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miércoles, 20 de diciembre de 2017

LAS PELADITAS

Una vez mi mamá me contó una historia de cuando era chica, en un Chile muy diferente al de hoy. En un tiempo en donde el mismo tiempo histórico, esa parábola sensual entre los académicos, no se condecía con las grandes obras de la historiografía. Una época en donde el país se industrializaba y el Estado se expandía, donde los radicales pusieron todas sus esperanzas en la industria, en la educación pública y en los derechos sociales. Pero una época en donde aún, luego de siglos de ilustración y ciencias, convivían con la modernidad un grupo de personas cuya miseria y postergación alcanzaba ribetes que hoy no podríamos comprender.
En ese Chile nació y creció mi vieja con sus hermanos, en una población de obreros de la Industria Ferriloza, en la actual Comuna de Renca. Era el tiempo en que los industriales tenían otra mirada, de filantropía mezclada con pragmatismo de posguerra, ya que les construían casas a sus trabajadores al lado de la fábrica. Casas sencillas y dignas, en donde por las mañanas se levantaba una marea de trabajadores con sus viandas y sus sombreros, caminando entre bromas hacia la faena.
Los niños de esa época aprendían de los silabarios, con maestros normalistas, en una educación cuya simpleza era tan grande como su claridad. Y en el tiempo libre… jugar. Desde la niñez actual, cómo imaginar que era posible jugar cuando no existían las tablets ni las consolas. Con suerte existían algunos juguetes, pero generalmente estaban guardados para que no se gastaran. Jugar era lo que más hacían, no habiendo día en que la pinta, el pasear una argolla con una vara, o la cuerda, o cantar o hacer la ronda de San Miguel, no estuvieran presentes en las bandadas de chiquillos del barrio.
Las calles de tierra también eran algo normal, así como los terrenos eriazos y los canales de regadío formaban parte del cuadro costumbrista que retrataba a los suburbios de la capital. Mi mamá y mis tíos eran parte de una misma pelusa de chiquillos, que llenaban con sus risas la vida del arrabal. Cuando escasamente terminaban sus tareas, se lanzaban a la calle como las cabritas que saltan de la olla y jugaban tardes enteras.
Pero entre juego y juego, en la lejanía de los potreros, siempre veían unas sombras que se mezclaban con la tierra o los escombros. Eran las peladitas y sus hermanos, unas enormes camadas de humanos cuya pobreza los hacía casi invisibles, indescifrables en su identidad, imposibles de clasificar entre hermanos, hijos y allegados. Tenían siempre la cabeza rapada, fruto de aquellas ocasiones en que los Carabineros, junto a las enfermeras de Sanidad, los encerraban, y cual ovejas en la esquila los pelaban y los bañaban en un polvo fuerte y picante, llamado lindano, para tratar de mermar sus legiones de piojos y pulgas. Niñas y niños, todos peladitos, eran una hilera de cabecitas negras, donde siempre la mayor andaba con el más pequeño en brazos, caminando a pata pelá por los terrenos cercanos al canal La Punta.
Así los recuerdan la gente de la época, como unos niños salvajes, cuyos rasgos se escondían entre una cabellera quiscuda y la cara llena de tierra. A la altura de los pies, el roce con el suelo desde el nacimiento les generaba una especie de zapato, pero de mugre y piñén, similar a la zona bajo la nariz, que era una costra perpetua de mocos y saliva. Eran tan tímidos, que cuando los niños de la población jugaban, se quedaban mirando desde lejos, como si con el solo mirar a alguien les llenara la vida de colores y cosas nuevas. Pero al menor movimiento brusco, o de un grito de alguna jugarreta, salían arrancando como los pirigüines, cuando metes los pies en un río.
En otras ocasiones, sin embargo, ese temor de rebaños de la sabana se transformaba en un hambre voraz. Como aquella vez en que a mi mamá y mi tía juntaron unas pocas chauchas y fueron a comprar un helado. Mi tía venía feliz caminando con el cono, dándole pequeñas probaditas, cuando aparecieron los peladitos y la comenzaron a seguir, famélicos, mirando con las pupilas dilatadas aquella bola de nieve celestial. Hasta que uno de ellos no aguantó y con su mano de garra le arrebató la mitad del helado. Ella se enojó tanto, pero tanto, que en venganza le tiró el helado en la cabeza y todos los demás peladitos se abalanzaron sobre el pequeño y le lamieron el coco hasta que le sacaron el último vestigio material e inmaterial de helado que le podía quedar pegado entre las mechas. Y salieron corriendo hacia el potrero, en medio de la risotada de los demás críos de la población.
