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jueves, 11 de agosto de 2016

ELECTROMICINA

 La primera vez que conocí el infierno fue una larga noche, hace varios años, en esa interminable travesía por Vespucio que une el paradero 25 de Gran Avenida con Plaza Egaña. Todo comenzó cuando el doctor, unos días antes, había escrito en la receta la palabra Electromicina. Esto fue lo que sucedió:
Luego de mucho pensarlo, una mañana decidí ir al médico. Ya no aguantaba el dolor. Cada vez que me agachaba, me hervía la sopa de porotos que tenía entre el cerebro y la cuenca de los ojos. Sabía que ir a la consulta podría significar una buena inyección por el trasero, o un reto del galeno por salir con el pelo mojado todas las mañanas. Pero también sabía que si no recibía atención médica pronto, corría el riesgo de irme cortina de un paraguazo.
Cuando el doctor firmó la receta, con la voz temblorosa le pregunté si era inyectable. Él puso cara de eructo, me miró como si yo fuera una gallina clueca de veinte años, y me dijo tranquilo muchacho, es un antibiótico oral. Aquí tiene, una muestra médica, cortesía de la casa. Una cada ocho horas, durante dos semanas.
No sabía por qué el doctor se reía mientras se despedía. Yo sólo deseaba tragarme la primera grajea y esperar por mi salvación. A la salida de la consulta, abrí la cajita de las píldoras, me puse una en la boca, le pegué el sorbo al Kapo y ¡glug! me la tragué. Tenía un sabor espantoso y muy difícil de describir, parecido al que sentí en la boca cuando niño, cuando nos llevaron de paseo educativo a la fábrica de Soprole. La píldora cayó en mi estómago y fue igual que haber liberado un chacal en la jaula de los conejitos bebés, un ejemplar montuno, gruñendo de famélico y listo para triturarlos de  a uno por uno.
No había transcurrido ni una hora de haber comenzado mi tratamiento anti sinusitis, cuando ya estaba aceptando una invitación a un cumpleaños, luego de una llamada telefónica de mi gran amigo Sáez. —Este cabro está más loco que una cabra, ¿no viste que quiere salir? — dijo mi madre preocupada, mientras mi papá pensaba en la naturaleza misma, que hace que los jóvenes medios zopencos (como yo) tengamos que aprender todo a porrazos.
Aun así, mi mamá se las ingenió para que comiera un buen plato de garbanzos antes de salir, quizás pensando, por último, que las legumbres templarían mi estómago ante la ingesta vitivinícola y dejarían mi cabeza tutelada ante la tontera juvenil.
Bien perfumado y listo para la sandunga, partí en la micro que me llevaría hasta la comuna de El Bosque, donde me esperaba el bacilón. Yo sabía -y mi amigo me había advertido- que en su casa no había muchas comodidades. Su familia era re pobre, pero lo que les faltaba de peculio les sobraba de corazón. Nada de eso me importaba, ya podía sentir la música y el aroma del botellón, mientras miraba cómo las luces de Santiago pasaban por mi ventana. No había cruzado la Plaza Egaña cuando sentí el primer relámpago intestinal.
Me bajé en Los Morros en casa de mi amigo, luego de cuatro infartantes retorcijones ocurridos mientras venía por la Gran Avenida. Mis amigos me esperaban en el paradero, ya que a esa hora hacían sus paseos nocturnos El Guagüi y El Cacuca, dos famosos cogoteros del barrio, adictos a los pipazos de pasta base. Como me vieran caminando por ahí, me hubieran pegado unos buenos estoques por las tripas y me hubieran robado hasta el apellido. Pero ahí, con mis amigos, yo me sentía feliz, seguro, como un principito fifí paseando junto sus vasallos del pueblo.
Cuando íbamos llegando al encuentro vino el quinto retorcijón, esta vez con sudor helado en mi frente desesperada. Me detuve en marco de la puerta de entrada, apoyé la helada cabeza sobre mi brazo. No podía dar un paso más. Lo único que escuchaba eran los martillazos que daba el papá del Sáez, que estaba acuclillado en el suelo junto a mí. Estaba arreglando una silla, con la cara totalmente absorta en el pasado. Recordaba aquella mañana de septiembre cuando aún era un joven cadete. En sus recuerdos escuchaba a su teniente —¡¡Un paso al frente los que están con el gobierno de Allende!! — gritando en tono militar. Luego se veía a si mismo dando el paso, aquel fatídico paso que le arruinó todo su porvenir. Se recordó luego tendido en las baldosas de la Escuela Militar, recibiendo una feroz pateadura de todos sus compañeros de generación. En eso despertó de su pasado, levantó la cabeza y me preguntó si estaba bien.
