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lunes, 28 de marzo de 2016

EL JUNKERS N°3

–Iiiizquierr....¡¡maarr!!

Eran las primeras dulces notas de un concierto de sirenas que duraría dos largos años, resonando por aquel enorme patio con un centenar de conscriptos en formación. Así comenzó el servicio militar para mi abuelo, en ese mismo 1924 en que los jóvenes tenientes irrumpieron en el Congreso, sable en mano, a anudarles por un rato la garganta a los viñateros parlamentarios del país.

–¡¡MUÉVANSECONCHESUMADRE!!      –expuso a todo pulmón el sargento, casi levantando con el grito las baldosas del piso, al ver que los pobres reclutas seguían ahí parados sin entender su orden inaugural. Como las grandes manadas africanas, cuando arrancan de su predador, estalló en ese momento una estampida de bototos y cabezas rapadas por el campo del regimiento, dejando suspendida en el aire una estela de incertidumbre y temor marcial. Iban todos corriendo hacia un lugar, no sabían cuál, sólo que estaba a la "izquier", lo que tras un ejercicio lógico de transposición auditiva y fonética, podría entenderse como la izquierda. ¿Pero a la izquierda de qué? Y sabían que tenían que llegar casi volando, para no sentir otra vez el bototo del sargento aterrizando violentamente en las antiguas regiones de la retaguardia.

Los primeros días no fueron otra cosa que formarse, pararse, arrastrarse, correr. Pararse como una estaca, luego comerse el polvo del piso haciendo flexiones. Correr más, cucharear porotos con mote, aprender a ladrar. Sólo terminaba esta vorágine diaria cuando a las siete de la tarde los mandaban a acostar, en unas enormes hileras de camarotes, que daban la impresión de ser camas que nunca habían conocido el amor. Luego del ladrido grupal de buenas noches mi teniente, cada conscripto se reclinaba sobre el duro petate como queriendo dormir el sueño eterno de aquellos que conocieron a San Pedro. Algunos no alcanzaban a sentir los pinchazos de la almohada sobre la cabeza y ya estaban roncando. Otros se quedaban mirando el techo, aun sin entender en qué minuto se acabaron los paseos por la plaza del barrio, mirando a las chiquillas. Los del sur, los de Traiguén, los de Carahue, sentían cómo el calor de una lágrima les quemaba los pómulos y las orejas, al recordar su infancia juguetona entre cerros verdes junto al Pillán. Había un par incluso, que se dormían orgullosos hasta no caber en el pellejo, porque ahora tenían zapatos de cuero negro, y dormían en un colchón con sábanas, como si estuvieran hospedados en el hotel Burj Al Arab. Y mi abuelo, cuyos pies le sobraban de la cama por veinte centímetros, se desvelaba adolorido recordando su puesto de trabajo en ferrocarriles, como ayudante de mecánico en la maestranza de San Eugenio.

A juzgar por la bienvenida de las primeras jornadas, para mi abuelo el servicio militar ya se anunciaba como un tormento que tardaría mucho en acabar, haciéndolo exhalar con pesadumbre mientras bruñía el betún negro de sus bototos. Ignoraba que dentro de pocos días, la suerte le iba a volver a sonreír, pues a los pelados que tenían formación en mecánica los pondrían a trabajar en la mantención de unos curiosos artefactos de matar. Mi abuelo estaría destinado a la reparación de una de las últimas adquisiciones del Estado chileno luego de la Primera Guerra Mundial, los Junkers, los primeros monomotores metálicos que el Kaiser Guillermo II de Alemania mandara a construir, para descalabrarle los cachetes desde los aires a sus archienemigos y rivales de la triple cordial.
Así, mientras a los pobres conscriptos del Zanjón de la Aguada o del río Ñuble hacia el sur, les enseñaban a marchar a punta de patadas en el poto y coscorrones que casi les volaban el kepí, a mi abuelo, junto a otros reclutas, los llevaron a conocer lo que en adelante sería un sueño hecho realidad. Junto a sus compañeros Soto, Cerda y Echaíz, bajo las estrictas órdenes del sargento primero Carreño, serían los encargados de arreglar un avión en particular, el Junkers N° 3.

Cuando lo vieron por primera vez, sintieron como estar frente a un dinosaurio, un velociraptor vivo y peligroso recién traído del Jurásico. Lo tocaban como tocando los cielos de Europa en donde combatió, pensaban en cuántas balas de metralla habría esquivado gracias a la mano sagaz de su piloto. Estaban tan felices, que desde ese momento, bajo un mameluco blanco, el olor de las herramientas los marearía tanto como el perfume del vientre de una hermosa mujer. La grasa y las tuercas en los dedos serían joyas y turquesas en las manos del antiguo orfebre judío Salomón. Además que el sargento Carreño distaba mucho de ser un bruto cuartelero: era una enciclopedia en lo que a mecánica se trataba, un filósofo, un sabio de la antigüedad, y ellos serían sus aprendices, sus retoños, sus heredades, como los patitos amarillos que aprenden a nadar en las lagunas, tras las bamboleantes pompas blancas de su madre colosal. No cabían de felicidad, pues pasarían los siguientes dos años labrando los lomos metálicos de aquel flamante as de la aviación.

