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jueves, 14 de enero de 2016

MÁS ALLÁ

Cuando cerré los ojos por última vez, casi en el acto sentí cómo un frío de mármol me recorría todo el cuerpo. Recogido sobre la silla, la oscuridad del entorno sólo dejaba pasar el olor a tierra y una melodía de violín, que parecía salida desde el interior lejano de una caja de fósforos. Impregnada en mis narices se retorcía una mezcla particular de todo bicloruro y nada oxigenada. Se detuvieron mis movimientos, incluidos los del corazón, y comencé a arrugarme hacia adentro como una flor reseca. Como largas sábanas de telaraña, estaba el tiempo; caían unas y luego otras, algunas como largas horas y otras como microinstantes.

En un momento, dentro de esa incierta y fría quietud, como un punto en la mitad de mi espalda comenzó a acercarse una luz. Eran pasos que venían. Pasos pesados pero sin peso y caminaban directamente hacia donde estaba sentado. Cuando se detuvieron, la persona se encontraba a pocos centímetros de mi espalda. Respiraba. Me puso una frazada sobre la espalda y su mano izquierda descansó sobre mi hombro, luego de muchos años. Sin siquiera haber dado vuelta mi cabeza, el olor de ese curtido antebrazo no podía de ser de nadie más que de mi abuelo Tito. Ahí estaba, mirándome con su misma sonrisa y sus cejas de diablo con ojos azules. Hace tiempo que no lo veía.

Iba a decirle algo, cuando sentí otro calor, otra presencia caminando atrás de mi. Esta vez, pasos pequeñitos, livianos, pero mientras más se acercaban, más me alumbraban desde la espalda con una luz parecida al calor. Era el caminar de una profesora primaria. Eran los pasos de mi abuela Nina, quien al llegar a mi, puso su mano sobre mi hombro izquierdo. La última vez que la vi, a duras penas se levantó de su cama y como un asunto de vida o muerte caminó hacia el teléfono y le dijo a una de mis hermanas: chao, Ofelita, te quiero mucho. Desde aquella tarde, donde el Julián, no la veía. Esta vez sí di vuelta mi cabeza y ahí estaba ella, con una bolsa con dulces y una sonrisa cruzada por su dedo índice vertical.

Otra luz, otro calor en mi espalda, otros pasos se acercaban. Curiosamente la oscuridad ya no era tan negra, en aquel extraño lugar, pues desde mi espalda sentía que todo se iba alumbrando lentamente. Un olor a cebolla horneada y panes dulces me hizo recordar su cocina en la Villa Olímpica. Esos pasos eran los mismos que se arrastraban hacia la ventana, donde estaba el piso de fierro, a contemplar cómo pasaba el mundo. Eran los pasos de mi abuela Raquel. Nunca su mano pesada se había posado tan suave sobre mi cabeza, transformando con ese calor, el frío de mi pelo en una bufanda de lana gruesa.

En la vida cotidiana, gracias a las sabias palabras de Hermes el Trimegisto, todo tiene causa y consecuencia, por cada contra hay un pro. por un arriba hay un abajo. Y si esto mismo me hubiera sucedido en la vida, seguro que ya hubiera estado abriendo mi boca y hablando algo, cualquier cosa, u ofreciéndoles un vaso de bebida o preguntándoles si tenían frío, para juntar un poco la ventana. Pero allí, en medio de esa nebulosa, con mis abuelos atrás y tocándome los hombros y la cabeza, no necesitaba hacer nada. No era el momento de decir, ni de actuar.

Como el tiempo ya no estaba, no tuve plena conciencia del momento en que, atrás mío, ya no sólo habían tres personas. Había llegado mucha gente. Las pisadas y los murmullos de sus pensamientos, sus olores, sus colores, me hacían adivinar quienes eran. Con su mano oscura, estaba tomando la guitarra el Darruy, listo para entonar una canción mexicana de amor que nadie ya recordaba. Sentía el brillo digno y sencillo de la cartera de una profesora, que con los más educados modales me saludaba. Era la tía Mila. Luego se acercó una enorme respiración, como un ropero, y le susurró a mi abuela Nina  -el Ermenegildo Antonio Nomemio..."  Era mi tío Agusto.

A todos los demás, que estaban atrás mío, no los lograba reconocer, pero a juzgar por mis cálculos no deben haber sido menos de quince personas. Y entre todas ellas, como suspendidas a la altura de los regazos, dos guaguas, una de seis meses y la otra recién nacida. Eran dos niñitas que jugaban a flotar por entre la gente y se reían junto a mi abuela, cuando ésta les movía un cascabel. Mientras, yo seguía sentado bajo la frazada, quieto y tranquilo respirando por entre mi sonrisa. Los murmullos casi microscópicos de las personas, que comentaban cosas apenas comprensibles, se detuvieron cuando entró la última persona, un hombre con pasos como si midiera casi los dos metros. Todos se quedaron callados y comenzaron a rodearme. No había levantado la vista, cuando el hombre alto llegó hasta mis espaldas,  y supe en seguida quién era. Su hálito fue la contraseña que sólo yo podía entender. Era mi abuelo Arnolfo y había fallecido hace casi cincuenta años, mucho antes de que yo naciera. Respiré profundo de la emoción, por fin lo iba a conocer. Él me tomó desde las axilas, con frazada y todo, y les dijo a las demás personas, con una discreción como cuando alguien habla en un funeral:
  ...hay que llevarlo.

No había escuchado nunca su voz, pensaba con asombro, nunca lo había visto en persona.... Las demás personas tomaron la silla y me levantaron en andas, como un gran abrazo. Me llevaron retrocediendo, tal como estaba, yo no veía adónde iba. Sólo sentía la tierra seca y las piedritas destellando sonidos bajo la suela de los zapatos de las personas. Pensaba en lo emocionante de volver a ver a tantos seres queridos, iba a preguntarles todo, cómo habían estado en estos largos años, qué habían hecho. Iba a poder conocer a mi abuelo paterno y decirle las tantas preguntas que le tengo guardadas hace años. Ya estaba pensando en chequear mis bolsillos para invitarlo a él y a mi abuelo Tito y a todos, a unas jarras de chicha con naranja. Me relamía los bigotes al saber que iba a comer esas empanadas con que seguramente me estaba esperando la abuela Raquel. Ya me llenaba de felicidad al saber que iba a poder jugar y corretear con las dos guaguitas. Y tirar tallas, y cantar canciones con el René. Y hablar de la hermosa labor del magisterio con mi tía Mila y mi otra abuela. ¿Sabría la Nina que yo también soy profesor? Buenas aventuras me esperaban, pensaba regocijado en mi interior. Y las manos del gran creador de la Geometría, abiertas en la indescriptible altura, miraban caminar en círculos a estas personas, en torno a una silla suspendida con un hombre tapado. Cuando sentí la paz, el vaivén de mi silla palanquín y el calor de la frazada me fueron meciendo, como un arrullo. Hasta que finalmente me dormí...




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