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martes, 18 de octubre de 2016

SOMOS UN PUEBLO DE DULCES NARANJAS

Somos un pueblo de dulces naranjas, jugosas y lindas.
Nos estrujan desde pequeñitos y llenamos botellas, cajas a raudales, embarcaciones de puro jugo naranjito. Nos levantamos temprano, nos bañamos, nos estrujamos con la toalla y luego nos estrujamos en la micro y en el metro. Llegamos al trabajo y nos sacan el jugo. Llevamos a los niños al colegio, donde los estrujan desde chiquititos con matemáticas estrujativas. Cuando tenemos sed, vamos al supermercado y en la caja nos estrujan bien estrujaos. Si nos enfermamos, nos reparan rápido para seguir dando jugo. Y a las naranjitas viejas y arrugadas, a las que ya no les quedan ni pepas, las tiramos amontonadas como medialunas huecas, esperando que alguien se apiade y les dé un lugar en el estruje para poder dar una gotita más.
Así desde que éramos simples azahares, así será por mucho tiempo más. Nuestro jugo siempre se lo han tragado con grosería, gargantas que nunca se habrán de saciar.
Pero cuidado. Puede que algún día, de tanto estrujarnos, nos quedaremos sin jugo. Y ahí las botellas llegarán vacías a la garganta sorprendida de los inversionistas. Ese día escribirán poemas de amor a la patria de las naranjas, rogándoles que vuelvan, mientras se van desplomando secos, uno por uno.

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