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lunes, 1 de mayo de 2017

CABALLOS Y CAMELLOS

Para quienes hemos estado en el campo y lo hemos visto, la usanza tradicional en la domadura de los caballos se resume más o menos así. Se pone al potro en un corral, o un lugar donde no pueda arrancar, se le sube un muchacho como un gato, lo agarra de las mechas y la da una sarta de varillazos en la cabeza. Más endemoniado salta y corcovea, cuando más le dan con las espuelas en las costillas. En pocas sesiones de estas, el caballo está rendido y comienza así su vida de acarrear gente o tirar de una carretela.
En el Sahara, en cambio, cuando se quiere domesticar a un camello, simplemente se lo junta con otros camellos dóciles. Nada más. Que coman juntos, que pasen la noche juntos y que miren las estrellas y las galaxias, mientras los hombres de las caravanas se toman unos cafés de olla a la orilla de un fogón. A los pocos días, el camello salvaje ya es uno más entre los dóciles y no se encabrita cuando se le suben entre sus jorobas para recorrer los eternos arenales.
Y así se llevan hace milenios, los caballos y los camellos, y los pueblos ancestrales que se sirven de sus lomos para acarrear cuantos bártulos inventan. Sin embargo, tuvieron que venir los teóricos de la educación para que la humanidad descubriera las bondades de los "ambientes de aprendizaje".

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