Cosas buenas y cosas malas pasaban, así era la vida de los niños de la población Ferriloza. Días lindos en que el cielo se llenaba de pájaros. Días negros de lluvia invernal. Días de domingo en que salían con sus vestidos de ocasión hasta las plazas. Días tristes cuando los padres llegaban cayéndose de curados a golpear a su mujer. Días de juegos toda la tarde, cuando no había, o no hacían, la tarea. Y casi todos los días, a lo lejos, los peladitos confundidos con la tierra, mirando.
Un día de aquellos, seguramente un día feliz, estaba mi mamá y mis tíos jugando a saltar la cuerda con los amigos del vecindario. Con cada giro del cordel, saltaban como conejos, mientras cantaban la típica canción de la Chascona. En un momento, a uno de ellos se le ablandó el corazón y les hizo una seña a los peladitos y peladitas que estaban por ahí. Miraban con los ojos tímidos, como no creyendo que los estuvieran invitando a jugar.
-Oye, ven...  – los llamaban los muchachos.
Hasta que la peladita más grande no pudo disimular la alegría. Soltó una sonrisa. Y al acercarse, se fueron arrimando la hilera de peladitos chicos que la acompañaban. No decían una sola palabra, quizás hasta ni siquiera sabían hablar. Pero para los juegos de la infancia, desde siempre, los rudimentos de la gramática salían sobrando. Tímidamente la niña tomó la cuerda y con una gran inspiración, comenzó por primera vez en su vida a darle vuelta. Por primera vez en su vida, comenzó a jugar.
Llegó a tanto el contento del grupo, que en un momento le dijeron:
-Ya, oye, te toca saltar…
Y la peladita abrió los ojos como si el corazón se le fuera a salir por la boca. Los niños comenzaron a cantar, al tiempo en que la cuerda se agitó por los aires y se puso a girar.
-Chascona, chascona, date una vuelta, chascona chascona, salta en un pié…     
Y con cada giro, ella brincaba, acumulando monedas de oro en su corazón. Hasta que, en un momento, sin querer la cuerda le pasó a llevar el vestido harapiento y se lo levantó hasta la espalda, quedando literalmente a poto pelao.
Los niños de la población estallaron en una risa, sin poder contener la gracia de la cotidiana situación. Pero la peladita se desesperó. Pasó de la dicha extrema a la vergüenza y el oprobio. Sólo escuchaba las carcajadas de los chiquillos. Hasta que no aguantó más y se llevó las manos a la cara. Por primera vez los niños de la población escucharon la voz de los peladitos, cuando desde la garganta seca de la niña se le escapó un llanto tan amargo como el natre. Y salió corriendo, con las manos tapándose la cara, mientras los demás peladitos arrancaron con ella hacia el potrero.
Luego de ese día, rara vez los volvieron a ver.
Miro hacia atrás y recuerdo a una profesora en mi infancia, que con los años supe que era una monja de civil. Le decíamos la Madre Carmelo. Como niños, nosotros la queríamos mucho, demasiado diría yo. Porque sin tantos remilgos ni santiguados, nos enseñó que hay cosas en la vida muy importantes como el perdón, o la alegría, o el amor. Con palabras simples me respondió un día que Dios está en todas partes. Y todavía, luego de casi 30 años, esas palabras me rondan la cabeza.
¿Y si Dios está en todas partes, sabrá dónde se habrán ido corriendo las peladitas y la cuelga de peladitos chicos? Sabrá acaso de tantos pequeños que en la historia nacieron y nacen arrancando, como aquel niño de Palestina que luego fue conocido como el Maestro. O de las generaciones de personas, que incluso hoy, en los lugares más perdidos del mundo, siguen siendo un misterio para la modernidad, trabajando en hileras de máquinas de coser por menos de un dólar diario. Y no tienen un potrero hacia donde arrancar.

Miro las luces de mi árbol de navidad, pienso en el tiempo histórico como un oráculo rodeado de esfinges asesinas. Pienso en aquellos niños, que arrancaron hacia una vida paleolítica en plena modernidad, que no pasaron los cuarenta y cuya vida fue siempre mirar los cumpleaños desde afuera. Me gustaría creer, casi setenta años después, que ese día las peladitas y sus hermanos rapados arrancaron hacia un establo, donde estaba su mamá y su papá esperándolos junto al calor de sus animales. Y que, a media noche, bajo una enorme estrella blanca, aparecieron en sus camellos tres reyes, trayendo pasteles y ropas, y los juguetes más lindos del lejano oriente. 

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