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domingo, 26 de marzo de 2017

CUENTO DE DEDICATORIA

(Lo que leerán a continuación es de otro país, de otro tiempo y muy resumido. Pero lo que sí, es absoluta verdad)

CUENTO DE DEDICATORIA

En una escuela fiscal, en el año 1974, estaban una mañana las maestras haciendo clases como si nada pasara. El nuevo director designado -un militar de bajo rango- y los soldados en la sala, pasaban desapercibidos para las profesoras primarias y sus redonditas letras A.

Esta escuela tenía algo especial: su larga muralla norte colindaba directamente con la cárcel. Por cierto una cárcel bastante especial, en donde estaban presos aquellos que simplemente no pensaban igual que los otros.

Esa misma mañana, algunos minutos antes del recreo, la profesora vio entrar en la sala un espectro. En verdad era un hombre joven, blanco de susto, con la ropa inmunda. Entró como un rayo hacia el fondo de la sala, donde se acurrucó jadeando en un rincón. La señorita se acercó temerosa, tratando de no alterar la paz en los pupitres, y al verle la cara comprendió de inmediato la situación. Menos mal que el conscripto de turno justo había salido del salón, a tomar choquita y recuperar energías para su égida patriótica contra la subversión.

No alcanzó a decir palabra la maestra, cuando el muchacho le dijo, con sus últimas fuerzas y la frente arrugada por la desesperación: por favor, ayúdeme...

A veces la gente se calla no porque no quiera hablar. Esta profesora y muchos del gremio docente, estaban callados. Como tantos, desde una celda o desde las aulas, decidieron callar ante el tronar de las botas. Pero por muy callados, sabían lo que estaba pasando.

-Anda a la cocina... -le dijo como sin mover los labios. Entonces el joven atravesó la sala como una sombra y desapareció.

No pasaron cinco minutos y sonó la sirena de alarma. Ladridos de milicos iban y venían, armados hasta los dientes, expurgando hasta el último rincón de la escuela. Sin siquiera ponerse de acuerdo, todos los profesores siguieron haciendo clases como si nada hubiera pasado, con la misma cara de serena dignidad con que hoy, cuarenta años después, algunos siguen esperando su sueldo, o su jubilación, o una deuda histórica. Los pelotones entraban en los salones, revolviendo niños y delantales, hasta que de tanta histeria éstos se asustaron y se pusieron a llorar.

El Director -el original- salió de su despacho, al oír los gritos y las mesas dadas vuelta. Era un normalista de viejo cuño y terno café, con ese temple dado por los años del radicalismo y el Estado protector. Fue a hablar con el comandante, para ver si le explicaba la situación.

-¡Un subversivo marxista-liminista se acaba de fugar de la cárcel y está escondido en la escuela! -dijo el comandante- ¡De aquí no sale naide hasta que aparezca!¡Puede retirarse...!

No le quedó otra al viejo maestro que ir por las salas, tanteando la situación, tratando de calmar a los niños que trataban de seguir los cantos temblorosos de las profesoras.

Pasaron los minutos, los recreos, las lecciones, las horas. Los correteos de soldados aullaban como jaurías buscando a un ratón. El fugitivo no aparecía. Los profesores seguían en silencio.

Al anochecer llegaría el toque de queda y el Director sentía el temor de los papás por sus hijos que no llegaban. ¡Leee repito, iñor Director, hasta que no interceptemos al recluso, DE LA ESCUELA NO SALE NAIDE!, ¡¿MI OYÓ IÑOR?! -respondió enojado el comandante al Director, quien por décima vez trataba de hacerlo entrar en razón.

Al fin, luego de que cayera la noche y que los pelotones dieran vuelta hasta la última sombra del recinto, se dio la orden para que los pequeños y los profesores pudieran regresar a sus hogares.

A la mañana siguiente, como lo más normal del mundo, los profesores y los niños llegaron tempranito a sus clases. Todavía no se podían reponer de los sustos del día anterior. Había que ordenar las salas, que habían quedado un tanto revueltas por las culatas y los bayonetazos de la noche. Y cuando todo ya parecía normal, a la hora del café de las 9:30, entre gestos mudos ante los sapos, una profesora le comentó a mi mamá en la sala de profesores, moviendo cuidadosamente los labios y disimulando algo parecido a la alegría: ...se fugó.

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