Quienes hayan pasado por esos calvarios, sabrán que de un momento a otro, uno se siente bien. Es un alivio tan grande, que se te olvida el retorcijón y todas las ganas de ir al baño. Eso mismo me pasó a mí, fue como volver a la vida. Me puse a conversar con mis compañeros, a reír como caballo bajo las hechicerías del alambique. Pero no pasaron cinco minutos antes de que viniera el próximo retorcijón, mucho más fuerte que el anterior, que casi me hizo resbalar el vaso de la mano. Sin embargo estaba tranquilo: ya estaba en la casa de mi amigo, y aunque fuera una casa pobre, podía ir al baño.
—Oiga, compadrito— dije en tono cortado por la desesperación —préstame el baño, por favor.
—Claro, pasa…
—Y dónde está…
—Ahí— me señaló con el dedo.
El carrete era en el humilde living de su casa, un cuartucho de tres por cuatro en donde todos cabíamos bien apretados. El dedo de mi amigo señalaba un rincón, donde había un pasillo y una entrada oscura.
—Ahí está el baño compare. Eso sí, no tiene puerta…
En ese momento recuerdo que me quise morir. O llorar. Me acerqué hasta el baño por entre la concurrencia, entré y me paré junto a la taza. Apoyé mi frente fría nuevamente en la pared, porque ahora el retorcijón se había transformado en algo infernal. Tragando sapos y culebras, tomé aire y salí muy tranquilo por donde mismo había entrado, a confundirme entre los vasos de la multitud. Eran las once y media de la noche.
Como un cuadro impresionista, las risas, las personas y los vasos se volvieron pinceladas monocromas ante mis ojos. Los minutos caminaban echando bocanadas de segundos, que luego de un suspiro volvían a engullir. Los minutos salían de las bocas parlanchinas como cubitos juguetones. Los segundos eran burbujitas rozando los hielos de los vasos. Yo iba de grupo en grupo, tratando de escapar de los mareos de la desesperación. A ratos me recuperaba y me reía. Luego me ponía a caminar a tumbos, porque sentía que ya no podría aguantar más. Planteaba hipótesis en mi cabeza, sobre ir al fondo del patio y luego culpar al perro. O preguntarle a mi amigo si por casualidad no estarían construyendo otro baño en su casa, o si a las 3:00 am tenía algún vecino que estuviera despierto y me prestara el suyo. Pasaba el retorcijón, me servía otro copete. Ésta vez tomaba por desviar mi atención, lo que hace que la Coca Cola se sienta más mala y el ron más rasca. Y las horas transcurrieron atolondradas, algunas de cientos de minutos, otras como un segundo, mientras yo me retorcía bajo una diarrea que sólo clamaba por nacer.
En un momento, luego de haberme sentado en el piso, me puse a escuchar las verborreas alcohólicas de mi compañero Pilsen, que extrañaba mucho a la loca, que él era un tonto, que él y nadie más que él la había amado, y él la había perdido, así, en un ciclo eterno de palabras aguardentosas, interrumpido cada cierto rato cuando se acercaba la botella de Control a la boca y se mandaba los pencazos. Yo, simplemente, rezaba. No a dios ni con avemarías, sino como los monjes del Tíbet, como flor de loto, tratando de llevar mi mente y mi cuerpo a otra galaxia llena de wáteres y revistas de peluquería.
Luego de horas de meditación llegué a la conclusión de que nada existía. Las normas sociales son simples paredes de aire, que los dolores del cuerpo y los colores de las flores no son más que engaños de nuestros sentidos, sombras al fondo de la caverna de la apariencia. Mi pensamiento se iba profundo, deconstruyendo las palabras hasta su esqueleto etimológico y su concepción axial. Escuché las enseñanzas milenarias de Empédocles sobre las oraciones y el sentido de la razón humana. Miré a los ojos al bien y al mal, eran la misma persona. Subí hasta las galaxias y contemple a nuestro planeta invisible, dentro de una constelación no más grande que una mota de polvo. Me estaba acercando al origen, al punto virginal, a la esencia de la energía, la materia, de los reinos animales, protista y mónera. Recorrí los lagos temporales, las figuras geométricas que ordenan nuestro cosmos, cuando por fin llegué a una conclusión hacia mi interior. Abrí los ojos, lavados de lágrimas de emoción y dije en voz alta:
