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jueves, 12 de octubre de 2017

A PROPÓSITO DE ECUADOR

¿Por qué la vida me ha dado premios?¿Porque fui bueno en otra vida, o porque fui mártir de algún culto? No lo sé. Lo único seguro es que, pensándolo en retrospectiva, me han pasado cosas tan buenas a lo largo de mi corta vida, que las agradezco profundamente. Hoy les contaré una de ellas, a propósito de Ecuador.
Yo crecí en una familia sencilla, pero muy profunda. Mis venerados padres, profesores de arte, jamás se inclinaron por los oros ni por los jeep, pero sí nos regalaron por montones algo realmente inolvidable: viajes.
Y no estoy hablando de viajes por Dubai, ni de hoteles de lujos ni caviar. Hablo de salidas en carpa, de comer arroz con atún, de largas caminatas recogiendo piedras bonitas. A riesgo de parecer jactancioso, fueron muchos los viajes así, a sur, al norte, a Argentina y el Brasil. Pero uno que realmente se alojó en mi memoria, fue cuando fuimos por tierra a Ecuador, año de 1995.
Viajamos a Arica en nuestro emblemático y soviético Lada los cinco, más mi querido cuñado Fidel. Apretados, acalorados, felices. Los días eran eternos cerros pampinos, las noches, oscuridad del desierto y constelaciones. Llegamos al Morro a casa de la querida tía Lucy y Héctor, donde nos regalonearon mucho. Luego rumbo a Tacna, donde nos esperaba el bus con el que cruzaríamos todo Perú. Era como una micro de pueblo, con asientos antiguos rígidos, pero suficientes para llegar hasta la belleza de Lima y luego enfilar hacia el norte.
Cruzamos la frontera del Ecuador, nos recibió un bus modernísimo, con asientos blandos y baño. Luego de dos días sopor, pudimos dormirnos mientras nuestra nave surcaba los eternos platanares.
Pero a la mitad de la noche, el bus se detuvo. Se encendieron las luces y sube un militar vestido de combate, con una SIG y la cara pintada de verde. -Este bus será confiscado para la guerra.
En mi mente infantil, aun cruzada por pensamientos mitológicos y algo de catequesis, intuí que nos iban a matar, con una ráfaga de ametralladora. En esos breves segundos, donde obviamente Rambo no nos mató, todos estábamos plop. ¿Qué chucha?¿QUÉ GUERRA?
Por suerte nos dejaron seguir hasta Quito, donde pudimos enterarnos que entre Alberto Fujimori y don Sixto Durán, los temas de las fronteras se estaban poniendo amargos. Sorpresa fue el escuchar nuestra emblemática canción del No, como himno de la guerra, con unas ligeras modificaciones a la letra.
Y cuando casi todos los cabros de la ciudad, incluyendo los recepcionistas de nuestro hotel y los que conducían los buses, fueron reclutados en el cantón, luego de conocer Otavalo, Ibarra y muchas otras maravillas de Ecuador, nos tuvimos que regresar en un vuelo low cost hasta Arequipa y luego a Tacna, donde pudimos nuevamente volver al mundo de la democracia, a la paz, a la atmósfera un poco más baja y sin vapor.
Cómo me voy a olvidar de ese viaje, en donde casi fuimos fusilados. En verdad, seguro que no nos hubiera pasado absolutamente nada, ni siquiera cayendo en las garras de Abimael Guzmán y el Sendero Luminoso. Pero para la experiencia de un niño cualquiera, o un niño medio menso, como yo, conocer tierras lejanas junto a tus padres y hermanos, caminando, oliendo, probando, es algo que no puede ser menos que un premio de vida.

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