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lunes, 30 de octubre de 2017

POR UNA CAÑITA RUIN

La playa de Rocas de Santo Domingo tiene en su extremo norte un peñón, un enorme bloque de piedra de más de diez metros sobre la arena negra, que a ciertas horas de la tarde se mete en el oleaje. Es como una gota de miel para una mosca, una copa de agua para un sediento en el desierto, una reja abierta para un encarcelado. Y una delicia irresistible para quienes nos gusta el antiguo arte de pescar.

Hace muchos años, cuando aun era un mozalbete, yo tenía una novia cuyos padres vivían allí. En aquel tiempo, era un verdadero adicto a la pesca, cosa que a mucha gente le parece cruel, monótona y aburrida. Pero para mi, el pasar horas en un roquerío, lanzando como un torpedo los anzuelos hacia las olas y sintiendo los más mínimos movimientos de la caña, era un placer raramente igualado. Más aun cuando de improviso, mientras miraba las gaviotas, se me electrificaban las manos con un tirón insistente, desesperado, de un pescado incauto que cayó en mis trampas y daba gritos desaforados bajo las aguas, con la garganta atravesada. Pescar era la emoción de la sorpresa, mejor que cualquier regalo de navidad. Porque no ves al pescado, hasta cuando recoges el hilo y este sale de lo profundo, haciendo unas cabriolas tiritonas y salpicándote de agua. Luego de que lo tomas de las agallas, le das una seguidilla de palos en la cabeza y te detienes a contemplar sus ojos hueros, ya sin vida, sientes una enorme emoción en el corazón.

Desde que sentí pena por los peces, hace algunos años, renuncié para siempre a pescar. Sólo me quedan los recuerdos, como aquellos abuelitos tristes y tapados con un chal, que recuerdan sus fiestas de tangos y mozuelas, en los bríos de la juventud. Recuerdos, como el de aquel fin de semana, uno de los primeros y únicos mientras duró el efímero noviazgo, cuando me invitaron a la casa de Santo Domingo.

Yo ya había visto antes el peñón, se me cruzaba por los sueños, me obsesionaba la idea de pescar ahí, por lo que no podía perder la oportunidad. Y junto a mi mochila y un brazo de reina, con el que pretendía congraciar con la abuela de la casa, ese día tomé el bus hacia Santo Domingo con mi brava caña de pescar.

¡Tiemblen, mequetrefes! -le decía a los pescados, contento a más no poder, mientras miraba la Autopista del Sol corriendo por la ventana. Con el corazón henchido, como un guerrero que se aprestaba a la batalla, pensaba en los pobres peces verdes y feos que habitan los roqueríos del litoral.

Ese día llegué a casa de mi ex como un Rey David, que aunque pequeño, cagón y flaco, lucía un semblante valeroso, armado con mi artilugio de matar: mi caña de pescar. Fue tanta la pompa que me brindaron las tías y la abuela, que me sentí como un leoncito de juguete, hermoso y épico, un prodigio letal de la auto subsistencia.

Hasta que el padre de la buena moza interrumpió:

-¿Y te puedo acompañar a pescar? Yo tengo una caña también...

-¡Pero por supuesto, pues don Rafael! Mañana en la tardecita...

Y listo, al día siguiente, cuando comenzó a caer la tarde, partimos los tres hacia el peñón. Si bien mi instrumento no era una gran cosa, la caña de don Rafa era una verdadera lástima, tan antigua y ridícula, que parecía haberle pertenecido a Cecil Rhodes. Como yo tenía práctica, raudamente arrojé mis hilos hacia las olas, y me puse a menear la caña como es debido para engañar a los peces. Mi proto-suegro, en cambio, con su caña de alfeñique no lograba dar pié con bola: se le enredaba el hilo, no le achuntaba a la cabeza del anzuelo, se pinchaba las manos y de tanto nervio, la calvicie se le puso brillante de tanto sudor. Yo pensaba en que ojalá no me picara tan pronto, porque ridiculizar al futuro suegro tan temprano me podía acarrear algún día una gotita de cianuro en la sopa. O un gargajo. Nunca se sabe.

