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viernes, 23 de diciembre de 2016

EL REINO DE LOS PAJARITOS


Hace algunos años, en una escuela pobre de mi ciudad, todos los pájaros y sus familias iniciaron una gran travesía y subieron con sus nidos y sus ollas hacia las cimas de un galpón. Ese día fundaron un reino, el reino de los pajaritos, a cuya cabeza estaba su excelentísimo el gran rey gorrión.
Ya habían visto mucho allá abajo, en el mundo de los hombres derrumbados por el alcohol, de las mujeres golpeadas por años. De los jóvenes drogados con publicidades y réclames, y de los niños que los perseguían a piedrazos. De la sociedad, que a esos mismos niños se los engullía con una enorme garganta de ballena.
Casi nadie los veía allá arriba, pese a que, por las mañanas, durante los recreos de los niños más pequeños, todos los pajaritos de los diferentes linajes salían por los aires a cantar. Tencas, gorriones, pidenes, mirlos chicos y chincoles, llenaban el aire de música y aleteos, mientras buscaban ramas para adornar las fonolas de sus nidos de pelusa.
La primera vez que los vi fue una mañana de septiembre, de esas en que las ramas de los ciruelos tintineaban repletas de botones rojos carmesí. Algo raro sucedía ese día, porque todos los pajaritos habían subido a la última viga, en la cumbre del galpón. Se paraban alrededor del nido real y con los largos plumajes de sus alas hacían unas profundas reverencias. Había nacido el heredero, una bolita redonda de plumas que descansaba y dormía en medio del calor de las alas de su mamá, la reina.
Los demás pajaritos, mientras tanto, daban largos viajes por las poblaciones aledañas recolectando tesoros para regalarle al príncipe. Volvían trayendo en su pico miles de monedas de a peso, trozos de lana roja, cuentas de collares, plumas extraviadas de los plumeros, cintas de regalo, un maní confitado, tachuelas, estampillas... A los costados del nido, se iba formando un reino de pequeños colores, que adornarían todos los días de infancia del pequeño pichón.
Pasaron los días y el príncipe gorrión fue creciendo. Ya tenía los ojos abiertos y ensayaba sus primeros pasos alrededor de su nido real. A ratos, cuando su madre salía a buscar comida, el pajarito se asomaba hacia abajo para ver los niños que venían llegando a la escuela. Él no sabía nada de allá abajo, sus padres no le habían contado de los hombres, e inocente se reía con las risas de los niños,  mientras jugaban al pillar. Los llamaba con su voz chillona, para ver si lo invitaban a jugar, pero los niños no lo escuchaban y ante los gritos de sus tías se iban corriendo hacia las aulas cuadriculares.
Así se las pasaba el pajarito, hasta que una mañana sucedió una calamidad. Estaba llamando a los niños de abajo, apoyado en las barandas de su nido, cuando una de las ramitas que lo sostenía hizo crack! y se rompió. El príncipe pajarito perdió el equilibrio y se cayó hacia el enorme precipicio del galpón.
Mientras iba por los aires, asustado, recordó como hacían sus tíos mayores y batió sus alas con rapidez. Con los torpes aleteos de sus plumas recién salidas, logró aminorar el peso de su caída y esto lo salvó de morir estrellado contra el suelo de la escuela. Ninguno de los demás pájaros, ni siquiera las tórtolas, que eran las vigilantes, se habían dado cuenta de la desgracia, y el príncipe de los pajaritos, mareado, a duras penas se lograba poner de pie luego del porrazo.
Desde los aires, en medio del enorme patio de cemento, su plumaje lo hacía imposible de distinguir. Se mimetizaba completamente. Por mucho que gritaba y llamaba a su mamá, ésta no le oía. Ni tampoco sus tíos chercanes, que a esa hora se dedicaban a limpiar las comarcas del reino alado.
Cuando su mamá volvió de buscar el desayuno, vio que el nido estaba completamente vacío. Fue tanto el horror que sintió en ese momento, que se le soltó el pedazo de galleta que traía en su pico. Inmediatamente sonaron las voces de alarma y un millardo de pájaros comenzó a volar por todo San Ramón, desesperados, buscando al pajarito hijo del rey, quien seguía asustado en el medio del patio.
Al mismo tiempo sonó la campana del recreo y miles de niños salieron disparados desde sus asientos. Una pequeña estampida de zapatos y colaciones se abalanzó sobre el patio y el pajarito a duras penas comenzó a correr. No alcanzó a dar unos cuantos saltitos cuando ya estaba en medio de miles de niños corriendo tras un balón.
