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miércoles, 27 de enero de 2016

LA TELA AZUL

A todos quienes conocían por primera vez la recién comprada casa, pese a la alegría y las expectativas naturales, les bastaba una simple mirada para darse cuenta de que ésta estaba pa la escoba. Las paredes de la cocina untadas de aceite ocre, los zócalos eran verdaderos castillos de tela de arañas, como motas de algodón. Y el parquet de lo que podría llamarse “living room”, más parecía una tabla de picar verduras de un restaurante chino vista bajo la atenta mirada de una lupa. Pero era una casa sólida, potencialmente digna, mucho mejor que cualquier vivienda social de la época. Ya vería el joven matrimonio que, con algunos meses de trabajos de fin de semana, se podía sacar a relucir, desde el interior de aquella rancha, un sencillo pero hermoso chalet.

Luego de las primeras noches, en donde la pareja casi murió de hipotermia por el frío que se les coló por las rendijas de las ventanas, comenzaron lentamente las tareas de refacción. Cada tarde después del trabajo y cada fin de semana, eran claveteos de martillo y brochazos interminables, hasta que finalmente la energía de los brazos se les terminaba, el sol se escondía y ambos caían rendidos a dormir. Y mientras más avanzaban en los arreglos, más imperfecciones salían, como cuando las baratas comienzan a salir despavoridas desde esos hoyitos de la tapa del alcantarillado.

Cuando ya habían pasado un par de meses, y la casa se veía definitivamente mejor, una mañana la mujer se quedó mirando un rincón del patio.   

–¿Miamor? 

–dimeee…

–¿Cómo andaría poner un lavadero ahí?  ­­ –le preguntó a su marido, que tiraba paladas de tierra por el harnero, para hacer el jardín. El hombre se enderezó, se puso las manos sobre la cintura descoyuntada de tanto palear, y sacando cálculos exhaustos sólo se limitó asentir con la cabeza, para luego volver a hacer sonar el brillo de la pala sobre la tierra. Sin decir una palabra, ya estaba midiendo en su mente cuántos metros de tubería que tendría que comprar para el desagüe, cómo iba a conectar los tubos con la cámara, si le quedaría fierro para armar el encatrado del lavadero, que cómo se traería el lavadero de la ferretería, si en carretón, o si pagaba un taxi... Paleaba y paleaba, estaba feliz. Entre tanto cálculo, ya podía sentir el hielo de las manos mojadas, con olor a jabón gringo, al usar el lavadero de su casa cuando estuviese listo.

Al día siguiente, un domingo bien temprano, se acercó el hombre al rincón del patio, midió un par de cosas y tomó el chuzo helado que se apoyaba en la pandereta. Con la vista fija en la tierra, respiró profundo y dejó caer la primera carga de hierro, iniciando así el hoyo para el desagüe del lavadero. ¡Tum! Caía la punta abriendo los terrones. Tomaba aire y ¡Tum! tronaba la tierra. No pasarían más de cinco minutos cuando sintió la primera gotita corriéndole por la frente, pero había que seguir, pues según sus cálculos era necesario un hoyo de por lo menos un metro. Era verdaderamente un experto con el chuzo pues había bombardeado un rectángulo casi perfecto sobre la tierra. Ahora sólo quedaría agarrar la pala y comenzar a sacar. El cerrito donde apiló la tierra negra crecía y se desmoronaba, dejando salir el aliento mineral que respiran los gusanos y las raíces, y en el hoyo terminado ya podía meterse la enorme caja de un televisor Trinitron. Pero aun así, la huincha de medir acusó que faltaban otros cuarenta centímetros, así que el hombre tuvo que agarrar nuevamente el enorme barrote de fierro y ponerse a cavar otra vez.