¡Por la mierda, ya no aguanto más…!
Mi amigo Pilsen ni siquiera puso atención a mi revelación, ni se percató cuando me paré como un resorte. Él seguía sentado y lagrimeando, meciéndose como una góndola veneciana y jurando a puño cerrado “ella va a ser mía, yo la voy a recuperar, wn, lo juro”. A duras penas caminé hasta el baño sin puertas, mi determinación no tenía límites. Yo voy a cagar, voy a cagar, repetía como un mantra. Crucé el umbral del baño sin prender la luz. Corrí hacia la taza. Me bajé los pantalones, me arremangué el chaleco y la camisa y lentamente comencé a acuclillarme. Pero cuando estaba a medio camino, casi a punto de sentir la fría loza ojival, ¡clic! se prende la luz y entran dos amigas a mear.
—Ay, perdón… —me dijeron entre risas, mientras yo me subía como un rayo los pantalones.
En ese momento, a las seis y media de la mañana, ya había perdido toda esperanza y dignidad. Me quería morir. Pero al mirar por la ventana supe que no todo estaba perdido. Había llegado mi salvación. Estaba aclarando.
Me dirigí hacia mi amigo y le pregunté si ya estarían pasando las micros. Me quedó mirando extrañado.
—¿Pero por qué te queri ir tan luego, wn?¿Lo tai pasando mal?
Yo quise salir diplomáticamente de la situación, aclarándole que tenía que llegar temprano a cuidar a mi abuelita, que estaba postrada y además tenía que acompañar a mi mamá a la feria, y luego tenía que estudiar, sí, estudiar mucho porque….
—¿En serio, wn?
—¡¡No, eso es pura paja, lo que pasa es que estoy que me recago!! —pude decir al borde del llanto.
Las pocas personas que quedaban en el carrete se quedaron en silencio. Luego se largaron a reír, mientras un decimonoveno retorcijón se ponía a bailar loncomeo en mi interior.
A pesar de que el Sáez me advirtió que no iba a haber micros, nos despedimos muy cordialmente y me puse a caminar hasta la Gran Avenida. Los Morros amanecían plácidos, las calles eran pacíficas cuadrículas de bruma. La gente en sus casas estaba dormida, luego de miles de horas de semana laboral. El aire frío me hizo reconfortar, me hizo sentir seguro caminando por las calles de una ciudad que también era mía, aunque viviésemos tan lejos. Los perros y el microtráfico por fin se habían ido a acostar. Sólo reinaba la tranquilidad.
En eso iba caminando por Claudio Arrau cuando sentí un chiflido culebriento.
—¡¡Oeee!! ¡¡Oe logoo, paha una moneaa po, guashoguliao!
Eran el Cacuca y el Guagüi que venían corriendo a una cuadra. Blanco como un papel, me puse a correr como un petardo. ¿Pero qué puta hacen estos malvivientes a estas horas?¿No deberían estar durmiendo todavía, con el celebro aniquilado de tanto aspirar el Neoplén? pensaba, haciendo esfuerzos sobrehumanos para no recagarme con la carrera.
En eso llegué a Gran Avenida, como una gacela bebé perseguida por una jauría de hienas famélicas. Como resultado de las imploraciones de todos mis ángeles de la guarda, justo en el paradero estaba partiendo mi micro amarilla. Me subí rápidamente, rogando que mis nuevos amigos no se alcanzaran a subir.
¿Tai que te cagai de miedo? —Me dijo riendo el chofer mientras partía.
Sí, hace rato…
Me senté con los ojos cerrados, sobándome la enorme barriga de cinco meses de gestación, obviamente no de bebés. Pensaba en los niños pequeños, que cuando cierran los ojos creen que el mundo desaparece. Y así quería yo que pasaran las cosas: que mis retorcijones me dejaran volver a casa, que la micro avanzara rápido y sin saltos. Que no se subieran a vender calugas, ni canutos predicadores, ni ciegos guitarreros. Esa mañana odiaba la música. Pero lo más importante, no quería que se subieran ni el Guagüi ni el Cacuca, porque lo más probable es que me iba a cagar hasta las zapatillas de Chapulín que andaba trayendo.
Así pasaron los paraderos y las esquinas, las señoras que partían de madrugada a comprar a la feria. Mi última esperanza estaba en Vespucio, símbolo de nuestra modernidad de tigres de Sudamérica. Pero cuando la micro dobló por la circunvalación, desde la mismísima Gran Avenida, se encontraba habilitada una sola pista y llena de baches, pues era el tiempo en que se estaba construyendo la Autopista Express. 

