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martes, 20 de septiembre de 2016

LA PISCINA FAMILIAR

Los “domingo familiar” para los Miranda (que obviamente no eran Miranda), semana a semana, eran un verdadero dolor de cabeza. Con las esperanzas cada vez más gastadas, llegaban los hermanos y sus hijos a la casa patriarcal, pensando que sería un domingo bonito, donde se reirían de algo simple, o tendrían una conversación relajada. Ninguno quería asumir ese nudo en el cuero cabelludo que les daba semanalmente, mucho antes de poner la mesa y que les hacía saltar los pies como una temblorina, rogando porque fuera una hora prudente para irse rapidito a casa.

Los antiguos griegos, sabios observadores del Hombre, descubrieron algo muy simple. En el mundo, la hermosura, la música, la gracia de una buena conversa, de un pensamiento interesante, de una edificación armónica, y todo lo que nos hace querer vivir, tiene algo en común, una energía vibratoria simpática y constante: el Egregor. No se ve, pero se siente cada vez que una circunstancia nos queda en la memoria como un momento feliz. No se predice ni tiene ingredientes fijos, a veces ocurre y otras veces basta una simple gota para que desaparezca.

Como un hecho curioso dentro del mundo, que hubiera hecho pensar a los griegos, los asados dominicales de los Miranda tenían los ingredientes exactos para desarmar el Egregor y convertir la reunión en un cónclave de electrones con ropa, que sólo querían salir disparados de ahí. Cual si fuera una maldición, la cantidad de sal en la sopa, el florero que dio vueltas la cría de miéchica, o cualquier cosa, bastaban para tensar el ambiente como la última cuerda del piano, al punto de cortarse.

Pero como no hay mal que dure 100 años, el exabrupto del último domingo, el peor, generó que todas las fuerzas por años circundantes de aquella familia, se juntaran en una batalla entrópica, explotaran y produjeran un nuevo amanecer. Todo comenzó cuando una de las hijas propuso que se hiciera una piscina.

Lo que comenzó como un comentario, terminó en menos de 10 segundos en asunto casus belli, en donde las acusaciones de arribismo, cicatería, falta de atención en las clases de matemáticas en la básica, falta a la probidad, gula, hasta el “siempre como el chilenito, pensando en chiquitito”, fueron el baile desgreñado en una mesa llena de platos con jugo de carne y ensaladas mustias de tanto limón y sol. La madre lavaba los platos. El padre, como siempre, callaba.

–Pal caso…si pa ponerte pal asao con 10 lucas, llorai una semana, ya estoy viendo cuando haya que pagar la primera cuota de la piscina…     –replicó una de las hermanas, con los ojos remojados en Sirah.

–¡YAA, ME CABRIÉ!   –interrumpió el padre–    Ya que están planeando hacer una piscina aquí, en mi propia casa y creyendo que con la mamá somos un par de viejos de cartón, sin derecho a voz ni a voto, la decisión de la piscina quedará en mis manos. No se molesten en pagar, ni en nada, ya me tienen las verijas hinchadas. El próximo domingo van a ver una piscina llena de agua y se acabó el escándalo.

Los comensales quedaron mudos. El papá se levantó, con más ganas que las mil putas de que se pararan todos y se fueran a sus casas, para poder dormir la siesta, el restito de domingo que aún le iba quedando. Todos los demás se fueron, dejando el aire electrificado sobre las palanganas con ensaladas mosqueadas.

Al domingo siguiente, a la hora acostumbrada, nadie se atrevía a llegar. Pensaban en la convicción con que el padre había decretado la obra, pero también en el disparate que significaba terminarla en una semana. Los niños saltaban de alegría en la vereda, con las alitas puestas y los patitos de flotador inflados alrededor de la cintura. Nunca les había pasado de que llegaran al mismo tiempo. Y menos que no se atrevieran a tocar el timbre en la casa materna, aquella que los vio crecer, y estudiar, y tener hijos, y ponerse gordos y pesados.

Cuando por fin entraron, los esperaba el viejo padre sentado en una silla de playa, al medio del jardín.
 
–¿No querían bañarse en una piscina?    –dijo el padre–   ¡Aquí tienen una piscina!

Los hermanos quedaron atónitos al ver que, al lado de la silla de playa, efectivamente, había una piscina. Reluciente, celeste y llenita de agua. Sólo que ésta tenía algo particular. Medía un metro por un metro, por cinco metros de profundidad.

–¿Qué les parece? Especial para pegarse piqueros…  ¡Ya pue, háganle empeño! Que no la hice pa mirarla…

La tormenta que vino a continuación se hizo sentir tras las panderetas de las casas vecinas, y todavía se comenta el hecho en la Municipalidad. Volaron los zapatos, juramentos y garabatos por montón. Se acabaron para siempre los almuerzos en la mesa familiar de los Miranda.

En adelante, todos los domingos los viejos se sentarían serenos a tomar un pisco sour junto a la maravilla arquitectónica, la piscina, a escuchar música o la simpleza del silencio, a recordar de cuando eran novios y mil quinientas hermosuras más. El Egregor por fin reinó en el hogar.

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