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jueves, 14 de julio de 2016

EL HOGAR

EL HOGAR



A mi abuela


I


La última caída por la escalera, desde el tercero hasta la puerta misma de la señora Yola, fue la que terminó por romperle la cadera.  ¡Esto se acabó! —dijo cansada mi madre, antes de tomar el teléfono y decirles a sus hermanos que mi abuela se iría definitivamente a un hogar.

Y así mismo fue. En menos de dos semanas, mi nonagenaria abuela materna hubo de mirar el marco de la puerta de su viejo departamento de la Villa Olímpica por última vez. Ante sus ojos desfilaron en despedida las calles Lo Encalada y Guillermo Mann, y los caseros de la feria que ella tantas veces pusiera en tela de juicio, o porque los tomates estaban verdes, o muy maduros, o muy caros, o porque eran muy pocos, o muchos, o sencillamente: muy tomates. Todo lo que adornaba el mundano escenario de la vida de los comunes, incluso aquellos raquíticos árboles secos, que algún programa municipal alguna vez plantó y que nunca más regó, quedaron para siempre exiliados de lo que sería su nueva vida y última morada, una blanca pieza rectangular en el segundo piso de un hogar de ancianos. 

La recibió un día domingo una enfermera maciza, con la tintura en la cabellera tan mal aplicada como los payasos jubilados de los circos pobres. La levantó en upas, como a un osito de peluche tamaño king-size, y la dejó sentadita en una silla de ruedas, asustada, con los ojos abiertos ante lo que estaba por suceder.  

—¡Hola mi niñaaa! ¿Cómo ha estadooo?  Tan bonita que estááá…  ¿Cómo se me va a portaaar, bieeen?             —le dijo cantando dulcemente la enfermera, pero con una dulzura similar a las galletas de chuño, ese dulzor cínico y de mierda que te hace conocer el lado triste de las cosas.  

Sin decir una sola palabra, salvo un gemido de dolor cuando la enfermera la tomó nuevamente por las caderas y la recostó sobre la cama, mi abuela en su silencio sabía sólo una cosa: ella sería la próxima viejita en morir sobre ese catre de metal. Una docena de otros viejos lo hicieron antes que ella. Los veía en procesión caminando en el reflejo de los vidrios de la ventana, unos enormes ventanazos que eran capaces de succionarle la temperatura hasta el día más soleado que hubiera en el exterior. Las grietas de las paredes, una y otra vez pintadas con el látex blanco Tajamar, fueron testigos de todos aquellos que se recostaban en aquel último lecho mortal.

Nosotros, aparte del traslado, llevábamos dos días vaciando aquel vetusto departamento de la abuela, sacando muebles viejos, subiéndolos al techo del auto, rociando con Tánax por todos los rincones para ver si algún día las arañas poto de guinda se dignaban a morir. Sólo cuando hubimos de recoger el cuadro del cazador prendiendo un cigarro junto a su perro, una bacinica enlozada y el último alto de guías telefónicas, pudimos pegar un cartel de letras rojas y blancas en la ventana que decía “se vende”.



II


Aquel primer día, cuando dejas a alguien en un asilo, no se te olvida jamás. Te despides de tu abuela, pero no te responde. Te ufanas en contar una realidad linda y compasiva, y lo único que escuchas son las bisagras chillonas al cerrar la puerta. Caminas por el pasillo que da a la escalera y ves a un montón de abuelos sentados junto a un televisor desternillándose de volumen. Te miran fijamente, algunos amarrados a las sillas con sábanas por la barriga. Otros están con una bandeja con jalea sobre la falda y algunas galletas de agua que no piensan comer. Pasar por ahí es como jugar al callejón oscuro, pero que en vez de patadas en la raja o agarrones, los ancianos te echan encima sus miradas, miradas como dedos que te tocan los hombros, miradas como prótesis dentales que te susurran en el oído con sus alientos verdosos y fétidos. Una de ella te cierra el paso y te pregunta amablemente

­—¡Buenas tardes! Perdone que le pregunte, mijito, pero es que me ha sucedido un desaguisado. Fíjese que salí a hacer unas diligencias a la botica (en un castellano casi fosilizado) y…

—¿Y?    —pregunté desconcertado.

—Es que necesito, mijito, que me ayudes, porque no recuerdo cuál era mi pieza…  ­—fingiendo una risa cotidiana.

En eso llegó una enfermera de un país hermano y con sus “ya mamita, vamos mamita pe” la agarró de un brazo y se la llevó cascando, como volantín chupete, hacia la que sería su habitación. Fue ahí cuando conocí a un Noble, a un aristócrata de los hogares de ancianos: Míster Alzheimer.

