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jueves, 12 de octubre de 2017

¡APRIENDE!


Mirando en retrospectiva, cada vez que he tomado la palabra para despotricar, ha sido porque he tenido que ir al médico. No tengo nada contra ellos, pero ¡me endemonia ir al médico! y todo lo que se le relaciona: enfermarse, sentirse mal, tomar hora, ir, esperar, explicar qué he sentido, sentarse en la camilla, respirar profundo, abrir la boca y decir aaagggg, y al final, lo peor, pagar. Hoy, luego de varios días de andar con la frente adolorida y sentirla llena de aguarrás con Uranio, fui al centro médico que queda cerca de mi casa.
Como corolario a todos mis pesares, el sentarme en ese mismo segundo piso, me trajo de vuelta a mis tiernos nueve años, cuando mi padre me llevó al doctor porque me dolía la garganta. Todos los años anteriores fui el Conejillo de Indias del doctor Schulbe, que a pesar de ser una gran persona, seguro hizo su práctica médica en un hospital de campaña alemán. Sus procedimientos favoritos se reducían a amputar con sierra e inyectar penicilina. Por lo tanto, con él ya tenía a mi haber por lo menos una docena de jeringazos dolorosos en mi lampiño culito de bebé.
Pero aquella tarde fue diferente. Estaba sentado junto a Don César, quien leía una revista en donde la Raquel Argandoña era la última chupá del mate, mientras yo trataba de imaginar quien sería mi nueva Cancerbera: la doctora Medina.
Cuando nos llamaron a consulta, caminé sin resistencia, sabiendo que me iban a ajusticiar por haberme enfermado, a causa de portarme mal. Pero cuando entramos al box, vi una joven menudita y muy tierna, que no me saludó con los remilgos aceitosos con que me saludaban mis antiguas pediatras.
Le bastó con mirarme la garganta, para escribir en la receta la primera palabra que aprendí a leer por mis propios medios: Benzetacil. En ese momento, mi padre le comenta que él pedirá hora con un colega, porque también le dolía la garganta.
¿Pero para qué va a pedir otra hora? Abra la boca, que yo lo reviso... -dijo mi nueva hada madrina- ...Listo, Benzetacina para los dos.
Luego de una brevísima inspección, el destino de mi padre también sería un suculento pinchazo en el poto. A esas alturas, ya se me estaba arrugando la pera, mientras la vista se me llenaba de goterones. Yo hubiera querido que pasara una semana, pero en menos que nada ya estábamos en otra sala, con una camilla helada esperándonos para el dolor.
Mi padre, como bien se espera de los padres de Chile, notó mi profunda angustia y sutilmente me consoló.
-Yayayá, se deja de llorar, el so gallinazo. Yo me la voy a poner primero, pa que vea como se porta un hombre. ¡¡APRIENDE!!
Y se acostó decidido en la camilla.
La enfermera, una señora blanca y maciza como un saco de harina, lo miró, le pegó unos coletos a la jeringa, echó unas gotitas del líquido al aire y pum! Pa'entro. En ese momento mi papá exhaló un bramido gutural como si lo hubieran apuñalado en el hígado. Y se curvó como un churro hacia atrás. Yo miraba, tratando de tomar apuntes sobre los pasos que debía seguir, para convertirme algún día en un hombre como He-Man.
Luego de la punción, me papá se bajó de la camilla igual que un perro atropellado, con la cara verde y sudada, y unas hojeras color plomo que casi le llegaban al mentón. Se fue cojeando hasta una muralla, donde se apoyó para no caer. Desde allí, con un hilillo de voz y una lágrima en la garganta, me hizo un ademán con la mano y me dijo entrecortado: ......apriende.
Con los años mi padre me vino a reconocer que ese día sintió que le pegaron el chuzazo del siglo, como si le hubieran conectado un cable de alta tensión en pleno nervio. Y si ustedes se preguntan si con los años me hice un hombre como He-Man o Chuck Norris, lamento informarles de que no. Soy un hombre normal, pero que le teme a los pinchazos. Por eso, cuando hoy el doctor me dijo que me iba a inyectar, rápidamente le pregunté si había algún medicamento en tabletas, ante lo cual me dijo tranquilamente que sí. En ese momento miré al cielo, e inconscientemente agradecí. Al final de cuentas, apriendí.

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