Mi exhalo de amargura curiosamente me trajo paz. Me rendí. Relajé todos mis esfínteres. Sabía que ya había combatido lo suficiente, había aguantado más que lo que cualquier humano puede aguantar. Todo lo que quedaba era dejarse morir, disfrutando los últimos instantes de esta vida que comenzó con una concepción, un 18 de septiembre de 1982. Y me dormí. Pensé que si me llegaba a hacer, sería en el mejor de los sueños, como la mejor de las muertes, y no sufriría la vergüenza ni el oprobio de las señoras sentadas a mi lado, con sus carritos de feria, que comentarían disgustadas sobre este chico que se cagó.
Como había pasado la noche en vela, me bastó un simple acomodo de cabeza en el vidrio para quedar profundamente dormido. Comencé a ver aquella mañana de mi niñez, en donde iba caminando con mi mamá y mi tía, cuando una señora con bolsas le sobrevino un tremendo infarto y se fue de espaldas. Le sangraba la nariz, ésta se esparcía por sus muñecas y por su reloj de vieja. Alguien gritaba por una ambulancia. Debo haber estado tan chico que tenía el dedo metido en la boca, más asustado que la chucha. En la rapidez de la circunstancia, se detuvo un taxi como de los ochenta, un Chevrolet Impala gigantesco y se llevaron a la señora. El sol en el cenit era inconfundible en esos veranos, hacía que los adoquines del piso ardieran. De seguro que con la impresión terminé llorando, todavía con el dedo en la boca y mi corte de callampa todo desaliñado. Veía a través de las lágrimas, pues todas las formas de la calle se blandían por el calor, los autos descoloridos con olor a bencina, un viejujo vendiendo helados de agua. Miré a lo lejos a una esquina, donde estaba la imagen de un enorme castor sobre un tejado falso. En colores naranjo y azul se veían unas letras tan familiares, como el sabor de las monedas, cuando las chupabas como dulces cuando eras niño. Trataba de enfocar mi vista entre sueños, tratando de descifrar aquel slogan junto al castor. MarainiLetier, Marmenini Lelelier… Marmentini... ¡Marmentini Letelier! —grité entre sueños. Era el supermercado Marmentini Letelier que estaba en la Plaza Egaña.
¡Chucha, la Plaza Egaña!     —desperté de un salto.
Abrí los ojos, medio atontado. Antes de verificar si ya estaba hecho una inmundicia y lleno de moscas, apunté los ojos hacia el horizonte. Efectivamente, no sé ni cómo ni porqué estaba llegando a la Plaza Egaña. Milagrosamente, la criatura que engendraba en mi colon maternal todavía no había sido dada a luz.
Me bajé de la micro a tropezones, tomé resuello y dí mi primer paso. El primer tranco de la carrera más rápida que he hecho en mi vida, mucho más que cuando me salió persiguiendo el Keth, que era el tierno doberman de mi vecino. Ya no sentía sueño, ni mareos. Es más, creo que no sentía ni mis piernas ni las manos. Y para qué hablar de mis intestinos e interiores, seguramente todos calcinados. Pocas veces en la vida he vuelto a sentir el viento en mi cara como aquella mañana. Las veredas y las esquinas asemejaban los rayos de una bicicleta en movimiento. Tras mis pasos, todas las hojas y las colillas de cigarro se levantaron hechizadas, y comenzaron a seguirme como una nube. Era un cometa, el cometa de la libertad de mis pobres tripas encendidas desde hace casi doce horas de dolor. No vi luces verdes ni rojas, ni los insultos de los automovilistas que casi se tuvieron que parar en los frenos para no arrollarme. Gritos y neumáticos, para mi eran vítores, como cuando Abebe Bikila llegaba a las metas de sus maratones. Hasta que apareció la puerta de mi casa.
El último retorcijón fue en el portón de entrada, me hizo caer de rodillas el desgraciado. Sentí un relámpago recorriéndome todo el cuerpo. Quise convulsionar, pero habría sido una derrota poco honorable, luego de haberme portado tan bien. En ese momento decidí vivir, aunque eso significara mi muerte.
Con los ojos cerrados, retorciéndome de dolor, saque las llaves y abrí. Me arrastré por el living callado, todo el mundo dormía. Subí las escaleras como hacen las culebras indignas, que se resbalan entre sus propios aceites y la mugre de los suelos. Con mis últimas fuerzas abrí la puerta del baño. Lo último que vi fue la taza.
A los pocos segundos, todos los pajarillos de mi manzana, que despertaban esa mañana entre sus nidos y sus huevitos, salieron volando despavoridos.
Eso sí que fue una felicidad degenerada. Mientras daba a luz, recordé todo lo lindo de mi vida al mismo tiempo. Cuando me regalaron mi primera bicicleta, cuando me daban yogurt con Nestún, cuando me ponía a mear en las plantas del jardín sin culpa, cuando miraba las luces del árbol de navidad, cuando imaginaba carreteras con mis autitos... Y mil cosas que, definitivamente, por los niños de África y por los impotentes sexuales, no sería justo de narrar.

Mis intestinos descansaban en paz.
De mi odisea por el infierno, ya se han escapado muchos recuerdos. Las palabras anteriores son simples bosquejos de una rara noche que se transformó en una rara agonía. Lo único que puedo decir, tras haber caminado descalzo sobre los vidrios rotos del calvario, es que a las pocas horas, luego de haber dormido y desayunado, desde el puente del canal San Carlos pude ver alejarse por entre las aguas, una cajita de mierda de cartón, inscrita con la palabra: Electromicina.


¨¨¨¨

A mi gran amigo, Cristian.

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