La energía de la marraqueta con arrollado huaso y el tazón de café del desayuno ya se habían consumido por completo, cuando el hombre calculó que ya era suficiente de chucear. Casi acostado sobre el suelo, con una palita pequeña se puso a sacar la tierra del fondo, ya que la pala grande ya no le servía. Era mucho más lento así, pues casi a tientas tenía que agarrar la mayor cantidad de terrón y, con el equilibrio de un calígrafo chino, sacar las paladas sin que se dieran vuelta dentro del hoyo. Recordaba su dignidad matutina de hombre casado, que hace sólo una hora lo dibujaban como bien desayunado, con la cara lavada y el pelo bien peinado, y que ahora parecía un mandinga, todo sudado y con la cara llena de tierra. El tacto de su mano profunda le avisaba que ya casi había terminado, cuando la pequeña palita se le enredó en algo.  Pensó en que si era un raigón, tendría que descoyuntarlo a puros tirones, para evitar que en los años posteriores éste se metiera entre las cañerías. Pero cuando trató de tomarlo, éste no era una raíz. Era una fibra blanda y húmeda, suave, como una tela. Para los que han visto un hoyo de más de un metro, sabrán que la oscuridad bajo la tierra es cosa seria, más aun porque aquel domingo estaba nublado. El hombre, medio mareado por tanto hacer fuerzas, se metió de medio cuerpo por el hoyo para tratar de ver qué era lo que le trancaba la pala. Cuando el encandilado verdoso de sus ojos se difuminó, pudo comprobar que efectivamente se trataba de una tela, una raída franela a cuadros, como los que se usan para la camisa de leñador. Como era sólo una puntita, éste la tomó fuerte con sus dedos y le dio un tirón, pero casi no se movió. 

So pena de desfigurar el volumen perfecto de su excavación, el hombre comenzó a romper con la palita la tierra alrededor de la tela, para así soltarla y poderla sacar al fin. Pero a medida que avanzaba, la tela continuaba, hacia arriba y hacia abajo, e iba dibujando como la forma de una bolsa. Rompió más y más, casi despreocupado de la tela, sacando con una especie de rabia toda la tierra de ese obstáculo a su obra ingenieril. Creyó que era suficiente, y que con un puro tirón sacaría toda esa basura afuera. Tomó la tela a mano llena, pero se dio cuenta de que había algo raro, su mano sostenía unas formas largas y duras, como canutos, que se confundían y entrelazaban y terminaban en muñones. Tocaba aun más, tratando de entender lo que había adentro, cuando recordó que hace muchos años una vez tuvo que ayudar a tomar a su abuela postrada. En sus manos todavía tenía la sensación de ese tórax anciano, como si fuera una bolsa de piel sólo rellena de huesos… En ese mismo instante, un espasmo helado casi le paró el corazón de la impresión. La tela enterrada en su jardín estaba llena de huesos.

Se puso de pie de un salto, más mareado aun, por haber estado tanto rato cabeza abajo. La luz del día le hizo ver con más claridad lo que su mano a duras penas le contaba. Era una camisa de hombre, de franela azul con líneas blancas, toda ennegrecida con el barro. Se agachó nuevamente y comenzó a sacar frenético la tierra que rodeaba la tela, arrancando los terrones con sus dedos, como si fuera una garra. No se atrevía a tocarla, por una extraña razón, pero sacaba la tierra como si esta estuviera cargada, hasta que la oscuridad casi no le permitió ver. Se paró otra vez, tratando de enfocar su vista luego de sentirse extenuado. La luz inundó la excavación. El hombre sintió una extraña pena, porque ya no podría tener lavadero. Todo el enorme esfuerzo de la mañana había sido en vano, al ver que, al interior de hoyo, en su extremo derecho, la franela azul se metía dentro de una tela café con un bolsillo, como casimir, rodeada por una correa de cuero casi desintegrada.

Con la pala grande, palada tras palada tomó la tierra del cerrito y tapó completamente el hoyo. Luego se puso a saltar sobre él como un enajenado, para compactar la tierra. En menos de una hora, puso ripio sobre el hoyo, le armó un cajón con tablas, preparó mezcla en una carretilla y construyó un perfecto y nivelado radier sobre toda la superficie. Estaba terminando de afinar el cemento con una plana cuando su mujer lo llamó a almorzar.

–¿Y como vai con el lavadero? –   le preguntó su esposa mientras le servía un enorme plato de porotos con longaniza.

–No sé, ¿sabe? estaba pensando que los lavaderos están como pasados de moda. Son como del tiempo de mi abuelita –  dijo haciéndose el chistoso.   –¿Por qué no compramos una lavadora? ...ya tengo listo el radier.





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