Al comienzo nadie lo veía, hasta que una niñita gritó ¡mira, un pichón! Se acercó con sus amigas, tratando de tomarlo, pero rápidamente fueron dispersadas por sus compañeros, que las empujaban enceguecidos tras la pelota. Uno de ellos, haciendo gala de su valentía, comenzó a perseguir al pajarito a pisotones, haciendo que éste diera brincos y aleteos para escapar. La suerte quiso que la pelota pasara cerca, y el pequeño bandido salió corriendo hipnotizado para hacer un gol.
El pajarito estaba muy asustado, escapando de los mismos niños con los que antes quería jugar. En las alturas del galpón, los pájaros buscaban desesperados al hijo de su rey y seguían sin poder verlo, entre tantas cabecitas negras que corrían de un lugar a otro. Cuando sonó nuevamente el timbre, por fin el patio se vació y el pajarito se tendió en el piso, desfallecido de tanto arrancar.
Yo tampoco había notado nada, mientras me tomaba un café en la sala de profesores, pues mis pensamientos hurgaban la sociedad, en la labor de los colegas de la escuela y me lamentaba por cuántos trabajan duro sin que la sociedad les dé las gracias, o una palabra de aliento, o un pedazo de pan hecho con amor. Pero cuando salí hacia los patios, luego del toque del timbre, una de las tías del aseo me hacía señas. Con mucha timidez me quería decir algo. Era una señora muy pobre, vivía ahí mismo, en la población. La recuerdo con un pantalón de buzo y unas zapatillas gastadas por el enorme peso. En su cara brillaba opaca una honda preocupación.
—Pourecito, profe, mire... Lo recogí de allá…           —me dijo con una voz aguda, mientras me mostraba entre sus manos al pajarito asustado—     …No sé que hacel, profe, si lo dejo allá en las plantas se lo van a comel los gatos…
Yo me quedé pensando, mientras la señora le hacía cariño en la cabeza al pajarito. Pensaba en la vida, y en mi infinita pequeñez. Ella era una mujer sagrada que daba la vida. Yo, en cambio, casi no sabía de la vida. Ella pensaba que yo, como profesor, letrado e impregnado de la ciencia universitaria, tendría la autoridad para decidir en esa situación, siendo que la única autoridad en ese momento era la piedad de su corazón. ¿Por qué ella me preguntaba a mí, si ella tenía en su sangre toda la historia de Chile? No la historia de los ministros ni los cancilleres, sino la historia de los campesinos que llegaron a las ciudades, directo a los barrios marginales. Ella era heredera de los enrolados a la fuerza para pelear en las guerras, de los salitreros calcinados, de las familias forjadas por los martillazos de la pobreza.
Quise hablarle de la selección natural, de Charles Darwin y sus viajes como naturalista, de la primacía de la especie humana por sobre todas las demás. Pero lo único que pude decirle, que no fuera una tontera, fue encogerme de hombres y decirle no sé. Y me alejé.
Hasta ese momento, ninguno de los dos se había percatado lo que sucedía arriba. Todo el reino pajarito estaba mirando desde las vigas del galpón. Habían visto a la señora y al pajarito, sano y salvo entre sus manos. Aunque conocían el mundo de los hombres, vieron que la señora era una buena persona y temerosamente decidieron bajar. A la cabeza iba el rey gorrión junto a su esposa y atrás de ellos, centenares de los más diversos pájaros que existen en nuestra ciudad. No habían vuelto a la tierra desde que huyeron, años atrás. El rey se acercó a la tía del aseo con una bandera blanca en su pico, que era un pedazo de papel confort. Ella se agachó y abrió sus manos. El pajarito partió corriendo hacia las alas de su mamá. Un inmenso canto de alegría llenó los patios del colegio. Y volaron, todos juntos, hacia las alturas del galpón.

El príncipe pajarito creció y se transformó en un precioso gorrión real. Fue un verdadero rey. En adelante, todas las mañanas volaba hasta donde estaba la tía del aseo y la saludaba con saltitos desde el piso. Ella se reía y así se acompañaban mientras barrían el corredor. Ella le contaba de su vida, él le cantaba una canción. Y al final, en el paso de los siglos, la eternidad los hizo suyos. Gorriones, tías, escuelas, pasaron hacia otras galaxias convertidas en polvo brillante. Pero lo que nunca nadie olvidó, fue que, desde ese día, en aquella escuela pobre de mi ciudad, los pájaros del reino supieron que no todos los hombres eran malos.

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