Y así fue. En fotos sepia quedaron retratados aquellos mudos meses en donde mi abuelo y sus compañeros reemplazaron válvulas y alerones, engrasaron mecanismos y bruñeron hasta el último de los pliegues de aquel motor de la ingeniería del alemán, sacando a relucir de esa chatarra de segunda, una hermosa figura teutona imperial. Mientras los demás conscriptos limpiaban los retretes pestilentes, mientras corrían a punta de gritos hacia ningún destino ni propósito, o mientras tantos otros permanecieron fusil en mano parados en la guardia del regimiento por días y noches, mi abuelo vio pasar hasta el último mes de su servicio militar con un agradecimiento cercano a la devoción, por ser parte de tan entretenida y propedéutica misión. Sin haberlo conocido, estoy seguro de que muchas noches, al recordar los avances de su obra, mi abuelo quiso salir en pijama desde su cama hacia los patios del regimiento, hacia donde estaba su Junkers N°3 y acariciarlo con su cara, como cuando los gatitos se frotan contra las piernas de su amo, ronrroneando en lo más profundo del amor.


Estaba en sus últimos días de prestarle servicio al Ejército, sacándole brillo a un alerón con un montón de estopa, cuando se le acercó el sargento Carreño.


–Muñoz...

–¡Ordenemisargento!   –respondió voz en pecho.

–Oye rucio, ¿no te queris quedar?

–¿Dónde mi sargento?

–Dónde mi sargento, dónde más... ¡aquí poh hueón!  –respondió riéndose–   Pasarías a ser suboficial, como mecánico, vas a quedar con grado... ¿qué tal?

–No sé, mi sargento... es que yo ya tengo un puesto en ferrocarriles. 

–¿Y pa qué te vai a ir con los paisa? ...acá podis hacer carrera...además luego vamos a inaugurar la joyita, vamos a volar. Piénsalo cabro...

No sabía mi abuelo que esa pregunta también se la había hecho el sargento a sus compañeros Soto, Cerda y Echaiz. Lo dejó perplejo, pensativo. Por un lado se sentía bien, contento aprendiendo más mecánica que en cualquier lugar de su mundo. Pero no se veía por otros veinte años levantándose a punta de diana, sin poder salir a pasear con chaquetas y ni sombrero por las tardes. Extrañaba su población de trabajadores, a sus hermanos, a su perro. Además, los tiempos que corrían no eran los más tranquilos en el país. Quién no le aseguraba que un buen día, quizás pronto, tuviera que dejar la llave inglesa y las limas, para tener que agarrar un fusil cargado e ir a pelear por algún bando, o por el gobierno, o por los sublevados, como fue en la guerra de Balmaceda que hablaba su mamá. ¿Y si le llegaba un tiro y se moría? No, prefería llevarse un bonito recuerdo de aquellos días y volver a la sociedad civil, de la cual era su parte esencial. 

Y así llegó a su casa, con una enorme mochila de lona color coyote, luego de dos años de servicio militar, a comer la cazuela con pan amasado caliente que le tenía su mamá sobre la mesa. Recordaría hasta su último día aquella tarde en que se sintió de vuelta en casa, aquella alegría escrita en un plato de comida casera, y que sólo él y su cuchara conocían el fondo. Después de casi dos años pudo irse a dormir siesta y sacarse los zapatos. Estaba en casa, lejos del regimiento, los coros de las suelas marchando por fin lo dejarían dormir en paz. 

A los pocos días, yendo feliz de madrugada por su calle a trabajar, las hojas tibias del periódico matinal lo dejaron inmóvil con el titular. "Tragedia en las costas de Quintero. Cuatro víctimas fatales y un sobreviviente. A las 11:30 de la mañana del día de ayer, el monomotor Junkers N°3 de la Div. Aérea del Ejército de Chile, que despegó desde la Base Aérea de Quintero en su vuelo inaugural, por causas que aun se investigan sufrió un desperfecto, desplomándose sobre el mar, aproximadamente a un kilómetro de la costa. Producto de la colisión, fallecieron en el acto la tripulación, conformada por los soldados Elías Soto, Raimundo Cerda y Carlos Echaiz, todos de 19 años de edad, junto al teniente Anselmo Casale, piloto de la aeronave, de 30 años y padre de familia. El sargento José Carrasco, único sobreviviente al siniestro, logró salvar su vida nadando hasta la orilla y se encuentra en recuperación en el hospital institucional". 

Mi abuelo volvió a caminar hacia su trabajo, como lo hizo hasta los últimos días de su vida. Recordó en ese instante que él nunca había aprendido a nadar.



2 comentarios:

  1. ¡EXCELENTE...SE AJUSTA MUCHO A LA HISTORIA QUE, ALGUNA VEZ, ME CONTÓ TU ABUELO. HAY ALGUNOS DETALLES QUE INCLUISTE, PERO QUE NUCA CONOCISTE NI TAMPOCO TE LOS HICE SABER. DEBE SER DON ARNOLFO QUE ANDA RONDANDO POR AHÍ SOPLÁNDOTE EL OÍDO SIN QUE TE DES CUENTA.
    ESTOY SEGURO SE SENTIRÍA ORGULLOSO Y SORPRENDIDO DE AQUEL NIETO (EL CUAL NO TUVO POSIBILIDAD DE CONOCER), QUE LO ESTÉ VOLVIENDO A LA VIDA MEDIANTE UNA ATINADA PLUMA LITERARIA.

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  2. ¡EXCELENTE...SE AJUSTA MUCHO A LA HISTORIA QUE, ALGUNA VEZ, ME CONTÓ TU ABUELO. HAY ALGUNOS DETALLES QUE INCLUISTE, PERO QUE NUCA CONOCISTE NI TAMPOCO TE LOS HICE SABER. DEBE SER DON ARNOLFO QUE ANDA RONDANDO POR AHÍ SOPLÁNDOTE EL OÍDO SIN QUE TE DES CUENTA.
    ESTOY SEGURO SE SENTIRÍA ORGULLOSO Y SORPRENDIDO DE AQUEL NIETO (EL CUAL NO TUVO POSIBILIDAD DE CONOCER), QUE LO ESTÉ VOLVIENDO A LA VIDA MEDIANTE UNA ATINADA PLUMA LITERARIA.

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