Yo seguí mi camino, entre las filas de abuelos sentados. Esas primeras veces, caminas como no mirándolos, con un “buenas tardes” mudo moviéndose por tus labios, hasta que llegas a la escalera que baja al lado sur del asilo. Hasta ahí piensas que ya pasó todo. Buscas la salida explorando con tu vista otros largos pasillos blancos. Pero es justamente ahí cuando aparece lo peor, el lugar del hogar en donde dejan a los abuelos pobres, los abandonados, aquellos cuyos familiares dejaron hace tiempo de pagar la mensualidad. Intentas caminar mirando el fléxit blanco, pero el olor a orinas y un alarido te hacen volver la vista hacia el interior de una enorme pieza oscura y café, repleta de camas y de ancianas. Una de ellas se levanta rápido y, con el pañal a medio caer, camina directo hacia ti con la mano en alto. El tiempo en ese segundo se queda pegado, la abuelita ya te está alcanzando y tú no logras caminar. Cuando te despegas, apuras el tranco y cruzas rápido la mampara en donde está el piano y un enorme cuadro del señor Federico Ozanam. Caminas como corriendo, como si te viniera siguiendo la mismísima muerte con su guadaña ancestral. Llegas a la puerta de calle, estás acorralado. Tomas los barrotes fríos y repintados mil veces. Los agitas, pero estos no se mueven. No quieres mirar atrás, aunque sientes que te siguen, miles de abuelos flotando con sus batas y sus andadores.

Sientes la chicharra eléctrica ¡por fin! das un paso y ¡clan! Cierras el portón de metal…

Respiras. Un hondo sentimiento de libertad recorre tus pulmones al reencontrarte otra vez con el mundo de los vivos, entre el ruido y las micros de calle Irarrázabal. Intentas creer que todo lo que viste adentro no existe.

III


Si yo me sentí así aquel día, no quisiera vislumbrar como se habrá sentido mi mamá o mi tía, sus hijas. El sólo escribirlo me remonta a aquellos años en donde, cada domingo, alguno de la familia se ofrecía caritativamente e iba a ver a la abuela al hogar.

Los viejos nunca te reprochan nada, se alegran como un niño al verte. Y a pesar de que la visita no dura mucho, sales con la ropa impregnada a espíritus, a olores de aceite emulsionado mezclado con mangos de bastones.

Recuerdo una de las primeras veces, en una de esas típicas mañanas dominicales en donde todavía mi estómago me tiraba catapultas de piscola y cigarro de la noche anterior. Ahí estaba mi abuela sentada en esas hileras de ancianos, un poco más acostumbrada, un poco menos viva. Cuando me vio llegar, abrió los ojos y le contó con solemnidad a un tata que tenía a su lado:

—Es mi nieto…    (y continuó en tono de susurro, como si estuviera anunciando una buena noticia para toda la humanidad)     …va a ser director de orquesta.

El abuelo, con unas barbas sabias y blancas como del almirante Nef, meneaba la cabeza de arriba abajo, sin entender qué espárragos le estaban hablando. ¿Cómo explicarle a mi abuela que yo ni por si acaso iba a ser el director de una filarmónica? ¿Cómo decirle que era un simple estudiante de pedagogía en historia y que con mucha suerte algún día iba llegar a ser director de una escuela municipal, llena de bellacos y malandrines? No había nada que explicar, pues sin más demora yo ya la estaba escoltando en su rauda carrera, sujetándole el burro por el pasillo que da hacia los comedores.

—¡Estas viejas están todas locas!    —me decía, aferrándose a mi brazo con la misma fuerza que las grúas de los puertos. Y quizás algo de razón tenía, sobre todo cuando pasábamos por la esquina al lado del ascensor, en donde dejaban sentadita a una antigua profesora de matemáticas. Era una venerable ancianita crespa y decrépita, con la mirada perdida en el infinito, dictando la lección a los pocos alumnos  que aún permanecían sentados en los pupitres de su imaginación:

—Doce, mil veintitrés, sesenta y cuatro, ochocientos cincuenta y nueve, diecisiete, cuatro mil doscientos uno, cinco…. ¡¡Diez mil seiscientos cuarenta y tres!!

Las primeras veces me quedé poniéndole atención, como tratando de descifrar si había alguna relación entre los números, o si podía ser una sugerencia para ganarse algún premio del Loto. Pero con los días asumí que sólo estaba senil y seguía mi camino, lento andar con mi abuela viejita colgada del brazo, mientras me contaba que estaba cansada de que las enfermeras le robaran las bolsas de plástico y las pantuflas.

En esas circunstancias, sumado a la resaca, no era difícil mantenerse distraído. Más aun cuando pasaba aquel abuelito flaco y medio espástico, que dejaban amarrado con telas a su colchón. Pasaba caminando encorvado, con el colchón al hombro, en su búsqueda desesperada por la libertad.


