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miércoles, 6 de enero de 2016

EL LUCHO

Las luces rojas y amarillas de la ciudad brillaban en las aguas corrientes del canal San Carlos. Ya había caído la noche y como todos los días, el Lucho venía terminando su larga jornada de basuriar y recoger cartones arriba de su triciclo. Sólo le quedaba empujar unos cuantos metros su carretón bicicleta y ya estaría en casa. Al levantar la vista, en medio de la oscuridad, tres sombras negras se erigían a contraluz.

Fue en ese verano inaugural de los noventa cuando mis papás deben haber estado medios escasos de la chauchera, que no salimos a veranear. A cambio de eso, decidieron hacer una justa mejora a nuestra casa, que ya hace años la venía pidiendo. Durante enero y febrero, con toda la resolana y el calor del día, nos dedicamos pacientemente a pintar la casa de blanco, tan blanco como el albaicin de Granada pero en la rústica gráfica santiaguina. Eran días felices, porque generalmente en las tardes, cuando la hoguera solar amainaba y despertaba la brisa fresca con olor a parrón, con mi papá íbamos al videoclub y arrendábamos unos videocassetes. De esos años vienen mis primeros sueños heroicos, al ver una y otra vez las sagas de Indiana Jones. Me veía, me sentía como él. Pensaba que en unos pocos años más, cuando me saliera algo de barba, podría dedicarme profesionalmente a la arqueología y tener que rescatar reliquias de las garras de un sultán despiadado y quedarme con todas las mijitas ricas, tal como él.. Fue tanta mi ensoñación, que un día en que mis padres roncaban en la siesta como unos viejos Ford T, con un cordel de colgar ropa de un metro y medio y un mango de una raqueta rota de badminton, me armé mi propio látigo: era una verdadera serpiente del mal, una máquina de matar y de escapar de todas mis aventuras y espejismos mentales, igual que Indiana. Cuando ya estuvo terminado, lo tomé, obviamente igual que él, como si fuera un cetro real y lo batí por los aires, degustando de antemano el chasquido espectacular y joligudense que resultaría. A cambio de eso, el latigazo resultó ser tan piñufla, que sonó menos que una campana de goma. Y al tratar de hacerlo más fuerte, el cordón maricón se pegó una cabriola tan milimétrica, que la punta, crespa y llenas de cerdas de nylon terminó pegándome un puntazo tan fuerte en el ojo, que de la pura rabia ya no quise ser nunca más como él. Mientras lagrimeaba escondido y me sobaba el ojo, decidí mandar a la mierda a Indiana Jones y retornar a mi vida de niño mamasán a la que estaba acostumbrado.

Y fue en ese mismo verano taciturno cuando el Lucho golpeaba la puerta algunos días por la mañana. Mi papá, que no se caracteriza por ser un Don Sociable, curiosamente le abría la puerta y le regalaba cosas viejas. Con los años pienso que era la apariencia del hombre del triciclo lo que en alguna medida ablandó el corazón de mi padre, pues en verdad era un tipo tan miserable que daba lástima. Debe haber tenido unos treinta años, pero con el cuero de la piel más cuarteado que un pampino por tanto pedalear bajo el manto del sol. Tenía el pelo crespo, con rulitos, pero como los lomos de los perros cuanto se les pega la tiña o arestín. Lo acompañaba a veces su esposa y un niñito o niñita, que era su hijo o hija, como una réplica en miniatura de él mismo, hasta con sus mismos rulos. Como vagas imágenes en mi cabeza quedaron un desfile de mil artículos de desecho, como botellas con formas de gota del vino del Rhin, baterías viejas, altos de revistas Estadio que sagradamente coleccionaba mi abuelo ferrocarrilero, vaporizadores ambientales para niños asmáticos, electrodomésticos malos. Todo servía para él, nada se podía pasar por alto, pues esas antiguallas iban a parar directamente al triciclo del Lucho y luego al piso del persa los días domingo. Ese día mi mamá le dio un vaso con agua. Lo agarró con sus dedos duros como garra. Yo luego me quedé mirando el vaso, para ver si se desintegraba o se derretía, pero me dí cuenta que sus dedos eran dedos y su boca era igual de babosa que la mía, y llegué a la conclusión de que el Lucho y su esposa, por muy pobres que fueran, eran seres humanos.