Las horas fueron pasando, hasta que por fin ambos estábamos vigilando nuestras líneas en el mar. Algunos con más ritmo y gracia, otros maneados a más no poder. Pero por suerte, ningún pez había picado las carnadas, sólo las jaibas desnutridas, que gozan haciendo creer a los pescadores de que viene una presa. Por mí hubiera seguido horas ahí, porque pescando me enceguecía. En cambio, don Rafa ya estaba aburrido, de no sacar ni un pirigüín y de que se le enredara el anzuelo en los cochayuyos. Como haciéndose el leso, dejó la caña en las rocas y se fue a fumar un cigarro, un poco más atrás. Mientras miraba el horizonte y se sobaba la cintura, debe haber estado pensado ¿quién cresta me mandó a venir?

En un instante fugaz, tan pequeño como un segundo, sucedió todo lo terrible. Sobre las rocas, su caña comenzó a tiritar. Luego de un feroz tirón de su hilo, se fue arrastrando hacia el mar. En ese mismo micro segundo, don Rafael salió de sus pensamientos y corrió a detenerla. La caña cayó hacia los roqueríos. Y mi futuro suegro, que aparte de ser calvo, era gordo como un tonel, no pudo detener su enorme masa corporal y se fue por el roquerío hacia abajo. Lo último que alcancé a vez, fue la pelada del hombre azotándose con el borde de roca.

Todavía dentro del mini instante, miré hacia donde estaba ella. No sabría cómo describir lo blanca que se puso, ni cómo se le pusieron los ojos. Lo único que atinó a decir, como desde las tripas, fue papá.

En momentos así, que luego revives una y otra vez, sale otra persona de ti. Logré sujetar a mi novia y hacerla sentar, luego de que saliera corriendo hacia el mismo borde por donde se había caído su viejo. Quizás por evitar que se fuera guarda abajo. O porque no viera de primera fuente a su papá, todo descuajeringado.

Pienso que lo más difícil, luego de calmar a la docella, fue tomar valor y acercarme a mirar por el borde del roquerío. Estaba preparado para ver a don Rafa flotando, quebrado, o con sangre, por lo menos. Y no era para menos, en un roquerío de unos diez metros y que terminaba en puros riscos con güiros.

Pero cuando me asomé, vi al muy sorturdo, parado y muerto de la risa, saludándome lleno de algas y con cara de baboso.

-¡¡¿Cómo estáááá?!!   -le grité con pasión heróica.

-¡Bien, me caí!!!...

-¿No me diga, iñor?

-¡Siiii, aunque se me cayó el reloj...y no lo encuentro!    -y el viejo se consumía tratando de recogerlo del fondo.

En ese momento me volvieron los colores. Le di la buena noticia a la moza, quien seguía blanca como un papel higiénico. La tarde de pesca y de anzuelos y todo, llegaron a su fin. Por suerte o causas inexplicables, en el mismo momento en que don Rafa y la caña de pacotillas se cayeron por las rocas, un ola había llenado de aguas varios metros de la rompiente, amortiguando la caída fatal.

Bajamos con lo que pudimos y nos fuimos lejos del peñón. Callados, como cuidando de que nuestras respiraciones o las palabras no fueran a interrumpir ese sueño milagroso, y despertáramos en un trauma de gritos, fracturas y ambulancias. Yo no lo podía creer. Ella, seguramente aun no se recupera, pese a las décadas que nos distancian. Y don Rafita, en su infinito optimismo, apretaba gustoso el acelerador de su camioneta rumbo a casa, con un tobillo quebrado, que era lo menos que tan ardorosa aventura le podía costar.













1 comentario:

  1. Buena Melqui...para que preguntar si es verdad? ajjaajaj
    abrazos grandes!!!

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