IV


Con el tiempo, como una vela que se va quedando sin pabilo, mi abuela se comenzó a apagar. Nosotros íbamos a verla, por ver cómo se encontraba, o si estaba bien cuidada, pero ella cada vez respondía menos. Casi como una diversión prosaica, mientras mi mamá le ordenaba los cajones, que mágicamente los repletaba de servilletas arrugadas, yo salía a recorrer los pasillos del hogar. Ya no me daba miedo pasar por entre los corredores blancos con abuelos sentados, pues sabía que estaban todo el día perfectamente inmóviles. Tampoco bajaba hacia la zona de los “acogidos” pues con los mostos viñateros aun revueltos en mi hígado de bacanal, después de las vendimias sabatinas, el olor a pelelas y pañales sucios de seguro que me iba a conducir corriendo a los baños del recinto, desesperado, a mis desdichadas travesías automovilísticas tomando el manubrio de loza.

Fue así como un día, aburrido afuera de la pieza de mi abuela, mientras mi mamá con mi tía le explicaban por enésima vez que no irían a buscar ortigas al patio para hacerse friegas en las piernas, yo me quise sentar. Miré alrededor y el único asiento desocupado estaba en una banca larga, al lado de un caballero de cejas hirsutas y con una enorme boina sobre la cabeza. Como el asiento era largo, pensé, no le importaría compartir un rato conmigo el placentero y gratuito privilegio que es poder sentarse sobre la retaguardia.

Caminé hacia aquel banco, y cuando me arremangué el chaquetón para posar mis pompas sobre las tablas, el abuelo despertó sobresaltado.

—¡¡EH, CHAVAL!! ¡Cuidado!

Me paré, como si me hubieran puesto un cable con corriente por las verijas, lo quedé mirando asustado.

—¡¡Que allí está José María!! ¿Estáis ciegou…?      —me gritó el abuelo, muy enojado.

En ese momento, cuando pensaba que ya era inmune a las sorpresas de estas instituciones llamadas Asilos de Ancianos, me quedé nuevamente aturdido de la impresión. En mi colección de rarezas contaban viejitas que repetían números aleatorios todo el día, abuelas piluchas corriendo por los pasillos, tatas caminando con el colchón amarrado a las espaldas, ancianas perdidas, ancianas llorando en sus camas gritando largos ciclos de sálvenme por el amor de dios. O la señora que recorría el hogar, preguntándole a todo el mundo si habían encontrado su camafeo con la imagen de la reina Nefertiti, que se le había extraviado. Mi colección se engalanaba con aquel hijo piadoso y sesentón, paseando a su padre en silla de ruedas, un viejo con hemiplegia facial. Su doctora de cabecera, la Doctora Moroni, le había prohibido hablar, moverse, pensar, reír, decir garabatos, tomar vino, tocarse el miembro y menos tirarle las manos a las enfermeras –para qué decir fumar. Pero su hijo, con mucha parsimonia, prendía un cigarro y luego se lo ponía en la boca chueca a su padre, quien a duras penas calaba aquel pitillo como si fuera una delicia, el último fundamento para seguir viviendo.

Tal como en los jardines infantiles, cuando les ponen a los niños los clásicos de Disney como Bambi o Dumbo, y se producen llantos colectivos, a las ocho de la noche, exactamente cuando el segundero hace el clac y roza el septentrión, todos los ancianos del hogar se ponen a lagrimear, llenando los espacios de un clamor como de una orquesta de violas borrachas. Dura sólo unos minutos y luego se calman.

Ya lo había visto todo, la demencia, las heces, los gritos. El Parkinson. Ya conocía a ese hogar al revés y al derecho como para que viniera un abuelo senil y mal genio a corretearme de un asiento que estaba a todas luces… vacío.

Sin querer entrar en diálogo, luego del reto yo sonreí y comencé a retroceder lentamente, como cuando los perros son pillados por sus amos cuando rompen las bolsas negras de basura. No faltaría otro asiento donde descansar, pensaba, quizás uno en el patio, idealmente por donde pasaba la enfermera haitiana que trabajaba en el lugar, que por lo demás, estaba de lo más buena.

—Es que José María es muy tímido, siempre lo fue, desde la escuela…

Era el abuelo otra vez, ahora ya más calmado y con un acento a viejo español rarísimo. Yo me detuve, hurgando en mi cerebro inculto alguna explicación de lo que estaba pasando.

— ¿Perdone?

—Desde que éramos dos chavales, José María era el más tímido.

Si antes ya venía medio desorientado, ahí sí que no entendí nada de nada, ni por qué no me podía sentar ahí, ni por qué el tata hablaba como el gato Jinks. Menos entendía quién era José María.

