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martes, 11 de octubre de 2016

FUI FLOR

Entre las muchas vidas que he tenido, algunas imaginadas bajo el turbio sopor que produce el oculto rito de las castañas, creo que la mejor de todas fue cuando reencarné en una flor. Venía recién de morir en el Renacimiento, en una adinerada familia de banqueros de Siena, envenenado por mis hermanos durante una celebración.
A las pocas semanas de mi funeral, la tierra me abrazó entero y se comió el cajón. De mi mortaja de seda no quedó más que hilachas mojadas con barro. Como no fui un hombre bueno, los gusanos me devoraron con los ojos cerrados de ira, y lo único que dejaron intacto fue una pequeña parte de mi interior, una dura y diminuta semilla. Y la semilla estaba conmigo. Y de un momento a otro, la semilla era yo.
De hombre rico a una mísera simiente, pensaba con tristeza en mi ataúd. Odiaba a quienes me habían matado, pero como más me odiaba a mí mismo, decidí partir de este mundo cruel. Escarbé con todas mis fuerzas por entre los terrones y las larvas, hasta alejarme de mi Italia natal. Atravesé mordiendo los abismos de la geología. Caí por los barrancos minerales, fui azotado por ríos subterráneos. Al llegar al centro, los guijarros calientes me achicharraron la piel hasta hacerla tan dura que no sabía dónde terminaba ésta y comenzaba mi avaro corazón.
Un día, cuando de tanto tallar las piedras me había hecho más duro que las piedras mismas, mi viaje se detuvo. Lo recuerdo porque sentí el ruido del mar. Había llegado a la cáscara de los cerros de Valparaíso, milenios antes de que los primeros hombres estuvieran allí.
No sabía cuánto tiempo había escarbado, sólo sé que cuando volví a la tierra fresca, estaba tan cansado y arrepentido, que lo único que quería era dormir. Caí en un sueño profundo, aunque sentía cómo las lluvias invernales azotaban las laderas de los cerros, abriendo cárcavas, hasta convertirlas en un barrial. Ahora podía dormir tranquilo, porque ya no tenía arcones repletos de oro, ni deseaba la muerte de nadie. Ni nadie me quería matar. No necesitaba comer, ni tendría que robar el pan, como aquellos mendigos de la inmunda plaza circular de Siena que tantas veces sintieron mi desprecio altivo al caminar.
En eso estaba durmiendo, cuando las lluvias finalmente cesaron. Mi cuna de tierra se comenzó a estremecer. De un momento a otro, calor insoportable y tierra con humedad, todo se cruzaba como demonios en plena oscuridad. El no tener ojos, hacían de los minerales ácidos y el ruido de los pájaros, una sola sensación, que amen crecía se hacía más insoportable, peor que cuando tragué la copa envenenada.
Justo cuando decidí morir, sucedió algo impresionante. Desde mi corazón comenzó a crecer un tallo, que rápido salió hacia la luz y el aire fresco, buscando llegar tan alto como el sol. Aunque estaba totalmente encandilado, me di cuenta que no era sólo yo, sino que éramos miles, hileras de nuevos tallitos, hasta que la vista se perdía en el horizonte. Infinitas combinaciones de brotes pintando el cerro de verde, jugando a aplaudir a los nuevos brotes que salían disparados de la tierra. Nunca me había sentido tan feliz. No tenía nombre, ni era dueño siquiera del pedacito de suelo que me arraigaba. Pero me sentía tan seguro y querido por mis hermanos y hermanas verdes, que todo el sabor de mis anillos de oro con piedras engastadas, que antes devoraba solo y ansioso, no era más amargo que el propio veneno que me mató. En las mañanas nos venían a cuidar las brisas, como unas nodrizas madrigales y mientras pasaban en sus labores nosotros les tocábamos la barriga. Nos lavaban la cara como a unos niños, con sus manos llenas de viento, hasta dejarnos convertidos en unos tallos bien educados y relucientes. A la hora del cenit venían los pichones y los pajaritos redondos, que todavía no sabían volar. Y se escondían entre nuestros cañaverales de miniatura, para hacer rezongar a sus papás zorzales, mientras se reían sin parar.
Un día, cuando ya mirábamos la tierra tan lejana como una constelación, el sol nos regaló un mediodía que jamás podremos olvidar. Casi sin pensarlo, uno a uno levantamos nuestros brazos hacia el cielo y al abrir nuestras manos, fueron brotando unos colores inimaginables, como de fuego artificial. Por primera vez, de mis manos salían flores, verdes, violetas, moradas y tornasoles. Por primera vez, de mis manos salía algo con lo cual sentirme orgulloso y bueno.
Esa fue mi vida más linda, de cuando fui una flor en un cerro, de las tardes del verano contemplando al sol junto al lucero. Mi vida del cielo teñido de arreboles lilas y naranjo. La vida de cuando llenábamos la bahía con nuestros perfumes al viento, para que las ballenas se enamoraran cuando salieran a respirar. En esa vida aprendí a perdonar al hombre, y al tigre, y al ocio y al invierno. Porque era parte del todo.            

De ahí en adelante, casi nada puedo recordar. Cuando por fin nos secamos y nos transformamos en pastizal seco, seguramente un pájaro nos recogió para anidar. Era lo que tenía que pasar. Sólo recuerdo abrir los ojos en medio de un hospital popular, en el pecho de mi nueva madre, que me llamó algo de Juan. 

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