Un día, mientras yo me estaba comiendo un melón tuna, sonaron las tablas del portón. Eran los toscos nudillos del Lucho los que golpeaban. Cuando tronó la chapa y se abrió la puerta, mi papá le preguntó ¿oye, qué te pasó, pos hombre? Venía apenas manejando el carretón y lleno de moretones. Los cortes en las cejas y en el tabique sólo indicaban de que le habían dado una paliza de las grandes. Para el Lucho sólo había sido una primera advertencia. Sin ahondar mucho en eso, quizá porque para su vida menestral era algo cotidiano, le preguntó a mi papá si le quedaba algo de cachureo para llevar. La verdad es que, como una cosa milagrosa, ese día en mi casa no habían tantas chatarras como de costumbre, resignando al pobre Lucho a irse con un par de zapatillas viejas que mi tío Moco le había regalado hace años a mi papá, luego de tomarlas prestadas a perpetuidad desde las bodegas del puerto. Como no tenía nada que hacer, yo siempre salía a mirar cuando llegaba alguien a la casa, con el olor a porotos granados y albahaca persiguiéndome desde la cocina. Ese día aprendí lo que era un ojo en tinta o una boca hinchada y rota a base de una sarta de combos y patadas. Ese día lo vi partir, muy agradecido por cierto, saliendo por el pasaje en su carretón y perdiéndose en el caluroso verano de la capital.

Ese mismo día, o quizá algunos días o semanas después, el Lucho iba pedaleando al final del día hacia su hogar en Lo Hermida. Las luces rojas y amarillas de la ciudad brillaban en la corriente del canal San Carlos. Ya había caído la noche y como todos los días, el Lucho venía terminando su larga jornada de basuriar y recoger cartones arriba de su triciclo. Sólo le quedaba empujar unos cuantos metros su carretón bicicleta y ya estaría en casa. Al levantar la vista, en medio de la oscuridad, tres sombras negras se erigían a contraluz... Todo lo que vino a continuación, que no quiero ni saber ni contar, fue una simple pero contundente muestra de la capacidad que tienen algunos hombres de masacrar a los demás. ¿Qué tanta plata podría deber?¿Qué habrá podido tomar con sus manos, que era tan valioso y no era suyo?¿Qué tan mala palabra o qué ofensa habrá dicho, que hubiera generado tanto odio y necesidad de asesinato?¿Qué honor habrá mancillado, si con suerte él se tenía a si mismo, y a su mujer y sus hijos? ¿Qué habrá hecho el Lucho para que esa noche lo golpearan hasta la agonía con la más metálica brutalidad? ¿Qué habrá pensando la mañana de Chile, esa hada madrina que en los veranos revolotea fresca entre los pastos y el suelo, al ver a un hombre todo amoratado y colgando de un árbol, estrangulado del cuello con un alambre?

En mi casa, esa misma noche, con mi familia gozábamos de las maravillas del séptimo arte, medios atontados con el olor al esmalte sintético de las paredes. Afuera era pura tranquilidad, sólo se veían los fogonazos intermitentes de la televisión parpadeando en las blancas murallas recién pintadas.

Cuando al domingo siguiente mi papá fue al persa de Arrieta, como todos los domingos, divisó a la señora del Lucho y le pareció raro no verlo a él. Las noticias de la televisión no tenían idea. Menos las funerarias ni los hospitales. Ni Amnistía Internacional ni las agrupaciones de Derechos Humanos, nadie. Nadie levantó carteles preguntando ¿Dónde Está? En ese domingo polvoriento del persa, sólo su mujer lo sabía.  Con la resignada naturalidad de los más pobres, sin tanto escándalo, sentada sobre el paño que estiraban en la calle para exponer sus mercancías, sólo se limitó a responderle a mi papá con su pelo negro y los ojos fatigados:     ...me lo mataron.



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