— Perdone ¿usted es español?     
—¿Espanyol? Catalán ¡collons! …que no es lo mismo.
—Ah… ¿y su amigo, fue al baño?
—¿José María? Qué dices, pues si lo tienes en frente a tus narices…

En ese momento oportuno se abrió la puerta de la pieza de mi abuela y salieron mi mamá con mi tía, con el agotamiento inflándoles las ojeras con bombín y una bolsa con ropa sucia colgándoles de las manos. Yo aproveché de escapar de tan exquisita situación con mi nuevo amigo ibérico, que tan cordial bienvenida me había brindado. Pensaba que era lógico que los abuelos cuidaran tan celosamente sus asientos e incluso que inventaran mentiras. Después de todo, aquel espacio de las sillas en donde posaban sus huesudas caderas era de los pocos lugares propios que les iban quedando en sus vidas. Todos los demás espacios ya estaban invadidos por el mundo de los vivos, como cuando la enfermera entraba a los baños y los empiluchaban, para empaparlos con agua y jabón, o cuando les peinaban las pocas quilinas blancas con una peineta con agua helada y colonia Inglesa y los vestían con ropas de pelele y los sentaban a ver televisión durante todo el santo día. ¿Cómo no se iba a enojar conmigo el abuelo si le estaba quitando el puesto a su amigo? Decidí perdonarlo por esta vez.





V


Recuerdo ese tiempo como algo difuso, con la atención repartida entre los estudios de la historiografía y la inexplicable levedad risueña de ser joven. Deben haber sido tantos los domingos en que visité a mi abuela en el hogar, que no me di cuenta cuando la llave que le daba cuerda por su espalda estaba dejando de girar.

En aquellos años las llamadas telefónicas del hogar eran casi semanales y se ensañaban contándole a mi mamá las últimas malas noticias.  La campanilla afilada del teléfono, que sonaba domingo, lunes y martes, hizo que el pelo cano le cubriera la cabeza, como un colchón de cebolla cortada a lo pluma. Pero un día en particular, creo que jueves, llamaron para avisar que mi abuela se había caído de la cama, que se había pegado en la cabeza y se había partido el pómulo. Esta vez era mucho más serio. Cada uno desde sus puestos partimos corriendo a ver lo que pasaba, porque al parecer la cosa ahora sí era grave.

Cuando entré a la pieza, aquella persona que vi tumbada sobre la cama era alguien muy diferente de la señora que me hacía tortas para mis cumpleaños de la niñez, esa señora ronca y de manos grandes, vitales. En su lugar y con su mismo nombre, yacía sobre la cama una diminuta anciana con los ojos cerrados por un moretón y la boca abierta y acezante. Todas las redondeces de su cuerpo habían desaparecido, haciendo que la piel de sus pómulos, por años alisada con crema Lechuga, dibujaran dos montículos cadavéricos a los lados de su rostro dormido.

Yo sentí cómo el filo de una navaja de afeitar caminaba y se arrastraba por mis amígdalas. Pero era un degüello estancado, que no podía dejar salir las lágrimas, puesto que la situación requería de estar tranquilo y operativo para ayudar a mi mamá. En vez de eso, sólo atiné a poner mi palma sobre los bultos que hacían sus pies bajo las sábanas y riendo, para disimular mi voz de recién cogoteado, pensé en voz alta:

—¡Ay, Raquelita…!

Cuando los verdugos que rondaban mi garganta notaron que el simple tajito no había sido suficiente, salieron en masa desde sus covachas y comenzaron a clavarme con estoques caneros, directamente hacia los rictus de mi cara y hacia las bolsas de los lagrimales. Entonces decidí salir, porque el blanco de los pasillos del hogar estaba sabiamente diseñado para hacer invisibles los sollozos de tantas y tantos que pasan y mueren por ahí.

Me senté en una banca larga a la salida de la puerta, a disimular los estragos que habían dejado los matarifes de mi interior, cuando una voz ya conocida me hizo despabilar. Era el abuelo español que venía arrastrando los pies.

—Haced un espacio, que es la hora de una buena conversa…

Lo miré, sintiendo los ojos como refregados con molidillo de vidrio, como queriendo ocultar por cortesía que no estaba de ánimo para ninguna de sus locuras ni sus modales de viejo refunfuñón. Me corrí hacia un lado y el viejo se sentó al otro extremo de la banca.

—Que te hemos visto apenao. Así que venimos a haceros compañía, chaval…

Ya el sólo hecho de saber que aquel espacio intermedio tendría prontamente a otro viejo locario, me hacía tomar resuello para pararme y salir hacia los jardines a tomar aire. Los azares del naranjo me ayudarían a superar aquel olor a piel de viejo, macerada con tiempo quieto y chaleco de lana. Me sentía antipático, triste, como para dedicar mi paciencia a escuchar a dos abuelos que se morían, pero no de viejos, sino de ganas de conversar. No alcancé a ponerme de pié.

—Contadle, Pepe, de cuando nos subíamos a la higuera… ¿Ah, que se lo cuente yo? ¡Vale, que se lo cuento…!

No sabía si el abuelo me estaba hablando a mi o al espacio vacío que había entre nosotros en aquella banca. Casi en el acto, las lágrimas y el tedio se me desvanecieron, en el esfuerzo sobrehumano que hacía por no largarme a reír. El abuelo estaba hablando solo. Mis labios se apretaron como una almeja, mientras la sonrisa se me alargaba hasta hacerme cortar la boca por la mitad.

