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miércoles, 14 de septiembre de 2016

LAVANDAS EN ALTAMAR

Hace casi doscientos años, un barco a velas navegaba por los mares del sur, casi frente a lo que hoy se conoce como el Archipiélago de Chonos. Llevaba poco más de tres meses en el agua, desde que levantó sus anclas en el puerto de Baltimore. Era un barco fuerte, hecho de roble tigre por los mejores astilleros de Norteamérica, consagrado para resistir las salvajes tormentas del fin del mundo.

En aquellos años, si bien los marineros alardeaban lo contrario, los viajes eran muy sacrificados. Mareos y comida añeja, aguas mustias y soledad, sobretodo soledad. No había mucho que hacer en los días calmos, más que ondular entre cubierta y el camarote, entre el sopor de las camas sucias y los eternos horizontes apoyados en la baranda de estribor. Pero cuando empeoraba el tiempo y se desataban las tormentas, había que afirmarse de cuánto se pudiera, haciendo parecer cotidiano un mundo en que el arriba y el abajo, el aire y el agua, lo estático y lo dinámico, ya no tenían límites.

Así les sucedió cuando cruzaron por el Cabo de Hornos, la parte más difícil del viaje. Para un barco sin más fuerzas que sus velas, andar contra la corriente y los vientos, era una hazaña en que nunca se estaba seguro de salir vivo para contarla.  Cada día que avanzaban era volver a ver las mismas islas y riscos que habían visto el día anterior, puesto que las corrientes en las noches los hacían retroceder. La ropa seca y el descanso, eran palabras desconocidas cuando se desataban los aguaceros. Las olas australes jugaban con el barquito y sus marineros mojados, que ya contaban tres días sin dormir. Uno de ellos, el vigía del palo mayor, con una ráfaga de viento salió volando desde las alturas y por suerte pudo aterrizar en la cubierta. Quedó quebrado, casi moribundo, y al médico de abordo sólo le quedaba una última carta: le practicó una sangría.  Todo lo demás quedaba encomendado a sus propias fortalezas, recostado y empapado en aquella cama contorsionada y llena de pulgas.

Cuando pasaron lo peor y lograron cruzar el Cabo, cada hombre se desplomó sobre su camastro sin siquiera sacarse los zapatos. Menos tuvieron tiempo de rezar los ángelus pendientes o quitarse las camisas mojadas. Se quedaron completamente dormidos, luego de días y noches de resistir los embates del tiempo y rogar porque el casco de la nave no se abriera como una nuez con los golpes del agua. Desde aquella madrugada, el silencio reinó en la tripulación. Nadie era diferente del otro, el capitán y el marinero pobre, el muchacho y el anciano, todos dormían con ansiosa profundidad.

Y así transcurrieron dos días completos, toda la tripulación dormida, como si lo que flotara en las aguas, en vez de barco, fueran los patios de piedra de un cementerio. Navegaban a varias millas del Archipiélago, que al horizonte dibujaba unas pequeñas pintitas negras. El timonel era el único que estaba despierto, contemplando cómo el aire se descargaba de los hielos antárticos, conforme se iba avanzando rumbo al norte.

De pronto, comenzó una brisa de viento tibio. Un profundo olor a lavandas le inundó la respiración. Era un aroma tan intenso, como si en vez de estar en altamar, parecía estuvieran pasando por en medio de un enorme campo de espliegos. El marinero hinchaba sus pulmones de flores imaginarias, una y otra vez, hasta que creyó estar soñando. Pero cuando bajó la vista, vio que en cubierta habían subido varios marineros. Estaban todos callados y con la cabeza en alto, como atraídos por los olores de las sirenas que los llamaban a la profundidad. Cuando abrieron los ojos, extasiados, comentaban unos con otros  ¡¡huele a flores, flores…!! ¿lo sientes?     El efecto duró unos cuantos minutos y luego se desvaneció. Entre todos se preguntaban cómo habrá sido posible, si en alta mar no se sienten los olores de tierra firme, ni menos de campos de lilas y lavandas perfumadas. Nada de eso pudieron explicar, ni mientras desayunaban despavoridos los panes recién horneados con café, ni cuando llegaron a Valparaíso, luego de meses embarcados. Más de alguna risotada habrá sacado algún marinero en alguna cantina, o escribiendo en algún diario, contando cómo una nube de flores de lavanda los había invadido en alta mar.



(mis agradecimientos a Eduard Poeppig, quien registró esto en 1826)

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