an

jueves, 12 de octubre de 2017

DIVORCIO EN EL RESBALÍN

En mi largo viaje hacia el interior, como si fuera una visita a un museo, me he topado con cuadros que estaban olvidados, en salas tapiadas de hace años. Son gigantografías que hablan de mis años más nuevos, cuando mi pensamiento era absolutamente mitológico, simbólico o chamánico, la antípoda a cualquier forma de racionalidad.

El '88 fue un año que me cambió la vida, pues si bien no tuve mi primer amor, sí tuve mi primera polola. Dentro de todos los niños cabezones que íbamos al pre-kinder, con toda seguridad yo era el más pelele. Corte bacinica, pantalones cortos, ojos de chucky y una crisis de identidad profunda, que me hizo convencer de que mi nombre nunca había sido Melquíades, sino que era "Antonio Tito". La razón era muy simple. Tito por mi venerado abuelo y Antonio por el plomizo Antonio Vodanovic, que en aquel entonces animaba el Festival de Viña junto uno de mis primeros amores platónicos: Pamela Hoddar. Por lo tanto, pa mi cerebro de cuajo, si yo era Antonio, estaba simbólicamente con Pamela. 

Y un día, luego de haberme sacado las rechucha en el maicillo, que me dejó con las rodillas peladas y la boca abierta de un llanto ahogado, supe que mi destino era formar una relación. O una familia. Quizás fue de tanto ver a mis hermanas atracando con quinceañeros que decían "groso" y tenían cortes de pelo patéticos, dictados por los conjuntos musicales de aquella época, liderados por Engrupo.

El ritual de cortejo fue así. Miré a una compañera, le dije ¿quieres pololear conmigo? Y ella me dijo: sí. Sí, sí, SÍ y simplemente, sí...

Y comenzamos a pololear.

Luego de varios días exactamente iguales, de cortar con tijeras, sacarme mocos y escuchar historias de los padres de San Agustín de Hipona, yo seguía cultivando mi primer gran amor. Era un tiempo en donde miraba todo, como queriendo tragarme el mundo con los ojos. Para los sucios pederastas que puedan estar leyendo esto, sepan que el noviazgo se concretaba a algo meramente nominal: no nos dábamos ni besos ni la mano, ni salíamos a caminar por el parvulario. En realidad, mi atención estaba completamente enfocada en el Club de los Cazabichos, mi primera afiliación, donde yo era miembro honorario y fundador. Con mis canchanchanes de pre kinder levantábamos todas las piedras del jardín y sacábamos gusanos y chinches, para luego atravesarlos con un alfiler.

En fin, luego de un tiempo pantanoso, que pudo haber sido un par de semanas como un semestre entero, recuerdo haber estado con mi polola jugando en el resbalín. El aire de ese día estaba raro, como los típicos días en donde te llaman por teléfono para comunicar desgracias. Fue ahí cuando decidí, inconscientemente, preguntarle: ¿y en tu casa son del Sí o del No?

Ella me miró con sus ojos verde-sapo, y me dijo: del Sí.

-Aaah, ya no quiero ser tu pololo...   -le dije, sin conmiseración alguna. Y la relación, mi primer noviazgo, llegó a su fin. Ese día me fui, me perdí con mis pasos lentos por el medio del patio donde estaban pegados los diarios murales de la Abejita Maya, mientras el sol se ponía en el horizonte.

Despierto en el presente, casi treinta años después, pegado, mirando este cuadro de mi museo interior. ¿Por qué era así? Ya se puso el sol en mi patria espiritual, decido irme caminando a casa, luego de otro largo día de museo. Necesito pensar...¿quién sabrá qué fuerzas manejaban mis actos de la niñez? ya que con toda seguridad, no era yo. Mañana volveré nuevamente a este edificio, cuya entrada queda en mi lado izquierdo del pecho. Sacaré otras tablas, entraré en galerías empolvadas y con sillas señoriales cubiertas con sábanas. Un museo que, tal como mis sueños recurrentes, tienen una puerta en donde uno entra a otra pieza que siempre estuvo ahí y que no te habías dado cuenta. 





No hay comentarios:

Publicar un comentario