—Cuando pequeños, nos pasábamos todas las tardes en el patio de la casa de Pepe, en las ramas de la higuera     —comenzó a declamar el abuelo, mirando el mango bruñido de su bastón—   ¿Lo recuerdas? Toda la tarde arriba, tú teníais tu rama y yo la mía. Cuando llegaba el verano, no había un lugar más fresco en todo el pueblo. Comíamos brevas hinchadas hasta hartar. Pasaban las criadas de tu casa, buscando pichones, sacos de harina del bodegón, todas las cosas para la comida y nosotros las mirábamos desde arriba. Ni siquiera sospechaban que estábamos ahí –decía riendo– pues entre las hojas verdes no nos veíamos, sólo se oían nuestras risas, cuando les arrojabamos pedacillos de tallos por la cabeza…

No sé con qué tipo de encantamiento, la voz del abuelo comenzó a interesarme. Me imaginaba su pueblo antiguo como en café sepia, con los primeros autos del siglo XX comenzando a rodar por los caminos empedrados de España.

—…en cambio los inviernos, joder, qué inviernos… La higuera se quedaba completamente carva. Sus ramas parecían confundirse con el cielo, por lo grises. Pero nosotros íbamos a como diera lugar, todas las tardes, a jugar entre las ramas. A lo lejou se veía el campanario, las cigüeñas cuando empollaban en nidos de paja tan enormes, que hasta podríamos ver a los polluelos abriendo el pico por alimento…Toda la tarde, toda la tarde… hasta que nos salían a buscar, tu madre, Pepe… “Pepe, que ya debéis bajar, que ya es muy tarde...Venga, José María, que tu padre qué paliza os va a dar”…Y bueno, pues entonces ahí bajábamos de prisa, que si el padre de Pepe se enteraba…

—¿Qué les iba a pasar?  —pregunté, ya bastante intruso en la historia.

—Bueno, pues que el padre de José María era militar. Y no os imagináis lo furioso que se ponía cuando Pepe no estaba preparando las lecciones para el colegio. Varias veces le azotó en mi presencia, era un hombre muy castigador…

Así siguió la conversación durante casi una hora, sin poder dejar de imaginar la higuera y el campanario con las cigüeñas. Sólo me tuve que parar porque ya era la hora de partir, salvo para mi madre que se tenía que quedar.

VI


Sin poder explicarlo desde la ciencia, mi abuela cada día se ponía peor, pero cada día resistía más fuerte. Impertérrita en su lecho fatal, alternaba largas horas de sopor con relámpagos fugaces de energía, en donde a voz en cuello daba las instrucciones a sus hijas sobre cómo preparar bien una carbonada de cochayuyo. Y luego se dormía, con ese ronquido del pecho tan característico de los que están a las puertas de San Pedro.

Un día, mientras la cuidábamos durante la tarde, despertó casi de un salto y comenzó a susurrar. Estaba desesperada.

–No quiero curas aquí… no quiero curas. ¡¡Díganle al obispo que se vaya!!  … no quiero a los curas aquí.

Nosotros sabíamos que mi abuela siempre había sido anticlerical, quizá porque en su niñez de Valparaíso algo habría visto bajo los hombres de sotana. Lo cierto es que con mi madre y mi tía nos reíamos, tratando de explicarle la realidad.

–Pero mamá, quédese tranquila, oiga, ¡si es el Melqui, aquí no hay ningún cura!

–No quiero el cura… no quiero que venga… que no me toque… no quiero…  –lloraba desesperada.

En eso alguien golpeó la puerta.

Al abrir estaba mi primo mayor. Venía con una cruz en la mano, la misma cruz de bronce de cuando egresó como alumno emérito de su colegio jesuita. A su lado, su esposa, muy católica también, con un rosario blanco trenzado sobre las manos. Y atrás, vestido con una finísima sotana con estola morada, un sacerdote. Nada menos que el padre Fernando Carvajal Rocablanca, en aquel entonces una de las más altas jerarquías dentro de la Compañía. En su mano fría y pétrea, tenía una biblia y las unciones listas para invocar al caballero de las alturas. 

La escena que vino a continuación fue de aquellas en donde uno desearía tener un fotógrafo personal. Mi madre, mi tía y yo con los ojos abiertos como un chuncho. Mi primo y su esposa, arrodillados, en un gesto de profunda Fe. El sacerdote recitando un salmo en latín. Y mi abuela, barraqueando y llorando como poseída ¡¡no quiero al cura, que se vaya el obispo!!, como si todo el tema de la agonía hubiera sido un puro cuento. Ni el mejor cuadro de Zurbarán hubiera podido inmortalizar aquella tarde de arreboles.

Fueron tantos los gritos y el escándalo, que el cura agarró sus óleos y sus aguas, sus libros  y su sotana, hizo unas cruces al aire y salió caminando rápido por los pasillos. Mi abuela cayó profundamente dormida, luego de tanto gritar.






