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jueves, 12 de octubre de 2017

CONFESIÓN DE UNA HEREJÍA

Acabo de sacrificar algo. Recién. Tal como cuando en el antiguo testamento sacrificaban corderitos y los quemaban, para que, como dijo alguna vez mi profesora de religión, subieran los humitos blancos y agasajaran a dios. Acabo de escribir algo que no me atrevía ni a pensar, porque decía palabras monstruosas. Pero lo escribí igual. Y lo quemé. 
¿Es que me he vuelto un timorato, incapaz de escribir chucha cuando es chucha, ni mierda cuando es mierda, ni hasta cuándo cuando es hasta cuándo?
Con las manos llenas de barro, como un alfarero, levanté un marrano colosal y con vida propia, que escupía todo aquello que le dictaba desde mi balcón, bramando con sus encías hinchadas de tanto masticar edificios corporativos. Y cuando supe lo que había hecho, inmediatamente lo maté. Una sola plumada. Lo transfiguré en humo dulce, como aquel que se escapa de las ollas de las plazas, cuando hacen algodón de azúcar.
Pero si ya no hay hogueras. Ni holocaustos ni obispos vociferando a las multitudes enardecidas. Hoy Giordano Bruno podría conversar tranquilamente sus pensamientos por las calles.
¿Por qué lo maté? ¿Será porque dijo de que hay muchos chilenos que pasaron doce años en un colegio y no aprendieron nada bueno, ni a distinguir entre un ciudadano y un embustero?
Ya no tengo nada bueno que decir, me he convertido en un asesino de mis palabras. Cada frase que digo, me la hago tragar a cachetadas. Y tras las palabras, me abofeteo nuevamente hasta que se traguen mis zapatos y mis pensamientos. Una y otra vez, resignadamente, mis recuerdos y los tomates de mi frutera, se transforman en la nada.
He dicho, su santidad, La Decencia. Me retracto de todo he dicho, pues lo he asesinado.

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