de que centenares de cueritos de dedos se fueran depositando año a año, cada vez que inconsciente me los muerdo. 

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