VII

Desde la cocina de la alta casa de Valparaíso, los gritos de su madrastra atravesaron los pasillos y la llamaron. Ella estaba jugando en otra pieza con su hermanito, medio hermano para ser exactos, un pequeño de no más de cuatro años.

–¡Anda al almacén a comprar un paquete de velas!... y le decís a don Salvestrino que me las anote en la cuenta.

Su hermanito se puso a saltar, entusiasmado con la idea de dar un paseíto con su hermana. Quizás el regaloneo alcanzara para un dulce por ahí…

–¿Puedo ir con…?  ­ –preguntó la joven.
–¡No, él se queda acá!
–Pero…
–¡Anda, te’icen!  –le gritó la señora, con ese timbre de metal oxidado que se encarama a las palabras de quienes sienten un plomizo rencor en el corazón.

La joven, a la sazón de quince años, partió caminando por la calle inclinada, cercana a la fábrica de galletas Hucke, sin saber que en algunos años ella misma trabajaría ahí. Iba con su falda de lana, caminando rápido para volver a juguetear con su hermanito regalón. Al pasar la primera esquina, unos estibadores la vieron pasar, volvían de sus labores con las manos cansadas en los bolsillos del chaquetón.

En las tarde de invierno, los cerros de Valparaíso se van llenando lentamente de luces, mientras los últimos rayos del sol se entrecruzan con las altas grúas de las faenas portuarias. La joven caminaba ligero, con las manos heladas. Ya podía ver aquella puerta de esquina donde se encontraba el almacén de un antiguo italiano avecindado en el Puerto. En la casa, caminando a hurtadillas, el hermanito menor aprovechó el descuido de su madre y cruzó la mampara de la entrada. Un gatito blanco, como esfinge de la antigüedad, se encontraba echado. La joven acariciaba las velas sobre el mesón, mientras el almacenero anotaba unos garabatos en un cuaderno gastado de tantas letras y rayones. El niño corría por la vereda, como un gorrión, por donde minutos antes habían pasado los estibadores. La joven salió de la tienda, con un paquete de velas envueltas en papel de diario y un dulce envuelto en papel de colores metálicos. El niño pasó la fábrica de galletas, respirando el aire dulce de los confites salidos de aquellos hornos alemanes. La joven llegó hasta la esquina y vio a su hermanito hacia lo lejos. El niño la vio a ella. Como cantos de jilguero las risitas le iluminaron la cara y se puso a correr. La joven miró hacia un lado de la calle, por donde venía bajando rápido el tranvía. El niño bajó corriendo desde la vereda, como calculando el vuelo que necesitaría para saltar hasta los brazos maternales de su hermana. El tranvía venía. La joven se quedó helada, ni siquiera tuvo tiempo para gritar. Allá a lo lejos, el chirrido de neumáticos hizo que el gatito blanco meneara las orejas.  Los adoquines de la calle humearon quemados. Unos zapatos de niño volaron por los aires. El paquete de diario cayó desarmado al piso, las velas rodaron calle abajo. Salió el almacenero corriendo a mirar. Los estibadores se voltearon, vieron salir una señora furiosa corriendo desde la casa. La joven gritaba desconsolada sobre el pecho del niño, desfragmentado como un caleidoscopio.

Mi abuela despertó bruscamente ochenta años después, gimiendo con la boca seca sobre la cama de un hogar.
VIII


En un domingo oscuro, se pegó uno de esos temblores que casi cuartearon las panderetas del hogar. Mi abuela moribunda curiosamente seguía con vida, un hilito de vida. Como no había nada que hacer, más que simplemente estar allí, decidí salir a dar un paseo por los pasillos, casi como una diversión masoquista. En eso iba cuando divisé a mi viejo amigo catalán, sentado en uno de los escaños del patio de las naranjas amargas. A esa altura del partido ya nos habíamos hecho casi amigos, el reto del primer día había quedado en el olvido. En largas tardes me sentaba a escucharlo, cómo fue creciendo con su amigo José María –que seguía sin conocer– y cómo se divertían en la adolescencia en aquel pequeño pueblo catalán. Ese día me recibió con una alegría inusitada, con su típico “eh chavar…”, lo que interpreté como una invitación de esas que hace la gente antigua cuando te dice “asiento, cerveza y conversa gratis”. Sólo que no tenía cerveza, obvio, porque las enfermeras del hogar resultaron ser unas tiranas, y si le llegaban a pillar una Pilsen a algún viejo, se la quitaban de cuajo en el acto.

Dentro de todo lo triste que estaba, porque se iba a morir mi abuela, el sentarme junto al viejo de boina me trajo tranquilidad, por lo menos durante una hora iba a poder escuchar sus diabladas.

–Hombrei, quien te viera con esa cara diría que no andas en tu mejor día…

–Sipo, don Manolo…      –así se llamaba–    es que mi abuela ta que estira la pata…

–¡Joodé! En este puto hogar de criadillas se nos están muriendo tóos. Me cago en diez. A este ritmo no quedará ningún abuelo para nochebuena eh…como no lleguen otros amigos, estaré yo solo con el portero y un ramillete de enfermeras feas, pues las mozas ya han renunciado todas… Me cago en la puta vida.

–Oiga, ¿y su compadre?

–¿José María? Pues Pepe no se ha sentido bien hoy...

–¿Y qué le pasó?   –pregunté preocupado, a tono con el tiempo de desgracias que se avecinaba.

Ahí comenzó a contarme algo que yo ni siquiera había comenzado a entender. Todo partió cuando el padre de Pepe, el militar, lo mandó a estudiar de interno a un colegio de curas en Navarra. No fue tan difícil que lo admitieran, considerando la enorme amistad de su padre con la congregación, sellada con largas veladas de tertulia de queso manchego con clarillo. El día en que se despidieron, como buenos amigos inseparables, Pepe le juró a Manuel que lo vendría a visitar todos los veranos y que se subirían todas las tardes a las ramas de la higuera, a ver como pasaban sus hermanas. Y partió. Manolito lo vio caminando con su maleta como quien se adentra en un mar con niebla. 

Los jóvenes españoles de aquellos años raramente salían más allá de los límites de su pueblo. Un día nacían ahí, en alguna cocina, con alguna partera. Luego se hacían niños, y jugaban con todo aquello que pudieran imaginar, palos, cordeles, piedras, cantos, porque aparte de eso, los trenes de madera y soldados pintados estaban reservados para las familias enhiestas. Luego dejaban el colegio y se ponían a trabajar en las siembras o en los talleres, se casaban y tenían por lo menos una docena de hijos, algunos vivos y otros quedando en el camino. La piel se les iba secando en la cara, el rostro se les tallaba a cuchillo. De tanto jamón, uno a uno se le caían los dientes. Un día tomaban una gripe, un cura los untaba con los aceites y listo. Se morían, bajo el concierto de campanas de la capilla local. De una u otra forma, Manuel sabía que su amigo, su compañero del alma, ya no volvería más. José María partía sobre una carretela con un baúl lleno de infancia, de juegos y de hojas de higuera.

–Entonces al poco tiempo mi padre me puso a trabajar. ¡Que ya estaba bueno de tanta lecció, debéis haceros un hombre, con las manos empuñando la vida! me decía. En ese entonces yo tenía quince años, pura fibra, como una estaca…

Y conoció lo que eran las herramientas, las faenas, la paga y el aguardiente. Me contó cómo conoció a su primera mujer. Me contó cómo se vivía en la República.

Y cómo llegó la guerra.




IX


–Chucha, ya… voy altiro.    –colgué triste el teléfono aquel domingo de mañana. Mi abuela había muerto.

­­
Luego de casi cinco años, una madrugada dominical mi abuela cerró los ojos y pudo sentir el aire fresco del mundo fuera del Hogar. Al abrirlos, vio un grupo de conscriptos del Regimiento de San Bernardo. Dentro de ellos, uno especial. Era un joven bien derecho y rubicundo. Sentada en una banca de la plaza, ella sintió que los ojos del recluta, azules como un vitral, le habían caído encima. Y suspiró profundamente. Su vida de niña se desvaneció como un mal recuerdo. Su vida de adulta y los sinsabores nunca existirían. En ese momento sintió la felicidad pura y todo lo bueno que puede albergar el corazón humano. 

Y se unió a la eternidad…




X



Al vaciar las cómodas de una abuela, la ropa se siente suave como una felpa. ¿A dónde van a parar aquellas blusas, aquellas mantillas que tantas tardes sirvieron de calor en los hombros? Como en la tierra no se han inventado ni los anaqueles ni los armarios precisos para guardar tantas cartas de amor y tantas ropas anticuadas, generalmente éstas terminan en el piso de una feria persa.

La pieza se enfrió paso a paso, desde que sacamos todo aquello que pertenecía a mi abuela, y por supuesto, a mi abuela. Una semana después, el cuarto volvió a ser un poliedro blanco, simple como una idea, con una cama sin sábanas y una ventana sin cortinas. Lista para recibir al siguiente, en este ciclo de la vida que aprendemos desde que comenzamos a vivir.

Era la última vez que pisaba aquel lugar. Ya me había acostumbrado a todo, a los abuelos, a las enfermeras, a la soledad tallada en las colchas cuadriculadas. Mi madre tenía que firmar unas cuantas cosas y ya nos podríamos ir.

En eso estaba cuando divisé a mi viejo amigo Manuel, me estaba haciendo señas con la mano desde lejos hace varios minutos. Correspondía que me fuera a despedir de él, después de todo me había regalado casi un centenar de horas de conversaciones y anécdotas de España.


–Qui’hubo don Manolo, cómo está…

–Bueno, pues preferiría estar muerto. Pero bien, bien.

Le conté que mi abuela se había muerto y vi en su cara tosca y cejuda un ligero tono de envidia, muy difícil de entender para los más jóvenes. Como era la última vez que lo vería, quise preguntarle algo que llevaba hace años queriendo preguntar. Pero no me atrevía, porque quizás iba a desenmascarar su evidente demencia senil o algo peor, despertar una furia mayor a aquella que me mostró el primer día que hablamos.

–Oiga don Manolín, dígame la firme: ¿dónde está su amigo José María?

El abuelo abrió los ojos y me miró fijamente, por largo rato. Luego miró el mango de su bastón.

–Estábamos cerca de Segovia, acampando en medio del monte. Deben haber sido las cinco y media de la madrugada, que no se veía nada de nada, el cielo estaba completamente oscuro. Nosotros los milicianos éramos no menos de cuarenta, todos dormíamos acurrucados en nuestros mantos. No podíamos tener lumbre pues los militares ya nos pisaban los talones. Yo recuerdo haber estado despierto, llevaba semanas sin poder dormir. Ahí comenzó el todo… fue una lluvia de balas que parecía rajaban los árboles. ¿Habeis estado alguna vez en un tiroteo?

Yo estaba helado. Sólo menee la cabeza.

–Cuando comienzan los tiros, sientes que tu sangre se transforma en aguardiente, se te enloquece el corazón de miedo, de hielo, de gritos, sientes las balas silbando por la cabeza. Mis compañeros fueron cayendo uno a uno. Esa noche, muchachou, esa noche yo vi morir. En la oscuridad ya no sabía si lo que tenía en mis manos era un fusil o una rama de un árbol, o si lo había dejado tirado. No sabía si tenía balas. Sólo veía el negro de la noche, cruzado por los destellos colorados. Logré ponerme de pie y arrancar monte arriba, tropezando con cabezas rotas y gritos, y hombres tendidos boca abajo. Los ojos abiertos, sólo se sentía el olor a sangre y los gritos. ¡¡Venga, hijos de puta, que aquí tenemos cojones!! Les grité… mientras arrancábamos los pocos que seguíamos vivos. Estaba temblando de pánico. No sé cuánto habremos corrido que en el cielo comenzó a aclarar. En un momento me senté en un árbol a descansar, la boca me sabía a tierra y almizcle. No tenía resuello para seguir corriendo.

Yo ya me había sentado al lado del viejo, esto iba directamente rumbo a un camino sin retorno, o el viejo estaba chalado como una cabra o era la mejor historia que había escuchado en mi vida.

–No había terminado de aclarar  –continuó el viejo– cuando desperté. Estaba todavía sentado a los pies del árbol, todo mojado por el rocío. No sé cuánto habré dormido. Ahí fue cuando sentí un cosquilleo helado en la frente, un círculo. Y coño, al abrir los ojos vi que era el cañón de un fusil. No podía ver bien, estaba mareado. El soldado tomó el arma y me asestó un golpe en el estómago con la culata, que me dejó tendido. Sólo recuerdo que no podía respirar… 

–¡Mi comandante! gritó… ¡Permiso para fusilar a este hijo de puta!         


…¡Concedidou!   –se escuchó a lo lejos.

–Y comenzó a darme de patadas, me levantó a golpes con el fusil. Me llevó andando cerro abajo. ¡¡Levántate hijo de puta!! ¡Anarquista! Y me daba nuevamente en las costillas, mientras yo caminaba con las manos sobre la nuca. Estaba rendido. Con tantos golpes todo se me daba vueltas, sabía que pronto llegaría mi hora.

–¡Arrodíllate! Yo me arrodillé, casi sin aire. Las manos en alto. Pensé en mi madre, en mi pueblo allá lejos en Catalunya. Recordé por última vez el cielo y las ramas de la higuera. Sabía que en cualquier momento sucedería. Cerré los ojos, esperando el disparo... cerré los ojos, esperando el disparo... el disparo... disparo...

–¿Y qué pasó?   –pregunté.

–Que el disparo no llegaba…no sabía cuánto tiempo había pasado ni me atrevía a mirar atrás. Sólo sentía pasos, sonidos mudos, como de telas. Miré hacia atrás, sabiendo que esa sería mi sentencia de muerte, aunque lo mismo era, pensé, si de todas formas me iban a disparar. Miré con el rabillo del ojo y vi al soldado de espaldas. Se estaba quitando el uniforme y las botas, la gorra, todo. El fusil lo había tirado en el piso. Volví la mirada al frente y levanté la cabeza. Miré nuevamente. Ahora el soldado estaba un poco más lejos, jalándole los pantalones de un muerto, enredados entre sus piernas tiesas. Le sacó las botas y se las puso. Luego le quitó la camisa llena de sangre y se la puso. Yo volví la vista. No sabía qué estaba pasando. El soldado se me acercó, llegó hasta mi espalda.

–Venga, ayúdame a ponerle el uniforme al muerto. Nos vamos a casa, Manuel    –me dijo el soldado, mientras se sacudía la tierra de la camisa. 

Era la voz de José María.




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